En este texto se reproducen párrafos del libro que titula esta columna, escrito por el autor, politólogo reconocido a nivel mundial.
En este texto se reproducen párrafos del libro que titula esta columna, escrito por el autor, politólogo reconocido a nivel mundial.
Elegimos a nuestros gobiernos por medio del voto. Los partidos proponen políticas y presentan candidatos; nosotros votamos; según reglas preestablecidas, se declara un ganador, éste ocupa su cargo y el perdedor se va a su casa. A veces hay fallas en el sistema pero, por lo general, el proceso funciona sin sobresaltos. Durante unos años sus integrantes nos gobiernan y luego tenemos la opción de decidir si los prorrogamos en sus cargos durante otro período o bien si echamos a esos canallas. Todo esto es tan rutinario que lo damos por sentado.
Por familiar que nos resulte esta experiencia, las elecciones son un fenómeno sorprendente. En una elección típica, uno de cada dos votantes termina del lado de los perdedores: en los sistemas presidencialistas, el ganador rara vez recibe mucho más del 50% de los votos y en los sistemas parlamentarios multipartidarios, la mayor participación rara vez supera el 40%. Además, muchas personas que votaron por los ganadores se horrorizan ante el desempeño que luego estos demuestran al estar en ejercicio. Así, la mayoría de nosotros terminamos decepcionados, ya sea por el resultado o por el desempeño del ganador. Sin embargo, elección tras elección esperamos que nuestro candidato preferido gane esta vez y no nos decepcione.
La insatisfacción con los resultados de las elecciones no equivale a la insatisfacción con respecto a éstas como un mecanismo de toma de decisiones colectiva. Es cierto: encontrarse en el lado del perdedor no resulta agradable. Las encuestas muestran que la satisfacción con la democracia es mayor entre quienes votaron por los ganadores que por los perdedores. Pero lo que las personas más aprecian en los comicios es el solo hecho de poder votar por el partido que representa su punto de vista, aunque termine del lado del perdedor.
¿Por qué deberíamos valorar o valoramos los comicios como un método para decidir quién y cómo va a gobernarnos? ¿Cuáles son sus virtudes, sus debilidades y limitaciones? Hay que tomar las elecciones por lo que son, con sus imperfecciones y defectos, y derivar sus consecuencias sobre las facetas diversas de nuestro bienestar colectivo. Sostengo aquí que algunas de las críticas populares sobre ellas -en especial, las que no ofrecen una opción y que la participación individual no produce efectos- son erróneas y se basan en una interpretación equivocada de las elecciones como un mecanismo por el cual tomamos decisiones en tanto colectividad. Mi argumento es que, en las sociedades en que las personas poseen diversos intereses y valores, buscar la racionalidad (o justicia) es inútil, pero los comicios proporcionan a los gobiernos una instrucción de minimizar la insatisfacción respecto de cómo somos gobernados. Si los gobiernos siguen esas instrucciones es materia de discusión: los gobiernos atroces son pasibles de recibir sanciones electorales, pero su margen para eludir la responsabilidad es alto. Me temo que la eterna expectativa de que las elecciones tendrán el efecto de reducir la inequidad económica es leve en sociedades en que sólo unos pocos poseen los bienes productivos y en que los mercados distribuyen de manera desigual los ingresos, es decir, en sociedades regidas por el “capitalismo”. El mayor valor del mecanismo eleccionario, que en mi opinión basta para que lo apreciemos, es que al menos en ciertas condiciones nos permite procesar con relativa libertad y paz civil los conflictos de la sociedad: previene la violencia.
Ésta es una perspectiva “churchilliana”, de mínima intervención, una mirada que admite que las elecciones no son buenas, nunca son muy “justas”, resultan impotentes contra algunos de los obstáculos que enfrentan ciertas sociedades específicas y están lejos de concretar los ideales que las hicieron surgir y que todavía algunas personas sostienen como criterio para evaluarlas. Pero creo que no existe otro método para elegir a nuestros gobernantes que funcione mejor. Ningún sistema político puede otorgar total efectividad a la participación política de cada cual. Ningún sistema político puede lograr que los gobiernos sean agentes perfectos de la ciudadanía. En las sociedades modernas, ningún sistema político puede generar y sostener el grado de equidad económica que muchas personas querrían que prevaleciera. Si bien el mantenimiento del orden civil y la no interferencia en la vida privada nunca coexisten de manera sencilla, ningún otro sistema político se acerca más a hacerlo. La política, de cualquier formato y modalidad, tiene sus límites para configurar y transformar la sociedad. La vida es así. Creo que es importante conocer estos límites, como para no criticar las elecciones por no lograr lo que ningún acuerdo político puede conseguir. Reconocer los límites sirve para dirigir nuestros esfuerzos hacia ellos, dilucidar qué reformas son posibles. Si bien hay muchas reformas que no se implementan debido a que ponen en riesgo determinados intereses, considero que conocer tanto los límites como las posibilidades es una guía útil para la acción política. Al fin de cuentas, las elecciones son apenas un marco dentro del cual personas en cierto modo iguales, en cierto modo efectivas, hasta cierto punto libres, pueden luchar en paz para mejorar el mundo de acuerdo con sus diferentes visiones, valores e intereses.
Las elecciones son un método mediante el cual individuos y grupos, “las fuerzas políticas”, luchan en sociedades específicas para proveer sus intereses y valores, que a menudo entran en conflicto. No constituyen un mecanismo que nos regala lo que queremos -un buen gobierno, racionalidad, justicia, desarrollo, equidad o lo que fuere-, sino un mero terreno en que personas de preferencias heterogéneas procesan sus conflictos de acuerdo con algunas reglas. Por ende, lo que las elecciones generan depende de lo que hacen esos actores. Mientras los perdedores actuales tengan alguna posibilidad de quedar en el futuro con el bando ganador, mientras las elecciones sean “competitivas”, “libres”, o “justas”, pueden aguardar su turno. Para procesar conflictos en paz no es necesario que estemos de acuerdo: si bien el slogan “La unión hace la fuerza” resulta inspirador, los comicios son un mecanismo que nos permite convivir con las divisiones internas. En palabras de Bobbio, “¿qué es la democracia sino un conjunto de reglas que buscan la solución de conflictos sin que se derrame sangre?”. Eso es lo genial de las elecciones.