3 de octubre de 2015 - 00:00

Putin no quiere mostrarse débil

Aunque más de una vez en su vida haya sido débil, el mandamás ruso Vladimir Putin se ha esforzado por todos los medios para parecer el más fuerte y el más invulnerable, y ello no le ha dado mal resultado entre una importante opinión pública rusa que acept

Hace mucho tiempo, en los comienzos de su ascenso al poder, Vladimir Putin relató un recuerdo de cuando era chico, allá a fines de los años cincuenta en un departamento comunitario soviético en Leningrado, como se llamaba entonces San Petersburgo.

Para divertirse, él y sus amigos cazaban ratas en los derruidos pasillos del edificio. Eso era lo que ellos consideraban juego hasta que una rata arrinconada se le lanzó a un sorprendido y asustado Vladimir, que se dio la vuelta y echó a correr.

La anécdota, vívida como una pesadilla, tenía la intención de poner de relieve las miserables raíces de quien sería el presidente de Rusia. Pero en los años transcurridos desde que la contó, los recuerdos poco halagüeños como éste prácticamente han desaparecido de la biografía oficial de Putin.

En cambio, los rusos han estado a base de una dieta regular de actos televisados de liderazgo y machismo, desde intimidar a burócratas y plutócratas hasta destacar en los deportes. En especial su diversión más reciente, el hockey sobre hielo, deporte que emprendió con notable determinación poco antes de cumplir los 60 años.

Esto lo ha convertido en una caricatura del hombre de acción, del líder benevolente pero remoto, del férreo patriota enviado por la providencia para restaurarle a Rusia el destino que le corresponde después del desmembramiento de la Unión Soviética.

Empero, la historia de la rata, y su desaparición en la biografía oficial, recuerdan un tema recurrente en los episodios de la infancia de Putin y sus años de formación como agente subordinado en el KGB, así como su inesperado ascenso hacia el poder a fines de los años noventa y la firme consolidación de su poder a partir del año 2000, a saber: su inseguridad y el miedo a mostrar su debilidad.

Aunque a él le gusta presentarse como un joven rudo que creció en Leningrado, él empezó a practicar artes marciales cuando era un chico flacucho, según sus propias palabras, para defenderse de los matones callejeros.

La experiencia más desgarradora que vivió en la KGB ocurrió en Alemania Oriental en 1989, cuando el esclerosado estado soviético se mostró indeciso -al menos en su opinión- ante las protestas que derribaron el muro de Berlín y, finalmente, toda la cortina de hierro.

Cuando una multitud de manifestantes llegó a la villa de la KGB en Dresde, donde él estaba asignado, los enfrentó solo y desarmado y, sin ninguna orden de Moscú, les advirtió que los de adentro abrirían fuego. En sus memorias, la "multitud" era aterradora aunque estaba formada por unas cuantas decenas de personas.

En los alocados años noventa, cuando el advenimiento del capitalismo en la recién rebautizada San Petersburgo vino acompañado de una convulsión de violencia y crimen, él envió a sus hijas fuera del país por razones de seguridad. Durante la campaña de reelección de su jefe, el alcalde de San Petersburgo Anatoly Sobchak, el dio por cargar con una pistola de aire. "No me salvaría", le dijo a un amigo, "pero me hace sentir más tranquilo."

"Mostramos debilidad y los débiles fueron golpeados", dijo Putin en otro contexto. Esto fue en 2004, después de la toma de la escuela primaria de Beslán, en el sur de Rusia. El sitio duró dos días y medio y terminó con la muerte de 334 rehenes, 186 de los cuales eran niños.

Para él, el ataque -que él insinuó, sin ninguna evidencia, que había sido orquestado por los enemigos extranjeros de Rusia, no por los terroristas chechenos que efectivamente lo llevaron a cabo- y sus consecuencias no significaron para él resistencia o resolución, sino simple vulnerabilidad.
Él aprovechó el horror de ese ataque para reforzar su control del sistema político.

El miedo a mostrar debilidad se ha convertido en un pilar definitivo de la identidad política de Putin. Y para desaliento de los demócratas del país y de los líderes extranjeros con quienes trata, esto lo ha vuelto en extremo popular y poderoso, aunque en momentos de franqueza y en privado, por supuesto, los funcionarios rusos reconocen los abrumadores problemas a los que se enfrenta el país.

Andrei Kolesnikov, del Centro Carnegie de Moscú, observó recientemente que "levantarse de las rodillas" era una "metáfora característicamente rusa" para referirse a restablecer la dignidad y el orgullo nacional. Y muchos piensan efectivamente que estuvieron de rodillas los años que siguieron al colapso de la Unión Soviética, hasta que Putin, con la mano en la cintura, los volvió a poner de pie.

Lo que Putin ha logrado hacer es convencer a los rusos de que las dificultades a las que se enfrentan ahora -muchas de ellas, resultado de sus propias decisiones- son evidencia de los esfuerzos de los enemigos de Rusia por mantener débil a su país.

"A raíz del desmembramiento de la Unión Soviética, muchos ciudadanos se sintieron humillados por la derrota en la guerra fría", escribió Kolesnikov en un ensayo publicado en el sitio Web del centro. La anexión de Crimea en 2014, desafiar las sanciones internacionales y ahora incluso el ejercicio de poderío militar ruso en Siria son antídotos contra los males del país. "Las humillaciones pasadas han sido borrada por la construcción de una fortaleza asediada dentro las fronteras en expansión del país."

Él concluye, como han concluido muchos otros analistas, que las tácticas de Putin han sido fuertes -a veces las comparan con su entrenamiento en judo- pero que le ha faltado estrategia. Año y medio después de la ocupación y anexión de Crimea, Putin jamás había estado tan aislado en los político y en lo diplomático.

Tiene pocos aliados en el exterior y se enfrenta a una menguada economía en lo interior, golpeada por los bajos precios del petróleo y por las sanciones económicas impuestas en represalia por la participación del Kremlin en la guerra del este de Ucrania.

Su reciente intervención en Siria, más de cuatro años después de que empezará ahí la guerra civil, indica su creciente desesperación por la suerte que pueda correr el presidente Bashar Al Assad. Y las propias preocupaciones del Kremlin por lo que pudiera significar para él la caída de uno de sus últimos aliados.

Y en parte puede ser una maniobra para distraer la atención de la desastrosa intervención de Rusia en el este de Ucrania y de las inminentes preguntas sobre su culpabilidad en el derribo del vuelo 17 de Malaysia Airlines en junio de 2014, en el que murieron 298 personas.

Y pese a todo, como lo ha hecho siempre, Putin ha respondido a la debilidad pasándola por alto olímpicamente, incluso desafiándola. Después de todo, esto le ha dado buenos resultados a lo largo de sus quince años en el centro de la vida política rusa.

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