El cultivo de las viñas y plantas frutales en Mendoza, actividad muchas veces abandonada por las políticas públicas, es parte de una ancestral tradición cultural, que sirvió para modelar la matriz sociocultural de Mendoza, hasta ubicarla en el mapa.
El cultivo de las viñas y plantas frutales en Mendoza, actividad muchas veces abandonada por las políticas públicas, es parte de una ancestral tradición cultural, que sirvió para modelar la matriz sociocultural de Mendoza, hasta ubicarla en el mapa.
Actualmente, Mendoza representa la mayor vitivinicultura de América Latina y uno de los principales centros de producción de frutas, verduras y hortalizas. Se trata de un modelo de agricultura intensiva y agroindustria, signado por la cultura del trabajo. Esto no es novedad. Pero lo que pocos saben es que los viticultores, fruticultores y hortelanos mendocinos representan una larga tradición histórica, que se remonta al siglo XVI.
Mendoza fue fundada por los conquistadores españoles en 1561 y rápidamente se puso en marcha el modelo de campos labrados, pequeñas propiedades y producción de excedentes para mercados externos.
Ya en el siglo XVII se abrieron las dos grandes rutas: una hacia el puerto de Buenos Aires, recorrida por las carretas, y otra en las minas de plata de Potosí, en el Alto Perú (actual Bolivia), el polo de riqueza más próspero de América en ese momento.
Hasta allí llegaban los arrieros cuyanos con sus mulas cargadas con odres de vinos y aguardiente.
Esas dos rutas se completaban con los caminos trasandinos, que enlazaban Mendoza con Chile, uno por Uspallata y otro por Tunuyán, Vista Flores, Manzano Histórico y El Portillo argentino. A su vez, estos caminos se articularon con otras rutas, como la hidrovía Paraná-Paraguay, el camino real de Santiago a Concepción por el Valle Central, y la ruta carretera de Santiago a Valparaíso.
Allí partían las rutas marítimas hacia los puertos de Coquimbo, Arica, Callao y Guayaquil. De este modo se consolidó un auténtico sistema multimodal de transporte de cargas a escala regional, en el marco del imperio español.
Fue importante esta pertenencia a un gran imperio. Los imperios articulan distintas naciones, pueblos y culturas; generan grandes espacios geoeconómicos dentro de los cuales, se conectan las zonas de producción con los mercados; se puede evolucionar de una economía de subsistencia a la producción de excedentes destinados a exportación.
Mendoza aprovechó muy bien la oportunidad que se le abrió dentro del imperio español. El puerto seco de Mendoza se destacó por su dinámica, hasta alcanzar niveles internacionalmente relevantes.
En 1784 dos ciudades del imperio español registraron casi el mismo nivel de movimiento de cargas: una de ellas recibió 700 carretas y 5.000 bestias de carga ese año.
La segunda anotó un movimiento, entrante y saliente, de 1.700 carretas y 10.000 mulas cargadas. La primera de estas ciudades era Madrid, capital del imperio con 290.000 habitantes. La segunda era Mendoza, del virreinato del Río de la Plata, con 8.000 pobladores.
La dinámica del puerto terrestre de Mendoza, en la frontera sur del imperio español, plantea una paradoja difícil de explicar. ¿Cómo pudo esa pequeña villa de frontera, alcanzar esos niveles de movimiento comercial?
La clave está en su capacidad para insertarse dentro de los circuitos económicos regionales con sus propios productos. Los vinos, aguardientes y frutas secas de Mendoza se valoraban en toda la región. Los troperos llevaban masivamente estos productos hacia Buenos Aires, y desde allí, se distribuían por todo el litoral.
Los arrieros los trasladaban hacia el norte y centro del país. Además, la red del transporte aseguraba el abastecimiento de todos los insumos necesarios para las instalaciones y equipamiento de las bodegas, viñas, huertos frutales y centros productivos agroindustriales. La moneda fuerte de Mendoza, sus vinos, frutas y otros alimentos, aseguraban el medio de pago para lograr el abastecimiento de la ciudad y sus alrededores.
Así se construyó Mendoza; fueron 450 años de la cultura del trabajo, fundada en la tierra, en la dedicación de todos los días para cuidar las plantas, elaborar sus frutos y remitirlos a los mercados. Un largo proceso cultural, de singular profundidad histórica.