29 de junio de 2026 - 16:30

La psicología afirma que los niños nacidos entre 1959 y 1970 no se volvieron más fuertes por una mejor crianza, sino porque gestionan sus emociones

La autonomía cotidiana y la obligación de resolver problemas pudieron fortalecer algunas habilidades, aunque también dejaron costos emocionales.

Ese contexto suele utilizarse para afirmar que aquella generación se volvió “más fuerte”. Sin embargo, la psicología no reconoce la fortaleza emocional como una característica automática de una fecha de nacimiento. Lo que sí estudia es cómo la práctica sostenida de la autorregulación, la autonomía y la resolución de problemas puede influir en la vida adulta.

No fue necesariamente una mejor crianza

Muchos chicos de esas décadas crecieron con reglas claras, pero también con largos períodos en los que debían organizarse solos. Volvían de la escuela, preparaban una merienda, cuidaban a un hermano o buscaban una solución antes de recurrir a un adulto.

La psicología afirma que los niños nacidos entre 1959 y 1970 no se volvieron más fuertes por una mejor crianza, sino porque gestionan sus emociones (3)

Estas experiencias podían ofrecer oportunidades para tolerar la frustración y tomar decisiones. El niño aprendía que una emoción incómoda no siempre provocaba una intervención inmediata y que, en ocasiones, debía encontrar por sí mismo una manera de continuar.

Eso no significa que toda ausencia de supervisión fuera positiva. La falta de acompañamiento, el abandono emocional y la exposición constante al estrés pueden afectar el desarrollo. La autonomía saludable no es equivalente a dejar a un niño sin protección.

Gestionar una emoción no es lo mismo que ocultarla

Parte de esta generación también recibió mensajes como “no llores”, “aguantá” o “no hagas un problema”. Como consecuencia, algunas personas se acostumbraron a seguir funcionando aun cuando estaban preocupadas, enojadas o tristes.

Esa capacidad puede parecer fortaleza, pero la psicología diferencia entre regular una emoción y simplemente reprimir su expresión. La reevaluación permite comprender lo ocurrido y modificar la respuesta; la supresión intenta esconder lo que se siente sin resolver necesariamente su origen.

Una serie de estudios dirigidos por el psicólogo James Gross vinculó el uso habitual de la reevaluación con mejores resultados interpersonales y de bienestar que la supresión constante. Por eso, permanecer en silencio no siempre significa haber procesado una experiencia.

La edad y la experiencia también influyen

Quienes nacieron entre 1959 y 1970 tienen actualmente entre 55 y 67 años. Algunas diferencias atribuidas a la generación podrían explicarse, en realidad, por la experiencia acumulada y no exclusivamente por la crianza recibida.

La psicología afirma que los niños nacidos entre 1959 y 1970 no se volvieron más fuertes por una mejor crianza, sino porque gestionan sus emociones (2)

Las investigaciones sobre envejecimiento emocional muestran que muchos adultos aprenden a seleccionar mejor sus conflictos, anticipar qué situaciones los alterarán y priorizar relaciones significativas. Aun así, los resultados no son iguales para todas las personas ni prueban que una generación sea superior a otra.

Las dificultades que también quedaron escondidas

La autosuficiencia puede transformarse en una desventaja cuando impide pedir ayuda. Algunas personas acostumbradas a resolver todo solas sienten culpa al depender de otros o consideran que expresar vulnerabilidad representa una debilidad.

También puede aparecer una desconexión entre la capacidad de actuar y la posibilidad de identificar lo que sucede internamente. Alguien puede resolver una crisis de manera eficiente y, al mismo tiempo, tener dificultades para ponerle nombre a sus emociones.

La enseñanza que deja aquella experiencia no consiste en recuperar una infancia sin supervisión, sino en encontrar un equilibrio: permitir que los chicos intenten, se equivoquen y resuelvan problemas, pero con adultos disponibles cuando la situación supera sus recursos.

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