6 de julio de 2026 - 12:30

Incluso en niños de 2 años: un error cotidiano en la crianza perjudica el desarrollo del cerebro

Para calmar berrinches o evitar el aburrimiento parece una solución rápida, pero puede interferir con aprendizajes básicos.

El problema no es una videollamada familiar ni un uso puntual y acompañado. La preocupación aparece cuando las pantallas se convierten en el recurso principal para calmar, entretener o silenciar al niño, incluso desde los 2 años o antes.

A esa edad, el cerebro todavía está construyendo habilidades fundamentales. El lenguaje, la atención, el juego simbólico y la regulación emocional se desarrollan sobre todo mediante interacción cara a cara, movimiento, exploración y respuesta de los adultos.

El error no es la pantalla aislada, sino usarla como chupete emocional

El llamado “chupete digital” consiste en ofrecer un dispositivo para cortar rápidamente una emoción incómoda. El niño llora, se enoja o se impacienta, y la pantalla aparece como una forma inmediata de distraerlo.

A corto plazo, funciona: el chico se queda quieto, mira el contenido y baja la intensidad del berrinche. Pero el costo puede aparecer después, porque no aprende qué hacer con esa emoción ni cómo atravesarla con la ayuda de un adulto.

La regulación emocional no se desarrolla apagando la incomodidad. Se construye cuando el niño puede sentir enojo, tristeza o frustración y, al mismo tiempo, recibe palabras, límites y compañía para ordenar lo que le pasa.

Por qué puede afectar el desarrollo del cerebro

Durante la primera infancia, el cerebro necesita experiencias variadas. Tocar, hablar, mirar gestos, esperar turnos, jugar con objetos reales y recibir respuestas del entorno fortalece conexiones vinculadas con el lenguaje, la memoria y la atención.

Cuando la pantalla reemplaza esas experiencias de manera frecuente, el niño permanece más pasivo. Mira, recibe estímulos rápidos y cambia de foco sin tener que sostener una conversación, inventar un juego o resolver un pequeño problema.

Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud señalan que, a los 2 años, el tiempo sedentario frente a pantallas no debería superar una hora diaria, y que menos es mejor. Para los menores de esa edad, la exposición sedentaria no está recomendada.

Qué observar en la vida cotidiana

El uso de pantallas puede volverse una señal de alerta cuando el niño ya no tolera esperas breves sin un dispositivo. También cuando necesita videos para comer, viajar, dormirse o calmar cualquier enojo.

Otros indicios pueden ser:

  • Dificultad para jugar sin estímulos digitales.
  • Irritabilidad cuando se retira el dispositivo.
  • Menos interés por libros, juguetes o conversación.
  • Uso del celular en cada comida o salida.
  • Pantallas antes de dormir.
  • Menos contacto visual durante interacciones familiares.

Ninguna de estas señales permite diagnosticar un problema por sí sola, pero sí indica que conviene revisar la rutina.

Qué pueden hacer los adultos sin convertirlo en una batalla

La solución no consiste en prohibir todo de un día para el otro. En muchos hogares, el cambio más útil es reducir el uso automático y reemplazarlo por recursos simples.

Cuando el niño se frustra, el adulto puede poner en palabras lo que ocurre: “Estás enojado porque querías seguir jugando”. Después puede ofrecer una alternativa concreta, como respirar, elegir entre dos opciones o esperar con una actividad breve.

También ayuda reservar las pantallas para momentos definidos, evitar que estén disponibles todo el tiempo y priorizar contenidos cortos, apropiados para la edad y acompañados por un adulto.

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