Quienes nacieron entre 1960 y 1974 atravesaron una crianza en la que numerosas experiencias exigían esperar. No había contenidos disponibles de inmediato, las comunicaciones demoraban y buena parte de las compras, trámites o entretenimientos dependían de horarios establecidos. Esa realidad suele resumirse con la idea de que aquellas personas se volvieron más resistentes porque “la pasaron peor”.
Sin embargo, la psicología permite hacer una distinción importante: soportar dificultades no garantiza una mejor tolerancia a la frustración.
Lo que pudo haber ayudado en ciertos casos fue la práctica repetida de posponer una recompensa, continuar con otra actividad y aceptar que un deseo no siempre podía satisfacerse en el momento.
Esperar también es una habilidad que se aprende
La capacidad de renunciar a una recompensa inmediata para recibir otra más valiosa después se conoce como demora de la gratificación. No consiste simplemente en quedarse quieto, sino en regular la atención, los impulsos y las emociones que aparecen durante la espera.
Esta habilidad ganó notoriedad con los experimentos dirigidos por el psicólogo Walter Mischel desde fines de la década de 1960. En la prueba más conocida, un niño podía comer una recompensa inmediatamente o esperar para recibir una cantidad mayor.
Los investigadores observaron que los chicos utilizaban distintas estrategias: evitaban mirar el alimento, cantaban, jugaban con sus manos o imaginaban que el objeto era otra cosa. Es decir, no resistían únicamente mediante fuerza de voluntad, sino que aprendían a manejar la tentación.
Por qué la espera puede mejorar la tolerancia a la frustración
Cuando una espera es razonable y tiene un resultado previsible, el niño aprende que una emoción incómoda puede atravesarse sin necesidad de reaccionar de manera inmediata.
También descubre que el malestar cambia con el tiempo. La impaciencia puede ser intensa al comienzo, pero disminuye cuando la atención se dirige hacia otra actividad o aparece una explicación clara sobre cuánto falta.
Repetidas en contextos seguros, estas experiencias pueden ayudar a desarrollar control de los impulsos, planificación y capacidad para sostener objetivos. Más adelante, esas herramientas intervienen al estudiar, ahorrar, esperar una respuesta o atravesar un conflicto.
Sin embargo, no existe evidencia de que todos los nacidos entre 1960 y 1974 hayan recibido el mismo aprendizaje. Las condiciones familiares, sociales y económicas fueron muy diferentes dentro de esa franja.
Sufrir más no enseña necesariamente a esperar
La frustración solo puede convertirse en aprendizaje cuando existe una dificultad manejable y algún grado de apoyo. Una exigencia excesiva, imprevisible o permanente puede producir ansiedad, enojo, desconfianza o sensación de indefensión.
Un experimento publicado en Cognition mostró que los niños esperaban menos cuando, antes de la prueba, un adulto había incumplido una promesa. En ese escenario, elegir la recompensa inmediata no indicaba falta de autocontrol: podía ser una respuesta lógica frente a un entorno poco confiable.
Por eso, decir que las generaciones anteriores aprendieron a esperar porque sufrieron más simplifica un proceso complejo. La paciencia no surge únicamente de la carencia, sino también de comprobar que esperar tiene sentido y que los demás cumplen lo prometido.
El estudio que cuestiona el mito generacional
Una investigación publicada en Developmental Psychology comparó resultados de niños que realizaron pruebas similares durante las décadas de 1960, 1980 y 2000.
Contrario a la idea de que las nuevas generaciones toleran menos la espera, los chicos evaluados en períodos más recientes consiguieron demorar la recompensa durante más tiempo que los participantes de décadas anteriores.
El resultado no demuestra que los niños actuales tengan siempre más autocontrol. Sí permite descartar una conclusión frecuente: haber crecido sin tecnología digital no convierte automáticamente a una generación en más paciente o emocionalmente fuerte.