11 de febrero de 2014 - 23:51

A propósito del Centenario del Monumento al Ejército de los Andes

El teatro es frecuentemente el espacio de las ilusiones. La interacción social presupone, de por sí, un aspecto teatral, dramático. El hecho de que un mismo sujeto juegue diferentes roles y que este juego social supone un trabajo de presentación de sí mismo, conlleva a que este trabajo de las apariencias devenga interesante conocer. Por ello, la modernidad en Mendoza presenta las características propias de una puesta teatral que es preciso destacar. En efecto, hay una preocupación constante en el mendocino, que se verifica hasta el presente por la puesta en escena de lo urbano.

El efecto sorpresa en una ciudad enclavada en un desierto es encontrar una ciudad llena de árboles. Donde falta el agua sorprenden la cantidad de fuentes y el lago artificial del Parque. La construcción de un parque artificial, que parte de la nada y que antes de plantarse un árbol ya se tiene el diseño de cómo será el conjunto terminado y que, para este diseño se convoque a un especialista en paisajismo es, ya, un punto de partida para privilegiar la puesta en manos de un director de escena. La búsqueda del efecto comienza a ser, a partir de entonces, una constante de la edilicia pública mendocina. ¿Qué son los portones del parque sino el proscenio de un teatro, en cuyo escenario está montado el propio Parque?

El monumento

La maqueta del escultor uruguayo, Juan Ferrari, fue una de las presentadas en el concurso internacional con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo (1910). No resultó la ganadora de ese concurso pero sí fue pensada aprovecharla para exaltar la gesta libertadora del Ejército de los Andes en Mendoza.

Aunque respecto de su ubicación en la ciudad generó polémica (se lo propuso instalar en la Alameda o en la plaza Independencia) finalmente primó la idea de instalarlo fuera del casco urbano. El cerro más próximo a la ciudad (4,5 km. desde la plaza Independencia), árido y con vegetación xerófila, llamado cerro del Pilar, fue el elegido. La operación paisajística puesta en marcha decidió ubicarlo en un cerro próximo a la ciudad y que funciona, respecto del casco urbano, por distancia y escala, como la célebre Acrópolis en la ciudad de Atenas. No parece, haber sido deliberada la creación de una acrópolis (ciudad en lo alto) para Mendoza, pero el sitio funciona como un verdadero centro ceremonial.

El hoy conocido como "Cerro de la Gloria" fue destinado a alojar el conjunto escultórico más monumental, por el sitio de emplazamiento y la factura de la obra, de la Argentina y uno de los más bellos de América. Contiene además un belvedere (mirador) hacia la ciudad, con un acceso vehicular que serpentea las faldas del cerro que, en nuestros días, está parquizado artificialmente.

Resulta curioso que, la manera de arribar al monumento es la misma que tiene la célebre Fontana di Trevi en Roma, a la cual se accede desde atrás, ya que la Fontana está construida sobre la fachada de un edificio de varios pisos. Es decir, no venimos viendo desde lejos al Monumento, sino que éste "nos sorprende" a nuestras espaldas, si accedemos en vehículo. ¡Este detalle es una genialidad! El otro acierto respecto del monumento fue una ocurrencia del arquitecto Daniel Ramos Correas en 1938. Él creó una nueva escalinata que no existía en el proyecto original y que le dio una magnificencia de la que carecía la propuesta original de 1914.

En la historia del arte se cuenta una anécdota que jamás sabremos si fue cierta, o no, respecto de Miguel Ángel y su obra "el Moisés". Frente a la requisitoria de cómo había hecho para esculpirlo, Miguel Ángel habría respondido: "Fue simple. El Moisés estaba dentro del cubo de mármol. Yo sólo saqué lo que sobraba".

Con ese principio en la cabeza, Ramos Correas (en su intervención en el sitio de emplazamiento y alrededores del Monumento al Ejército de los Andes en la década del ?40), también sacó lo que, a su entender, sobraba, a saber: balaustradas, farolas, etc., dejándolo expresarse con la desnudez de la piedra.

A propósito yo, como alumno de Ramos Correas, recuerdo haberle escuchado decir que en ese sitio no debería haber bandera ni mástil. A su juicio, la estrella debía ser sólo el monumento y no toda esta parafernalia escolar con la que lo habían rodeado, con posteridad a su intervención.

A pesar de ello, recuerdo que un amigo español me comentó, en los años '80, haber visto en un documental de la BBC de Londres sobre los grandes monumentos del mundo, entre los que estaba, naturalmente, el Taj Mahal de la India y, representando a América del Sur, sólo nuestro monumento al Ejército de los Andes. ¿Qué tal?

La inauguración del monumento, el 12 de febrero de 1914, en ocasión del 97º aniversario de la batalla de Chacabuco, fue prevista como el acontecimiento social de la década, para la élite dirigente. El pueblo, a pesar de no ser convocado (el acceso al cerro sólo estaba previsto para los carruajes de la comitiva e invitados especiales) concurrió de a miles ( El diario Los Andes [13/02/1914] estimó en 25.000 personas la concurrencia, pero la cifra nos parece algo exagerada atendiendo a la población, por entonces, de la ciudad de Mendoza: 58.790 personas) a pie hasta el cerro y, trepando por sus laderas, detrás de una empalizada, observaban la ceremonia y el posterior banquete oficial servido en el mismo sitio.

Más allá de las cifras de asistentes, la inauguración constituyó todo un acontecimiento y una adhesión popular inesperada que sorprendió, incluso, a sus organizadores. Acostumbrados a dejar pensar a la élite que ella representaba al pueblo, esta vez el pueblo decidió representarse a sí mismo.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.

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