27 de julio de 2014 - 00:00

Progresismo y barbarie

Esta nota es una confesión personal acerca de lo que imaginé podría ser el kirchnerismo apenas asumió el poder en 2003 y de lo erradas que resultaron mis esperanzas acerca de que un nuevo ciclo se abría en la política nacional sintetizando lo mejor de las

2003

En los días iniciales del kirchnerismo, en estas mismas páginas, escribí dos notas que -en mi modesta opinión- explicaban la tensión con la que se encontraría el nuevo gobierno de acuerdo a sus antecedentes. Néstor y Cristina eran dos caudillos que habían manejado con mano de hierro, nepotismo, censura a la prensa y reeleccionismo indefinido su feudo de Santa Cruz; sin embargo, a la vez -en particular ella- se definían ideológicamente por el ideario progresista del peronismo renovador que en los años ‘80 había imaginado un justicialismo más republicano a la vez que internamente más democrático.

Un peronismo ni neoliberal ni autoritario, más parecido a las alternativas socialdemócratas europeas o a los demócratas norteamericanos en sus versiones exitosas como la de Bill Clinton, quien fue capaz de luchar contra el reaganismo convirtiendo a los jóvenes contestatarios de izquierda de los años ’60 y ’70 en la nueva élite del poder, sin que por ello debieran negar todo lo que fueron en sus años mozos.

El 12 de enero de 2003, a horas de que el entonces presidente Eduardo Duhalde designara a Néstor Kirchner como su elegido para sucederlo, puse mi tremenda duda en estas palabras: “Nadie sabe si en un eventual gobierno de Kirchner predominará la pata caudillesca que hoy hace furor entre la clase política argentina, o si logrará impulsar la modernización con su ideario progresista, demostrando que se trata de algo más que versos para la tribuna”.

Pasaron los meses y Néstor llegó a presidente. Reconozco que por esos días mi esperanza de que predominara la pata progresista por sobre la feudal aumentó mucho con el discurso que Kirchner dio al asumir. Por eso a los 5 días, el 30 de mayo de 2003, deseé con toda mi alma que el nuevo presidente tuviera el mismo éxito que había tenido Clinton en darle su última gran oportunidad a sus setentistas para administrar y reformar el sistema político democrático de los EEUU.

Esto fue lo que dije entonces sobre lo que esperaba fueran los nuevos clintonianos K nac y pop: 
"Así como en 1989 los renovadores peronistas le entregaron el gobierno y el poder a un caudillo bárbaro, en 2003 otro caudillo bárbaro les entregó el gobierno (no se sabe si también el poder) a los progres, que esta vez llegaron a la cima sin hacer nada para merecerlo. Pero en apenas una semana tiñeron con su impronta todos los espacios. El domingo pasado (25/5/03) deben haberse sentido 'camporistas new age'. O sea, como si todo pudiera volver a empezar.

Los progres ya no son socialistas utópicos, pero reivindican los ideales de entonces. Tampoco quieren caer en la trampa de gerenciar "el sistema" sin más. Ni vivir de él en los intramuros despreciándolo, como durante Menem. Ni ser tan ingenuos de renunciar al poder, como el Chacho. Es la primera vez que todos los progres están juntos. No queda ni uno solo fuera del gobierno. Peronistas, radicales, frepasistas, progres. Todos bajo el sol de un nuevo 25 de mayo... aunque hayan llegado gracias a los señores feudales. Pero lo cierto es que ahora están todos. Y se juegan todo. Si sólo se mantienen en el gobierno sin mejorar a la sociedad en su conjunto, habrán fracasado para siempre. En cambio, si hacen como los progres norteamericanos, quizás esta última oportunidad que les brinda la historia no resulte en vano”.

2014

Pasada más de una década, la evidencia histórica demuestra que la erré mal, porque no es que hayan dejado de ser progres para volverse feudales, sino que  fusionaron ambos modos de hacer política en uno solo. Salvo los pocos progres que escaparon al abrazo del oso del kirchnerismo, la gran mayoría de los políticamente comprometidos -aun manteniendo su ideología- se hicieron caudillistas, nepotistas y autoritarios defendiendo las mismas cosas que los K defendían en su feudo local. Todas. Mezclaron de forma insólita dos actitudes que yo en 2003 creí iban a estar permanentemente en tensión, el caudillismo y el progresismo. Ambas se ayudaron y sumaron.

Odia este progresismo la idea de república como el caudillismo odia la de instituciones. Ambos creen en la intolerancia ideológica, por eso su guerra contra la prensa y la justicia independientes. Fueron los progresistas K -y no Pichetto o Mario Ishii- quienes censuraron a Vargas Llosa, los que pidieron repudiar al nuevo Papa en nombre de la batalla cultural y los que siguen defendiendo a Boudou, además de ser los que más argumentos seudojurídicos proveyeron contra el fiscal Campagnoli.

Son los que inventaron una de las palabras más antidemocráticas de la década, la de “destituyente”, a la que buscan equiparar con la de golpista pero ampliándola a voluntad del acusador. Destituyente sería todo quien critica al gobierno por cualquier cosa o el que aún no criticando al gobierno es criticado por el gobierno (como Scioli, el más odiado por los progres K). Es declarar golpista a todos menos a los que piensan exactamente como ellos. Más intolerancia imposible.

Así como Perón creyó que abrazándose con Balbín sería recordado lo bueno de sus gobiernos y olvidado lo malo, los renovadores de los ’80 creyeron que haciendo socialdemócrata al peronismo se olvidaría su responsabilidad en la violencia de los ’70. Pero ambos fallaron, ya que luego de la impostura menemista el kirchnerismo descubrió que el potencial del progresismo al servicio del peronismo estaba no en en la profundización democrática sino en recuperar el autoritarismo de los ’50 y la intolerancia y soberbia de los ’70, adjetivándolos como “revolucionarios”.

Entonces, con esa summa de progresismo y barbarie lograron gobernarnos durante 12 años. Lo cual se debe a que esta síntesis expresó una faceta real de la cultura argentina, esa que nos une por nuestros defectos en vez de por nuestras virtudes. Y que mientras no la superemos, estaremos destinados a repetir siempre los mismos errores y a volver siempre al mismo sitio, nos disfracemos de progres, neoliberales, peronistas, antiperonistas, kirchneristas, antikirchneristas, o de lo que fuere.

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