22 de marzo de 2014 - 09:57

Con la realidad en una burbuja de optimismo

Al haberse logrado controlar ciertas variables económicas, el kirchnerismo más duro cree que el Gobierno puede llegar íntegro a fines de 2015 si se mantiene esta “sensación” de que lo peor ha pasado. Pero quizá para ello se precise algo más que una “sensa

En el llamado kirchnerismo duro, el más obediente y fanático que responde a la conducción de la Presidenta, hay una especie de euforia indisimulada. La fundamentan en que el Gobierno ha logrado adormecer el mercado cambiario y que eso es fundamental para encauzar la economía y llegar con aire suficiente al final del mandato de Cristina Fernández el año próximo. Cuando se les piden precisiones sobre el comportamiento de otros indicadores ineludibles -como la inflación o el desequilibrio fiscal-, se amparan en la famosa "sensación" de que las cosas marchan bien y así seguirán.

Aquella euforia ya pudo ser percibida por legisladores de la oposición e invitados especiales que asistieron a la Asamblea del Congreso, cuando la jefa de Estado inauguró el período ordinario de sesiones el 1 de marzo pasado.

Ese día tuvo además el complemento de un regreso pleno de Cristina, luego de los meses de enfermedad y descanso. Fue con un discurso que no hizo alusión a los problemas más acuciantes de la sociedad, pero cuyo tono conciliador habilitó la esperanza de reducir el nivel de confrontación en la escena pública.

"En febrero parecía que todo se venía abajo y vean ahora cómo la gente está tranquila", enfatizó hace unas horas un funcionario de alto rango pero que se desempeña en el área de Salud sin necesidad de entender de economía. Un clásico kirchnerista: mirar de dónde venimos y no hacia dónde vamos.

Más presión

Dentro de esa burbuja de optimismo, que desconoce las advertencias hasta del propio presidente del Banco Central de la República, Juan Carlos Fábrega, el Gobierno no avanza en la contención del gasto público ni instrumenta una política antiinflacionaria seria. Si a eso sumamos la ya visible recesión, más la conflictividad latente en los gremios por las discusiones paritarias que deben actualizar los salarios, el natural incremento de la pobreza y otras situaciones de desamparo social, son todos peligrosos ingredientes de un cóctel explosivo que sólo requiere tiempo de maceración.

Al amparo de esa falsa calma económica, la política gana presencia y en ese terreno la iniciativa ha vuelto a manos del oficialismo. La reunión de gobernadores peronistas que se realizó el jueves por la noche en la Capital Federal, dejó al desnudo las preocupaciones de cada uno de los asistentes.

La inesperada -sólo para algunos- concurrencia del secretario Legal y Técnico, Carlos Zannini, apuntó a dos objetivos: primero, fijar la imagen de que los jefes provinciales no están separados del Gobierno nacional ni han comenzado a alejarse. El segundo, no dejar que el encuentro fuera capitalizado por Daniel Scioli, hasta ahora el precandidato más fuerte del PJ para suceder a Cristina.

La presencia de Zannini ahuyentó a José Manuel De la Sota, quien se retiró, pero el episodio sirvió al cordobés para volver a tomar distancia del kirchnerismo, en su renovada intención de posicionarse como candidato presidencial. Luego de su raid mediático de 48 horas en Buenos Aires, un amigo del mandatario confió que "el Gallego está decidido a quemar los últimos cartuchos para dar pelea pero, si no lo consigue, jugará con Scioli". Eso preanuncia un nuevo período de enfrentamientos con el poder central.

Scioli, en tanto, se muestra conciliador pero a raíz de la prolongada huelga docente en su provincia, ha hecho medir en una encuesta si los bonaerenses atribuyen el conflicto a su gobierno o a una operación política de la Casa Rosada. Los resultados lo dejaron tranquilo: su imagen está siendo dañada menos de lo que se creía.

Alto costo

La que no logra remontar prestigio en la percepción pública es la Justicia. Si hay alguien emblemático de lo que la sociedad no quiere que sea un juez, ése es Norberto Oyarbide. Ahora ha vuelto a ser protegido por el poder político y el expediente abierto con las denuncias por mal desempeño y otras graves acusaciones en el Consejo de la Magistratura, ingresó en una vía lenta cuyo final es incierto. En paralelo, el oficialismo logró complicar a Claudio Bonadío, un juez que se atrevió a investigar hechos reñidos con la ética pública que deben tener los funcionarios.

En la Corte Suprema se sigue con preocupación este grosero manoseo, que pone en contradicción con la realidad los conceptos sobre lo que es una Justicia deseable y que en cada exposición reitera su presidente Ricardo Lorenzetti. "Hay jueces que están esperando para tomarse revancha. Cuando el kirchnerismo deje el poder, habrá un desfile de ex funcionarios por Tribunales", asegura un profundo conocedor de la familia judicial.

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