Desde niños, hemos escuchado el concepto de que el turismo es una industria sin chimeneas y, con el paso de los años, nos dimos cuenta de la validez de ese concepto.
Cuando un turista llega a cualquier lugar (no sólo a nuestra Mendoza), todos sus gastos en estadía y compras representan, para ese lugar, el mismo carácter que una exportación regional y, a veces, mucho más que eso.
Tomemos por caso nuestros vinos. Cuando se exporta una botella de vino, se están exportando:
a) Su etiqueta, a veces impresa en otra provincia.
b) La botella, a veces fabricada en otra provincia.
c) Su marca, producto de acciones de marketing desarrolladas en varias latitudes.
d) El cartón de la caja, a veces fabricado lejos de Mendoza y, en último lugar, la materia prima.
e) El vino, producido totalmente en nuestra tierra y con nuestra mano de obra (no consideramos que contiene insumos no producidos en Mendoza), y, los 10 ó los 40 dólares que ingresan por esa botella de vino, deben asignarse a todos los ítems indicados, pero solo el ítem e) queda con seguridad en Mendoza. O sea, sólo una parte del valor total recibido por esa botella de vino es lo que ingresa realmente al circuito financiero provincial.
Comparemos ahora lo que sucede con los 10 ó los 40 dólares que gasta un turista en nuestra Provincia y supongamos que lo hace en un almuerzo en cualquier local gastronómico. El dueño del local dispone ahora de ese dinero para pagar al mozo; el mozo llega a su casa y su esposa destina parte de ese dinero para comprar zapatillas; el dueño de la zapatillería ve incrementadas sus ventas y contrata más personal; este personal, que no tenía trabajo, ahora puede consumir otros productos de la economía mendocina. Y así, el círculo virtuoso se va extendiendo, llegando inclusive hasta las arcas del Estado, que con cada transacción en blanco, recauda más impuestos.
O sea, el 100% de cada dólar que un turista gasta en nuestra Provincia, se recicla de tal forma y con tal rapidez, que aporta valor a toda la cadena productiva y se traduce en bienestar para todos los mendocinos, no solo para los dueños de hoteles o de locales gastronómicos.
De allí que sea tan importante lograr que sean cada vez más los turistas que decidan visitarnos y para ello, además de las cifras que se deben estar invirtiendo en marketing, deberíamos lograr que los atractivos que tiene Mendoza se conserven y aún se mejoren, para que cada viajero que llega a conocernos, tenga deseos de volver y de convocar a otros para que nos visiten.
Uno de esos atractivos -reconocido a nivel mundial- es nuestro arbolado y su sistema de riego. Quienes nos visitan no dejan de asombrarse de la laboriosidad de nuestros mayores para implantar tantos árboles y para lograr que el agua que les da vida, llegue a cada árbol a través de acequias, pues dada nuestra condición de desierto, no podemos contar con las lluvias para regarlos.
Lamentablemente, ese arbolado que todavía es motivo de admiración, en muchos lugares hoy se encuentra en estado crítico y a punto de morir por falta de agua. Y lo más preocupante es que eso está ocurriendo en lugares tan emblemáticos y tan visitados por el Turismo como son el parque General San Martín, el Zoológico y el Centro Cívico, recorridos por casi todas las personas que llegan a Mendoza.
En esos lugares hay sectores donde árboles centenarios languidecen, al lado de acequias que nuestros mayores construyeron pero hoy están obstruidas, indicando que hace mucho tiempo que no les llega el agua de riego y sin posibilidad alguna de que una lluvia, de las pocas que tenemos, les provea de agua caída del cielo.
La detección es muy fácil porque cuando vemos a simple vista que las copas de algunos árboles dejan de brotar en primavera, eso es señal de que esos árboles carecen de suficiente humedad y están empezando a morir por falta de agua y este principio, que nuestros abuelos agricultores conocían de memoria, pareciera ser uno más de aquellos principios que hemos perdido de la herencia que recibimos de nuestros mayores. Ahora bien, debemos tener en claro que abandonar el principio del cuidado de los árboles, nos conducirá a un punto crítico y de no retorno, desde el punto de vista ambiental, económico y social.
Sin ánimo de buscar culpables y sólo a título de ejemplos, veamos algunos casos que dependen de la acción del Estado, que cuenta con personal específico para el cuidado del arbolado público:
a) En el año 1978 se construyó el Estadio y, en su playa de estacionamiento se plantaron decenas de árboles que hoy, por falta de riego están casi todos muertos o a punto de morir, mientras se invierten importantes sumas de dinero en mejoras generales.
b) En las otrora sombreadas churrasqueras del Parque, años de descuido y mal uso han dejado numerosos y visibles árboles secos, mientras la gente que llega a ese lugar se disputa los pocos espacios sombreados que quedan y que por evidente falta de riego, pronto también desaparecerán.
c) Nuestro Cerro de la Gloria, transformado en un bosque gracias al tesón y al trabajo de nuestros mayores, hoy presenta lugares arbolados en donde visiblemente no llega el agua desde hace años y, tratándose de especies no autóctonas que requieren del aporte de agua en forma artificial, indefectiblemente morirán de sed. Cualquiera que recorra el Cerro de la Gloria y sus adyacencias, especialmente al noreste, advertirá la gran cantidad de árboles en riesgo.
d) Nuestro Centro Cívico, en el cual se invirtieron grandes sumas de dinero para atraer turistas al Memorial de la Bandera, es un caso aún peor, pues además de árboles agonizando porque no pueden sobrevivir sin agua, encontramos acequias obstruidas que indican años sin limpieza y veredas con evidentes deterioros y suciedad. O sea que para la vista y el recuerdo del turista, además del abandono del arbolado, le mostramos la falta de higiene.
Seguramente cualquiera de los lectores podrá enumerar otros lugares en los cuales el arbolado está en riesgo o ya ha perecido por falta de agua y eso es algo que nos preocupa, porque pareciera que el concepto de cuidar el árbol, como fuente de vida y como atractivo para el turista, es un concepto caído en desuso y los responsables de su cuidado parecieran creer que los árboles están allí por gracia de la naturaleza y seguirán estando en el futuro, sin necesidad de riego para que puedan sobrevivir en nuestro clima desértico.
Como decíamos al comienzo, el turismo es una excelente posibilidad de generar y mantener un círculo virtuoso de crecimiento, pero los turistas hoy cuentan con mucha información y deciden visitar sólo aquellos lugares que les ofrecen atractivos.
Nuestro arbolado y nuestras cantarinas acequias trayendo agua de la montaña, supieron ser un importante atractivo turístico y, por razones que no alcanzamos a comprender pero tienen que ver con cambios culturales que no fueron positivos, hoy gran parte del arbolado está en riesgo de muerte.
Ojalá sirvan estas palabras para ayudar a los responsables del cuidado del arbolado público a lograr el cambio de conductas que nos devuelva el respeto que merecen los árboles.
Si no logramos entre todos mantener y hacer crecer las zonas con árboles, el desierto, con su incontenible avance, demostrará quién es el verdadero dueño del paisaje mendocino.
