1 de mayo de 2026 - 17:00

Un estudio demuestra que los niños que leen con frecuencia cuentos de ficción y fantasía desarrollan una capacidad única

La ficción no solo entretiene: varias investigaciones la relacionan con la capacidad de imaginar lo que otros piensan, sienten o creen.

Leer una historia obliga a seguir deseos, miedos, errores y secretos de personajes que no siempre dicen todo lo que piensan. Ahí empieza el ejercicio: el niño no solo entiende acciones, también intenta completar intenciones, emociones y puntos de vista.

Qué es la empatía cognitiva

La empatía cognitiva no es simplemente “sentir pena” por alguien. Es la capacidad de representar mentalmente lo que otra persona cree, interpreta o necesita. En psicología, este proceso suele vincularse con la teoría de la mente.

Según trabajos sobre lectura y cognición social, la ficción puede entrenar ese mecanismo porque presenta mundos internos complejos. Un personaje puede mentir, esconder una emoción, cambiar de opinión o actuar por una razón que recién se revela varias páginas después.

Por qué la fantasía agrega una capa extra

La fantasía suma un desafío particular: obliga a aceptar mundos con reglas distintas. Dragones, criaturas invisibles, objetos mágicos o personajes imposibles hacen que el niño tenga que sostener una realidad alternativa sin perder el hilo emocional.

Una investigación de Rebecca Dore y Angeline Lillard analizó la relación entre niños preescolares, mundos fantásticos y teoría de la mente. El trabajo señaló que ciertas medidas de orientación hacia la fantasía predijeron mejoras posteriores en tareas de teoría de la mente.

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El mecanismo es potente porque la fantasía no pide solo recordar datos. Pide imaginar cómo alguien puede creer algo distinto, actuar desde otra lógica o vivir una emoción dentro de un mundo que no existe en la vida cotidiana.

No cualquier lectura produce el mismo efecto

El punto central no es acumular libros de cualquier manera. Las historias con personajes planos, conflictos simples o moralejas demasiado evidentes ofrecen menos espacio para inferir. En cambio, los relatos con ambigüedad invitan a ejercitar más interpretación social.

Una revisión integradora sobre lectura y empatía en niños y adolescentes destacó que las investigaciones no son idénticas entre sí, pero sí muestran una relación relevante entre textos de ficción, desarrollo socioemocional y diferentes componentes de la empatía.

Esto no significa que leer cuentos vuelva automáticamente más empático a cualquier niño. La frecuencia, la calidad del texto, la conversación posterior y el contexto familiar o escolar también influyen. La lectura abre una puerta; el entorno define cuánto se aprovecha.

La pregunta que mejora el efecto

Una práctica simple potencia la lectura: hablar sobre lo que el personaje pudo haber pensado. Preguntas como “por qué hizo eso”, “qué creyó que iba a pasar” o “qué no sabía todavía” activan el núcleo de la empatía cognitiva.

También ayuda comparar puntos de vista dentro del cuento. Un personaje puede sentirse traicionado mientras otro cree haber hecho lo correcto. Esa tensión enseña algo clave: dos personas pueden vivir una misma escena de maneras completamente distintas.

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