29 de junio de 2013 - 21:04

Postal de Turquía

“Habiendo presenciado la insurrección egipcia en la plaza Tahrir en El Cairo en 2011, estaba impaciente por compararla con las protestas de jóvenes turcos en la plaza Taksim, en 2013. Son muy diferentes”.

Los egipcios querían expulsar al presidente Hosni Mubarak. El suyo fue un acto de “revolución”. Los turcos están participando en un acto de “repulsión”. Ellos (aún) no están intentando derrocar a su primer ministro islamista elegido democráticamente, Recep Tayyip Erdogan.

Lo que están haciendo es dirigirle reproches. Su mensaje es simple: “No nos abrume, deje de sofocar a nuestra democracia y deje de actuar como un pomposo e insoportable sultán de tiempos modernos”.

Al principio, los turcos salieron a las calles a fin de proteger uno de los pocos espacios verdes de Estambul, el parque Gezi, para que no fuera destruido por un proyecto de Erdogan. Salieron a las calles porque el primer ministro -quien ha dominado la política turca durante los últimos 11 años y aún tiene el firme apoyo de la mitad más religiosa de Turquía- ha sofocado la disensión.

Erdogan ha usado leyes de impuestos y otros medios para intimidar a medios de comunicación y opositores a fin de que guarden silencio -al principio, CNN Turk se negó a cubrir las protestas, optando más bien por transmitir un programa sobre pingüinos-, en tanto la oposición formal en el Parlamento es inútil.

Así que, en un movimiento que tiene intrigantes implicaciones, jóvenes turcos usaron Twitter como su propia red de noticias y comunicaciones y tanto el parque Gezi como la plaza Taksim como su propio parlamento para convertirse en la verdadera oposición.

Al hacerlo enviaron un mensaje a Erdogan: en el mundo plano de estos tiempos, nadie logra ya tener conversaciones unilaterales. Los dirigentes ahora están en una conversación de dos vías con sus ciudadanos.

Erdogan, quien está rodeado de borregos, recibió su lección a la manera difícil. El 7 de junio, declaró que aquellos que intentan “sermonearnos” sobre la represión en Taksim, “¿qué hicieron con respecto a los incidentes de Wall Street? Gas lacrimógeno, allá ocurrió la muerte de 17 personas.

¿Cuál fue la reacción?” En una hora, la Embajada de Estados Unidos en Turquía emitió una declaración en inglés y en turco a través de Twitter refutando a Erdogan: “Ninguna muerte estadounidense resultó a raíz de acciones de la policía en OWS”, referencia a Ocupa Wall Street. No causa sorpresa que Erdogan denunciara a Twitter como la “peor amenaza” de la sociedad.

Tres turcos en Estados Unidos respondieron a los sucesos en Estambul lanzado una campaña para reunir fondos en Indiegogo.com que compró una inserción de plana entera en The New York Times dando su apoyo a las protestas. Según informó Forbes, recibieron donaciones “de 50 países a un paso de 2.500 dólares por hora a lo largo de su primer día, cruzando el umbral de su objetivo de 53.800 dólares en aproximadamente 21 horas”.

Lo triste es que la arrogancia de Erdogan, sus impulsos autocráticos, están ensuciando lo que ha sido un sobresaliente historial de liderazgo. Su partido islamista ha mejorado enormemente la atención de salud, elevado salarios, construido caminos y puentes, mejorado el gobierno y expulsado al ejército de la política. Sin embargo, el éxito se la ha subido a la cabeza.

Ha estado sermoneando, o intentando restringir, a los turcos con respecto a dónde y cuándo pueden beber alcohol, cuántos niños debería tener cada mujer, la necesidad de prohibir abortos, la necesidad de prohibir operaciones cesáreas e incluso cuáles docudramas deberían ver.

Caminaba con manifestantes en las calles de Estambul cuando la policía, armada con mangueras de bomberos y gas lacrimógeno, despejó el parque Gazi. El pavimento literalmente se sacudía con la energía de los jóvenes diciéndole a Erdogan que retrocediera.

O como comentó Ilke, de 30 años, ingeniero aeroespacial parado junto a mí -antes de que fuéramos dispersados por el gas lacrimógeno-: “Ellos están intentado hacer reglas sobre la religión e imponérselas a todos. La democracia no es solo sobre lo que quiere la mayoría. Es también sobre lo que quiere la minoría. La democracia no es solo elecciones”.

Erdogan (como Vladimir V. Putin de Rusia) confunde “estar en el poder con tener poder”, argumentó Dov Seidman, cuya empresa, LRN, asesora a directores ejecutivos sobre el gobierno y es autor del libro “Cómo”. “Esencialmente existen solo dos tipos de autoridad: la autoridad formal y la autoridad moral”, agregó.

“Y actualmente la autoridad moral reviste mucha mayor importancia que la autoridad formal” en el mundo interconectado de nuestros tiempos, “donde el poder está cambiando hacia individuos que pueden conectarse con facilidad y combinar su poder exponencialmente para bien o para mal”.

No obtienes la autoridad moral solo por haber sido elegido o por haber nacido, destacó Seidman: “La autoridad moral es algo que debes seguir ganándote a través de tu comportamiento, de cómo fomentas la confianza con tu gente. cada vez que ejerces la autoridad formal -al llamar a la policía-, la agotas. Cada vez que ejerces la autoridad moral, guiando con el ejemplo, tratando a la gente con respeto, la fortaleces”.

Cualquier líder que quiere conducir solo “ordenando el poder sobre el pueblo, debería reconsiderarlo”, agregó. “En esta era, la única forma de guiar efectivamente está en generar poder a través de la gente”, dijo Seidman, porque te has conectado con ellos “de una forma que se ganó su confianza y los incluyó en una visión compartida”.

¿Puede Erdogan aprender estas lecciones? La estabilidad de Turquía a largo plazo y su legado penden de la respuesta.

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