Iba yo caminando por una calle de Madrid y unos pasos delante mío una señora o señorita le decía a su acompañante: "Eee que no me da la gana". Ignoro de qué hablaban. Era simplemente esa expresión tan española de decir que a uno no le da la gana y punto.
La gana es eso que nos lleva a hacer lo que se nos antoja. No se explica por motivos racionales. Así es como nuestra vida está transida de ganas y desganos sin mayor justificación.
Un gran buceador de ese mundo interior de las ganas, o pulsiones como las llamaba él, fue Sigmund Freud. No fue el primero, como suele creerse. Mucho antes que él Blaise Pascal, apuntando contra el racionalismo de Descartes, decía que "el corazón tiene razones que la razón no entiende". Ése no entender las razones del corazón tiene que ver con aquello de las ganas.
Muchas de las cosas que llamamos "del corazón" se refieren a la vida amorosa. Así es como suele decirse, por ejemplo, que "el amor es ciego". Quien nunca se enamoró quizá no lo entienda. Por cierto que enamorarse es el primer chispazo o impulso amoroso pero hoy se confunde este primer impulso, llamado enamoramiento, con el amor sin más, lo que es una limitación indebida que se ha impuesto a la vida amorosa.
He observado últimamente, y me ha dado gusto verlo, a personas maduras y hasta ancianas, pasearse tomadas de las manos. Quizá para ellas ha quedado atrás la relación corporal para abrirse paso la comunión interior, lo que Tomás de Aquino llamaba amor de amistad.
Ha habido maravillosas historias de amor en nuestras tradiciones, como la de Abelardo y Eloísa; Romeo y Julieta; de Dante y Beatriz en la Divina Comedia, y los que remiten a los míticos enamoramientos griegos al estilo de Penélope, de Orfeo y Eurídice y otros.
Hoy hay muchos aparentes amores, amores sin amistad, para usar el distingo del filósofo norteamericano Allan Bloom en su obra homónima "Amor y amistad". En la introducción de esa obra habla de la Caída de Eros. Aclara que usa el término eros contra su voluntad, pues ha sido convertido en jerga desde Freud y Marcuse (este último freudiano y marxista).
Para estos autores, obviamente materialistas, y para muchos otros influenciados por ellos, los amores son un fenómeno carnal, nada que ver con el alma. Bloom los considera ejemplos de lo que él llama la decadencia de la cultura (norteamericana). Este libro se llamó en inglés "The Closing of the American Mind", que podríamos traducir como "El cierre (o clausura) de la mente americana". Son ejemplo de amores sin amistad, es decir sin alma.
Comenzamos hablando que una pérdida de las "razones del corazón", y el triunfo de las meras "ganas".
No es la primera vez que me refiero a este tema, es decir al amor que me gusta llamar romántico, y que me pregunto si no está en vías de extinción. Personalmente, a mis ochenta largos años puedo testimoniar que ése es el amor deseable, que puede acompañarnos hasta el fin de nuestros días. Hoy nos azota una verdadera plaga de amores de poco tiempo. Bloom se burla de estas "relaciones" cortoplacistas, relaciones sin entrega profunda.
Es que el amor acarrea compromisos y son los compromisos los que no nos gustan. Con relaciones de esta índole, básicamente inestables, la familia se resquebraja y los hijos sufren las consecuencias de separaciones y divorcios. Sospecho que las más perjudicadas en tales circunstancias son las mujeres.
Con esto debemos volver a la preocupación fundamental por nuestras familias. No obstante, tengo la impresión de que muchas familias argentinas, al menos de clase media, gozan de una cierta buena salud fundamental y que, pese a sus actuales dificultades, lograrán preservar esta columna ancestral de nuestra civilización.
Cuando veo nutridos grupos familiares de vacaciones en Mendoza en estos días invernales, se acentúa mi optimismo respecto del futuro de nuestras familias y del triunfo de las "razones del corazón" que anidan en ellas.