14 de enero de 2026 - 10:15

Según la psicología, las personas que sueñan con un familiar fallecido atraviesan este proceso del duelo

Especialistas analizan cómo los sueños y pesadillas reflejan nuestro estado emocional tras una pérdida, advirtiendo sobre los riesgos de un duelo complicado si el descanso se altera.

Diversos estudios en psicología clínica analizan la estrecha relación entre la calidad del sueño y el proceso de duelo, un fenómeno que afecta a millones de personas tras perder a un ser querido. Esta información es crucial hoy porque entender el contenido de nuestros sueños permite identificar si el dolor se está procesando de forma saludable o si existe un estancamiento emocional que requiere intervención profesional.

Pesadillas y "estancamiento onírico": cuando el duelo se complica

La ciencia indica que el duelo no es solo un proceso emocional, sino también biológico y cognitivo que se manifiesta con fuerza durante la noche. En personas que atraviesan una pérdida, las alteraciones del sueño son altamente prevalentes y su intensidad suele estar directamente relacionada con la profundidad del dolor. Cuando el duelo no sigue un patrón de adaptación normal, pueden aparecer pesadillas recurrentes que funcionan como una forma de "estancamiento onírico". En estos casos, la mente reproduce símbolos del vínculo perdido sin lograr una integración emocional adecuada, lo que prolonga el sufrimiento.

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Las cifras son especialmente reveladoras en casos de muertes traumáticas o repentinas, donde entre el 45% y el 88% de los afectados reportan pesadillas intensas. Este tipo de sueños se asemejan a los del trastorno de estrés postraumático (TEPT), caracterizándose por un realismo extremo y una elevada sensación de amenaza.

Científicamente, esto sugiere una falta de procesamiento emocional que obliga al sueño a funcionar como un escenario de "re-vivencia" constante del trauma. La investigación advierte que la mala calidad del sueño no es solo una consecuencia, sino que puede alimentar un círculo vicioso: dormir mal favorece el desarrollo de un duelo prolongado o patológico. Por ello, intervenir tempranamente mediante rutinas de higiene del sueño o técnicas de reestructuración cognitiva es una recomendación clínica esencial para evitar complicaciones mayores.

El consuelo de las visitaciones: una herramienta para el cierre emocional

No todas las experiencias nocturnas tras una pérdida son perturbadoras; de hecho, aproximadamente el 58% de las personas reporta haber tenido "sueños de visitación" con sus seres queridos fallecidos. La psicología clínica define estas experiencias como sueños emocionalmente intensos donde el fallecido aparece, generalmente sano y vibrante, para brindar alivio, guía o mensajes de paz. A diferencia de las pesadillas, estos sueños suelen dejar una sensación de consuelo y amor que perdura durante días o incluso años.

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Desde una perspectiva terapéutica, estos sueños cumplen funciones psicológicas vitales, como ofrecer una oportunidad simbólica de despedida o diálogo interno. Según la teoría del vínculo continuado, mantener una conexión con el fallecido a través del subconsciente es parte del proceso adaptativo y ayuda a realizar las tareas necesarias para superar el duelo, como aceptar la irreversibilidad de la muerte y adaptarse a un mundo sin su presencia física. Muchos dolientes reportan que un solo sueño de visitación fue el factor determinante para lograr el cierre emocional y transformar su perspectiva de vida.

En resumen, la ciencia sugiere que debemos prestar atención a lo que soñamos tras una pérdida:

  • Sueños reconfortantes: Ayudan a integrar la ausencia y a encontrar significado en el proceso.
  • Pesadillas perturbadoras: Pueden indicar bloqueos emocionales que necesitan atención directa.
  • Calidad del descanso: El insomnio y los despertares frecuentes correlacionan con una mayor intensidad del duelo.

Tratar las pesadillas no debe verse como un objetivo secundario, sino como un paso imprescindible para que el psiquismo logre integrar el hecho de que esa persona ya no está y pueda, finalmente, permitirnos vivir de nuevo con ilusión.

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