23 de febrero de 2014 - 02:29

La primavera no es solamente árabe

La Argentina fue, durante el siglo XX, el gran país de clase media que hoy todos los países emergentes pugnan por ser. Sin embargo, hoy, que las clases medias del mundo -sea en EEUU, Europa, Oriente Medio o hasta América Latina- se rebelan contra los regí

La clase media universal

Carlos Marx comenzaba su Manifiesto Comunista diciendo que "un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma", calificando como tal fantasma a la clase obrera europea (que luego se extendería a la de todo el mundo) quien, según Marx, era el sujeto histórico que haría la revolución a la burguesía con la meta de sustituirla en el poder.

Más allá de que esa profecía no se cumpliría, lo cierto es que fue el grito de guerra de las ideas revolucionarias durante bastante más de un siglo.

Hoy otro fantasma recorre el mundo, pero esta vez no se trata estrictamente de la burguesía ni del proletariado sino de otra clase que, en gran medida, proviene del proletariado o del campesinado pero que quiere ser burguesa, al revés de lo que creyó Marx. Hablamos de la clase media, esa gran expresión social de la globalización, de la que casi todos los seres humanos quieren formar parte para que los beneficios del nuevo ciclo del capitalismo, no queden en manos de una minoría.

Más que una clase en sí, la clase media es una inmensa aspiración de la cual participan quienes, siendo parte de la misma, no quieren dejar de serlo, como también los que pugnan por dejar atrás la pobreza secular pasando a integrar las huestes de estas nuevas clases medias, cuya fuerza y novedad hacen que hoy no sean cabalmente representadas por ninguna de las fuerzas políticas que conducen el mundo, ni por sus oposiciones.

Más que un proyecto, las clases medias son un grito contra la política centrada en sí misma, gestora de nuevas oligarquías, más allá de la ideología que sostenga cada partido. Porque hay oligarquías capitalistas y socialistas, izquierdistas y derechistas, reaccionarias y progresistas, liberales y populistas. Contra esas oligarquías marcha la sublevación de las clases medias. Eso es porque hoy la concentración del poder es más grande que nunca, a pesar de las descentralizaciones tecnológicas y comunicacionales de la revolución digital. Es una evidente contradicción política que algún nuevo sujeto histórico debe comenzar a poner fin.

En otras palabras, dichas clases buscan participar del más enorme desarrollo económico de la humanidad en toda la historia, capaz de contener y promover a toda la población mundial pero impedido de hacerlo por las viejas estructuras injustas o las nuevas que se han ido constituyendo. Sin embargo, las clases medias no poseen la solución. La política deberá proveer la respuesta, aunque difícilmente lo hará esta forma de hacer política.

La revolución social que empujan las clases medias implica también una revolución política en tiempos despolitizados o escépticos de toda política, por lo que también requiere aportes intelectuales que rompan con los viejos esquemas para pensar las nuevas realidades.

Los indignados estadounidenses o europeos que con sus marchas pusieron límites al interés de los países centrales en salvar económicamente a los mismos que gestaron la gran crisis financiera, son parte de esta nueva clase media. Pero sus expresiones más contundentes son aquellos jóvenes, con gran mayoría de estudiantes, que se pusieron al frente de las movilizaciones en Oriente Medio para acabar con las tiranías absolutistas (sin analizar si éstas respondían a un bloque u otro, ni si se decían de derecha o izquierda) y remplazarlas por una democracia surgida desde el seno del pueblo.

Es cierto que ni las clases medias indignadas de los países centrales ni las revolucionarias de los países árabes han podido encontrar la clase política que las represente, pero sus movilizaciones son un camino que no parece detenerse y que tarde o temprano cosechará sus frutos. Mientras tanto, mantendrá al mundo convulsionado para que la cosa no les sea tan fácil a las viejas o nuevas oligarquías políticas y económicas que quieren excluir del desarrollo y del poder a las grandes mayorías populares.

América Latina es cada vez más, también, terreno propicio para que sus propias clases medias reaccionen contra los abusos de sus élites. Esas clases medias masivas claman en Chile por la educación popular para que a las aulas universitarias tengan acceso no sólo las capas altas tradicionales sino también los nuevos beneficiados por el boom económico, que reclaman, además de bienestar económico, desarrollo cultural y educativo.

O las clases medias brasileñas que han encontrado en sus críticas al mundial del fútbol un símbolo para repudiar los excesos de burocracias políticas donde la corrupción se está saliendo de curso pese a los intentos por contenerla de la presidente Rousseff. O las clases medias argentinas que desde el así denominado 13S en adelante han convocado a inmensas multitudes en las calles de la república, a lo largo y ancho del país, para protestar no sólo contra la crisis económica sino básicamente contra las intentos de eternización en el poder de la élite política dominante.

Todas estas luchas de las clases medias, las emergentes y las centrales, no han sido canalizadas por los partidos políticos aunque luego muchos de sus representantes pasen a revistar en los mismos. Sus grandes formas de organización se han dado a través de las redes informáticas o de los teléfonos móviles y han sido multiplicadas por los medios de comunicación social masivos. Por eso los deseos desesperados, de los gobiernos criticados, por censurar las redes y la prensa que no pueden controlar.

La clase media venezolana

Es ése el contexto global dentro del cual se encuadra lo que ocurre en Venezuela, donde las clases medias están diciendo basta al profundo autoritarismo chavista en su visión farsesca encabezada por Nicolás Maduro. Pero existen importantes diferencias con las otras experiencias latinoamericanas: las protestas en Chile, Brasil o Argentina fueron canalizadas democráticamente, mientras que en Venezuela la intolerancia parece imponerse in crescendo.

En Chile o Brasil sus gobernantes trataron de seducir a las clases medias movilizadas contra ellos y en la Argentina más bien se las despreció considerándolas al servicio de intentos destituyentes o golpistas. Pero tanto en Chile o Brasil como en la Argentina se las dejó marchar sin intromisiones y no produjeron en ningún caso hechos significativos de violencia. Por el contrario, en Venezuela la violencia no cesa de crecer porque en vez de tolerar las multitudinarias protestas, Maduro las reprimió, con lo que las enervó aún más.

Es extraño que un régimen que se dice socialista y que en su Constitución considera al voto apenas como el punto de partida de formas más profundas de participación democrática, donde se incluyen de modo predominante las manifestaciones populares, cuando éstas no son las marchas regimentadas del oficialismo, las reprime acusándolas de golpistas o destituyentes. Así hacían las viejas dictaduras bananeras de la misma Venezuela y de casi todos los países del continente, que condenaban al pueblo en las calles calificándolo de subversivo.

Lamentablemente para Maduro, esta vez su régimen político no se está enfrentando -como quisiera- con el imperialismo, como ocurrió en el Chile de Allende ni con los golpistas internos, como ocurrió en la Venezuela chavista de 2002, sino contra estas nuevas rebeliones de las clases medias que en todas partes del mundo están poniendo a las dirigencias en su lugar. Las clases medias no quieren tomar el poder sino simplemente vivir mejor, bajo ese ideal justiciero y libertario pero bien "burgués" que, en vez de sucumbir a los delirios utopistas de hombres y sociedad nuevas que nunca se concretan, proponen el módico sueño de repúblicas democráticas donde cada vez haya menos pobres y menos ricos, para que todos puedan disfrutar de los bienes públicos y privados de la manera más equilibrada posible.
 
Que de eso se tratan estas nuevas revoluciones de clase media a las cuales reaccionarios y utopistas temen y el resto de los políticos miran con desconfianza. Los primeros, porque no encajan dentro de sus cerradas ideologías; los segundos, porque no los llaman antes, ni los invitan cuando salen a las calles. Por eso a estos fenómenos nuevos sólo los podrán conducir quienes sean parte de estos fenómenos o los que tengan la grandeza de abandonar sus prejuicios en nombre de la nueva realidad.
 
La clase media argentina

Mientras en el siglo XX las lides entre capitalismo y socialismo monopolizaban los debates políticos mundiales, la Argentina fue uno de los pocos países que centralizó el siglo en integrar sus clases medias a la producción, el consumo y la educación. Mientras liberales, radicales y peronistas no coincidían ideológicamente entre sí en casi nada, en lo relacionado con la movilidad social en pos de un gran país de clase media, cada uno de ellos sumó su invalorable aporte.

Es una pena, entonces, que en un tiempo en que las clases medias son el gran motor de la movilización política y social por el mundo entero, el Gobierno argentino mire con asco o desprecio todo lo que tenga que ver -acá, en Venezuela o en Oriente Medio- con las clases medias, como negando lo mejor de la historia nacional, aquello en que nos adelantamos positivamente a todos los demás países.

Justo en la Argentina -un país donde políticamente casi todas las cosas se hicieron mal- que sus dirigentes se nieguen a revalorizar lo poco que se hizo muy bien, suena un tanto ridículo.

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