2 de marzo de 2020 - 00:00

Querida Amazonia... - Por Carlos Eduardo Ferré

Hace semanas el Papa Francisco dio a conocer la Exhortación Apostólica “Querida Amazonia”.

Fiel a su estilo y a los gestos a los que nos tiene acostumbrados, el documento sorprendió a los que habían cifrado sus expectativas en que el Santo Padre se expidiera sobre la ordenación sacerdotal de los hombres casados y el diaconado de las mujeres.

Los medios de comunicación habían seguido las alternativas de esa disputa entre distintos sectores de la Iglesia y esperaban titular la noticia sobre el documento, anunciando el ganador de esa confrontación.

Sin embargo, Francisco decidió no pronunciarse sobre ese asunto y en un escrito con giros poéticos bellísimos,  citando textos de escritores y poetas latinoamericanos -una novedad en documentos de esta naturaleza- aunque no por eso menos duro y claro a la hora de expresar su opinión sobre la gravedad de lo que ocurre en la región, hace una apuesta a la esperanza y trasmite al Pueblo de Dios y a la humanidad en general cuatro sueños: uno social, otro cultural, otro ecológico y, por último, uno pastoral.

No obstante, no haberse expedido explícitamente sobre el tema que muchos esperaban, propone algunos caminos para resolverlos vinculados específicamente a la Amazonia abriendo un proceso que seguramente va a trascender la región en cuanto el método que propone es aplicable a otras culturas y regiones del planeta.

En primer término, presenta oficialmente el texto conclusivo producido por el Sínodo denominado: “Amazonia, nuevos caminos para la Iglesia y para la ecología integral” y dice expresamente que no pretende ni remplazarlo ni repetirlo, demostrando un respeto por el trabajo sinodal que contrasta con ciertas expresiones tremendistas formuladas por altos dignatarios eclesiales como el cardenal Müller, que llegaron a considerarlo herético y a afirmar que se había expulsado a Jesús del Sínodo.

Es más, destaca su participación personal en el Sínodo y el interés con el que siguió todas sus deliberaciones y pide a los obispos y agentes pastorales de la Amazonia que se empeñen en su aplicación.

El Sínodo que él había convocado conto con la participación de miles de personas que fueron consultadas y cuyos aportes fueron analizados en las sesiones sinodales en la que fueron convocados obispos, sacerdotes, laicos, religiosas, peritos y habitantes de la región.

Definir ahora, la cuestión del celibato sacerdotal, habría sido incurrir en un reduccionismo que negara en los hechos el cambio profundo que viene realizando la Iglesia y reconocer que los problemas de la misma se resuelven con decisiones hacia adentro y no “en salida” como es el programa de su pontificado.

Además, acentuaría una tendencia que viene combatiendo desde su elección que es el clericalismo.

Al contrario, y retomando la doctrina del Concilio Vaticano II,  invita a los laicos con sus diferentes carismas a hacerse responsables de muchas de las tareas que no son exclusivamente propias de los ministros.

Ese cambio que comenzó con la transformación del Papado y debe continuar con la jerarquía, asumiendo esta acentuación de la sinodalidad, no se correspondería con el esfuerzo realizado por generar una discusión participativa y sin exclusiones como fueron las reuniones sinodales, si la conclusión fuera un documento pontificio que interpretara, restringiera o dejara atrás el documento conclusivo elaborado por el Sínodo.

Toda la arquitectura del Sínodo de la Amazonia fue una obra totalmente novedosa.

En primer lugar, propone como tema central una cuestión estratégica desde varios puntos de vista.

Una cuestión que normalmente no estaría prevista como temática de un Sínodo, los cuales tradicionalmente se ocupan de cuestiones doctrinales, teológicas o disciplinarias de la Iglesia.

La Amazonia es una región donde las potencias imperiales han pretendido poner en duda la soberanía de los países latinoamericanos proponiendo distintas formas de internacionalización que encubrían una voluntad colonialista.

Por sus especiales características es un ecosistema complejo y de riquísima variedad indispensable para la conservación de la salud del planeta.

Las grandes empresas extractivas, muchas veces con la complicidad de los gobernantes, han producido con su accionar depredador verdaderos desastres ambientales que no solo han agraviado la naturaleza sino a las poblaciones que la habitan condenándolas a la mayor indigencia y a forzadas migraciones.

A todo esto, se suma una insuficiente acción evangelizadora que a la par de anunciar la Buena Noticia de Jesús colabore a promover y empoderar a las comunidades originarias para que puedan defender sus derechos y salvaguardar su dignidad.

Bergoglio reclama a los agentes pastorales un acercamiento respetuoso a los pueblos amazónicos.

Un respeto por su historia, su cultura, su estilo del “buen vivir” que implique distanciarse de todo intento de colonización cultural o ideológica que destruyen o restringen la idiosincrasia de los pueblos.

Proféticamente, Francisco denuncia todas las gravísimas injusticias señaladas y propone a los cristianos una alianza con los pobres, con los habitantes originarios, para poner al Pueblo de Dios en un empeño de lucha activa por la justicia, el respeto de las culturas amazónicas y el cuidado de la creación.

Su apuesta es por los pueblos como sujeto histórico del cambio.

Esos son los cuatro sueños de Francisco. Ese es su programa de esperanza.

Decide dar esa lucha en el propio terreno y que sean los pueblos los artífices de su destino.

Nada está decidido, pero todo está en proceso.

Concibe un cambio, difícil pero posible y sabe que solo puede nacer aquello que primero se concibe.

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