8 de junio de 2013 - 21:48

Los prisioneros del euro

La Unión Europea sigue siendo institucionalmente un avance civilizatorio, pero hoy más que fomentar democracia y libertad entre sus Estados miembros, se ha convertido en un cepo para los más débiles y en una gran destructora de empleos.

Para sus custodios y admiradores, la Unión Europea es lo único que se interpone entre sus Estados miembros y los inveterados peligros del chovinismo, el nacionalismo y la guerra. Ése fue el mensaje que dio el Comité Nobel el año pasado, al concederle el premio de la Paz a la Unión Europea por su papel en “la promoción de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos”.

Y es el mensaje en el que insisten implacablemente los políticos del continente, que piensan que sus ciudadanos se enfrentan a una clara decisión, en palabras de la canciller alemana Angela Merkel, entre profundizar la integración y regresar a los “siglos de odio y derramamiento de sangre”.

Pero por ahora, el proyecto de la Unión Europea no está fomentando la democracia, el liberalismo y los derechos humanos. Más bien está sometiendo a sus miembros más débiles a una extraordinaria prueba de resistencia y llevando a cabo un experimento cada vez más perverso para ver cuánta tensión pueden aguantar las normas liberales.

Esa tensión toma la forma de un desempleo masivo como no se había visto en la historia de la Europa moderna, con un desempleo juvenil que es aún peor. En las economías enfermas de Europa, la tasa de desempleo entre los menores de 25 años de edad deja perpleja a la imaginación: más de 40 por ciento en Italia, más de 50 por ciento en España, y más de 60 por ciento en Grecia.

Para esos países, la Zona Euro ahora es esencialmente una prisión económica, en la que Alemania es el carcelero y la moneda común son las barras. Suceda lo que suceda, se enfrentan a un futuro de estancamiento, como sociedades envejecidas con costosos Estados benefactores, cuya población joven estará ociosa durante años, incapaz de encontrar empleo, forjar un capital o formar una familia.

La cuestión es si también se enfrentarán a trastornos ideológicos. Hasta ahora, lo sorprendente de las consecuencias de la crisis financiera de 2008, tanto en Europa como en Estados Unidos, es lo bien que se ha mantenido el centro político. El poder ha cambiado de manos entre la derecha y la izquierda, pero los movimientos realmente radicales no han tenido arrastre y la violencia política afortunadamente ha sido escasa.

En cierto sentido, la declaración de Francis Fukuyama a raíz del fin de la Guerra Fría y acerca del “fin de la historia” -con lo que quería decir la desaparición de alternativas creíbles a la democracia liberal y al capitalismo de economía mixta- se ha mantenido bastante bien en los últimos cinco años.

En medio del peor desastre económico desde la Gran Depresión, las sociedades autoritarias como la de Egipto y Siria se han enfrentado a crisis políticas, pero no el mundo desarrollado. No ha habido ninguna inclinación masiva hacia el fascismo, o un resurgimiento de la economía marxista, ni golpes de Estado en Madrid o desfiles de botas militares en Roma.

Pero habría que preguntarnos si el centro podrá sostenerse permanentemente si el desempleo se mantiene tan extraordinariamente alto. ¿Cómo deben la democracia liberal y el capitalismo de economía mixta ver a los jóvenes en el sur de Europa en la actualidad?

¿Qué tan estable es un acuerdo político e ideológico que requiere que la generación en ascenso se la pase sin empleo, casa o hijos porque supuestamente el proyecto europeo depende de eso? Y ya que estamos en eso, ¿cómo avanzará la de por sí difícil integración de inmigrantes musulmanes en un mundo en el que ni nativos ni inmigrantes pueden encontrar empleo?

El electorado griego ya está coqueteando con la idea de llevar al poder a una coalición “cripto-comunista” de la izquierda radical, aunque en los sondeos también gana un partido abiertamente fascista. El gobierno conservador de Hungría ha avanzado en silencio hacia el autoritarismo. España ha vivido enormes protestas callejeras cuyos organizadores aspiran a reeditar la Primavera Árabe.

Y últimamente, Suecia, fuera de la Zona Euro pero no inmune a los problemas de desempleo juvenil, ha estado lidiando con disturbios perturbadores, muy poco escandinavos, en barrios de inmigrantes.

Esas perturbaciones no amenazan a la democracia en Europa todavía, y tal vez nunca sean una amenaza. Quizá el consenso democrático liberal esté tan arraigado que por más que la élite se desgobierne, la generación joven de Europa no se convencerá de voltearse en su contra. Quizá nada pueda acabar con el fin de la historia.

Pero para los países que se enfrentan a una crisis de desempleo juvenil, eso sigue pareciendo una apuesta demasiado arriesgada.

Hay un dilema insoluble al que se enfrentan griegos, españoles e italianos que buscan una alternativa al rumbo mantenido. Por desgarradora que pudiera ser, la opción que mejor neutralizaría a los extremistas de izquierda y derecha probablemente sería abandonar la Zona Euro de inmediato, con lo que cada país recuperaría el control de su propia política fiscal y económica y podría ver qué opciones se le abrirían.

Pero por el momento, los únicos que favorecen esa opción son precisamente los extremistas de izquierda y de derecha.

Para que cambie eso, las élites políticas del continente necesitarían reconocer que su amado proyecto de integración de hecho podría estar amenazando la prolongada paz democrática de Europa.

Por ahora, simplemente no hay responsables dispuestos a destejer lo que nunca debió haberse tejido en primer lugar. Pero con cada aumento de la tasa de desempleo, aumentan las posibilidades de que sean los personajes irresponsables y autoritarios los que terminen destejiéndolo.

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