25 de enero de 2015 - 00:00

Que se vayan

Pocas veces hemos vivido una semana tan complicada e intensa como la que pasó. La muerte del fiscal Nisman obliga a cada ciudadano a tratar de entender esa matriz mafiosa que se mueve cerca del poder integrada por ex agentes de la ex Side, personas allegadas a funcionarios nacionales, sicarios internacionales, o la forma que prefieran.

En la semana leí miles de tuits sobre la muerte de Nisman, pero sobresalió del resto para mí entender: "Habíamos dicho Nunca Más#Nisman". No lo escribió un militante cuarentón de algún partido de izquierda, lo tipeó un adolescente que va a un colegio "cheto" de Mendoza. Leerlo me paralizó; el chico estaba, con sus escasos 17 años, buscando alguna respuesta porque sentía que lo habían estafado.

Obviamente que la frase Nunca Más tenía en ese tuit un sentido amplio y no estaba restringido a la represión de Estado desatada en los 70. La frase pronunciada por el fiscal Julio César Strassera a mediados de los 80, significaba en esos 120 caracteres otro reclamo de justicia; reflejaban las ganas de vivir en un país en el que la etapa de la violencia estaba superada y sobre todo que estos casos, como el del atentado a la Embajada de Israel en 1992, cuando un tal José Luis Manzano -el mismo que le consiguió tramitar en Mendoza un pasaporte al traficante de drogas Monser Al Kassar y que afirmó "robar para la corona"- era ministro del Interior, el atentado de la AMIA y hasta cualquier otro hecho violento grave, deberían quedar esclarecidos y también se debería trabajar fuerte para que no vuelvan a suceder. A esto súmenle una frase de una columna de Carlos Pagni publicada el jueves en el diario La Nación en la que se preguntaba:

"¿Existe un dispositivo criminal en la democracia Argentina capaz de recurrir a la eliminación física para resolver conflictos de poder?
Lamentablemente, una vez más aquí estamos. Con un gusto a pólvora terrible cuando pensamos en el futuro de este país. ¿Alguien en realidad cree que en los próximos años Argentina tendrá mejores instituciones más allá de algún cambio cosmético? Puede alguien pensar que en el conurbano bonaerense bajará el consumo de paco, que los policías perseguirán y encarcelarán a los narcotraficantes, que los jueces actuarán rápido ante casos de inseguridad y de oficio frente algún caso de corrupción. ¿Qué piensan que sucederá en Mendoza?

Dejará de haber muertos entre bandas de supuestos narcotraficantes o por el contrario crecerán los conflictos. Esta semana hubo tres casos complicados.

¿Alguien piensa que las escuelas públicas podrán preparar a los alumnos para enfrentar el mundo que se les viene?

Es posible creer que una persona con su trabajo podrá tener una casa, alimentar una familia, darles educación y salud de calidad si en los últimos 40 años el poder adquisitivo del salario real cayó 50%. También se imaginará alguien que cuando llegue a la tercera edad podrá disfrutar de sus nietos porque la jubilación le alcanzará para vivir tranquilamente y el Pami se ocupará de él cuando los problemas de salud sean más frecuentes.

¿Alguien ve a la dirigencia política ocupada en serio de estos temas?

Admiro a los que piensan que tenemos un futuro venturoso, que "estamos condenados al éxito" y que tiene sentido apostar por un país degradado institucional, judicial y económicamente. Lamentablemente esta semana escuché a más de una persona estar moralmente agotada y la frase se repetía cada vez más. En comercios, cafés y por la calle se escuchaba a la gente despotricar por el caso Nisman.

Los comentarios iban al hueso: "Que se vayan. Ya viví yo lo que es este país. Que mis hijos se vayan, aquí no tienen destino", comentaban, palabras más, palabras menos.

A pesar de que muchos se fueron con la crisis del 2001, luego varios volvieron al ver que Argentina comenzaba a recuperarse económicamente. Todo fue fugaz, duró poco, pero lo peor fue que se eliminó la posibilidad de esperanzarse con que las cosas funcionaran mejor porque casi nada cambió de fondo. Nuestros países vecinos han avanzado en distintos puntos institucionales que nosotros ni siquiera nos planteamos.

Fácil es responsabilizar de esta situación a los políticos; ya sabemos que ellos son expresión de la sociedad, todos somos algo parecido a esa gente que nos gobierna y también en algún punto somos culpables de las cosas que nos suceden. El jurista argentino Carlos Nino, en su libro Un país al margen de la ley publicado en los 90, explica que los funcionarios no cumplen la ley porque se ha naturalizado su avasallamiento y por el acostumbramiento de la gente a vivir al costado de las normas. Así entonces, vale todo, y esta semana quedó demostrado.

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