Días pasados, en estas columnas, nos referíamos a la revolución rusa. Junto con la francesa son las más recordadas, dejando al margen otras que fueron muy importantes en la historia de la humanidad, y con mejores resultados para la libertad y los derechos individuales, como la americana, que dio lugar a la independencia de los Estados Unidos y la inglesa de 1688, recordada como la "gloriosa", que consolidó el poder del Parlamento sobre los deseos del monarca, limitando el poder gubernamental.
Hay otras revoluciones que han transformado el mundo, que no son el resultado de un conflicto entre el pueblo y sus gobernantes o vinculados a los procesos de independencia de las naciones o de luchas entre sectores sociales, pero cuyas consecuencias influyen en las relaciones de poder, en la política, en las estructuras sociales.
Uno de esos acontecimientos ocurrió hace quinientos años, en octubre de 1517, cuando el monje agustino Martín Lutero clavó en las puertas de la iglesia de Wittenberg, aledaña al palacio del príncipe Federico III "El Sabio" en Alemania, las noventa y cinco tesis contra la venta de indulgencias, iniciando así la división del cristianismo en Europa Occidental.
La venta de indulgencias fue el recurso del Papa para financiar la construcción de la Basílica de San Pedro y por todos los pueblos de Europa circularon los sacerdotes encargados de esta tarea. En esa parte de Alemania estaba a cargo el dominico Johan Tetsei y en varias ocasiones, en los sermones de Lutero en la iglesia de Wittenberg, se había pronunciado en contra. En la Universidad de Erfurt se graduó en filosofía. En la de Wittenberg, logró el doctorado en Biblia y accedió a la cátedra de teología.
Muchos cambios se estaban dando, en el mundo occidental, en esos tiempos. A mediados del siglo anterior, Nicolás Copérnico termina con la cosmografía de Tolomeo, cuando demuestra que la tierra no era el centro del universo y que giraba alrededor del sol, verdadera revolución en el pensamiento de la época. Son los tiempos de los grandes descubrimientos y de peligros para la Europa cristiana, con la caída del Imperio Bizantino y los intentos otomanos de avanzar hacia Occidente, donde llegaron a tomar Nápoles y sitiar, varias veces, la isla de Malta y la ciudad de Viena.
En Europa tiene lugar el auge de la casa de Habsburgo, que hereda el trono de la recién unificada España, los dominios del Duque de Borgoña, las posesiones italianas de la casa de Aragón y la corona del Sacro Imperio Romano Germánico. Su rival será la dinastía francesa que siente peligrar su estabilidad y no tiene reparos en buscar, incluso, la alianza otomana, algo insólito para ese tiempo.
Son tiempos del renacimiento, del humanismo, de decadencia de la sociedad feudal y fortalecimiento de las burguesías y de una profunda crisis en la Iglesia Católica, donde la cuestión de las indulgencias fue la gota que rebalsó la copa, ante abusos como la acumulación, en una persona, de obispados o la escasa formación de gran parte del clero.
Como suele suceder en los procesos revolucionarios, se abre una caja de Pandora, porque Lutero no pretendía la división de la Iglesia sino su reforma y aspiraba a un concilio para resolver las diferencias. Es que a la cuestión religiosa y de la reforma de la Iglesia, se agregan diversas cuestiones como el deseo de muchos príncipes alemanes de lograr mayor autonomía, tanto de la Iglesia como del emperador o los proyectos de algunos Papas, de lograr la unidad italiana, ampliando los Estados pontificios, junto a las querellas ya señaladas entre las casas reales de los Habsburgo y los Valois.
Hubo intentos, todos frustrados, de conciliar, pero la intransigencia de Roma fue dura y estalló la guerra en el Imperio Germánico, guerra entre príncipes del mismo imperio; levantamiento de campesinos que se esperanzaron en acceder a las tierras de la Iglesia y que fueron apropiadas por los nobles y guerras entre los súbditos de Carlos V y los de Francisco de Francia. Mientras tanto Lutero, que fue escondido en un castillo protegido por los príncipes, tradujo la Biblia al alemán, acontecimiento extraordinario porque la imprenta, inventada unas décadas antes, permitía la difusión de los libros, hasta ese momento reservados a los sacerdotes.
Los reformistas lograron partidarios en parte de Alemania, los países escandinavos, los países bajos y, con la negativa del Papa a conceder la nulidad del matrimonio a Enrique VIII de Inglaterra, penetraron en este reino. También lograron fuerte influencia en Francia e incluso en España donde conventos enteros profesaron, secretamente, el protestantismo y un sacerdote español, que tuvo que fugarse, tradujo la Biblia al castellano: se llamaba Casiodoro de Reina.
Estos hechos sacudieron a la Iglesia que reaccionó con la aparición de San Ignacio de Loyola y la creación de la Compañía de Jesús. Sus teólogos fueron el pilar del Concilio de Trento, donde se planteó la llamada contrarreforma que no es otra cosa que la reforma católica. Los jesuitas aspiraron, sin éxito, a que fueran invitados los teólogos luteranos.
Los conflictos duraron más de un siglo con crueles matanzas de ambos lados, todo en nombre de la religión o tal vez, usándola como pretextos para dirimir cuestiones del poder continental. La culminación del conflicto fue la Guerra de los Treinta Años, que devastó a Alemania y concluyó con la Paz de Westfalia en 1648. Allí los príncipes acordaron terminar con las guerras de religión. El mundo moderno se consolidó a partir de ese momento y se preparó para nuevas revoluciones.
Una ya estaba llegando desde América, fue la de la papa, el tubérculo que llena las mesas cotidianas. Otra que vendría un siglo después es la industrial. Un modesto monje alemán desencadenó una enorme transformación, como la provocarán las dos revoluciones de las que nos ocuparemos en otras notas, la de la papa y la industrial.
En el acto en Wittenberg, por los quinientos años de la publicación de Lutero, estuvieron juntos el líder luterano y el cardenal primado de Alemania y han invitado al Papa a concurrir a esa ciudad.
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