En 1925, el Estado argentino creó una Estación Forestal en Isla Victoria, dentro del actual Parque Nacional Nahuel Huapi, con una idea que hoy resulta difícil de imaginar dentro de un área protegida: probar árboles y arbustos llegados de otras partes del mundo para evaluar su valor forestal, ornamental, frutal y económico.
La lógica de la época era muy distinta de la conservación actual. Los responsables consideraban que la flora nativa ofrecía pocas alternativas para determinados usos y por eso buscaron especies capaces de producir madera, formar cortinas rompevientos, servir como cercos o aportar frutos. Las introducciones no fueron aisladas: se organizaron plantaciones homogéneas y mixtas en distintos sectores.
Al menos 118 especies fueron plantadas en unas 63 hectáreas
Un trabajo publicado en Ecología Austral por María Andrea Relva y Martín A. Núñez reconstruyó la escala de aquel experimento. Entre 1925 y las últimas plantaciones de 1939-1940 se incorporaron al menos 71 especies de coníferas y 47 especies de latifoliadas. La superficie forestada originalmente llegó a unas 63 hectáreas distribuidas en tres áreas de la isla.
La zona central, entre Puerto Anchorena y la península de Manzanito, concentró unas 23 hectáreas, mientras que Puerto Pampa reunió otras 26. También hubo una plantación menor en Puerto Madera. El vivero siguió funcionando hasta 1960, aunque para entonces el período de grandes ensayos forestales ya había quedado atrás.
Pinos, abetos y otras especies llegaron desde el hemisferio norte
Entre las especies ensayadas figuraron numerosos pinos y otros géneros de coníferas. El estudio menciona 21 especies del género Pinus, entre ellas Pinus contorta, Pinus ponderosa y Pinus sylvestris. También se introdujeron árboles y arbustos que con el tiempo se volvieron familiares en distintos paisajes patagónicos.
La Estación no buscaba generar una invasión. Su objetivo era medir crecimiento, supervivencia, producción de conos y utilidad forestal. El problema apareció después, cuando algunas especies demostraron una capacidad de dispersión que excedía los límites de las parcelas originales. Las semillas comenzaron a instalarse dentro de comunidades dominadas por coihue y ciprés.
Décadas después, algunas coníferas avanzaron sobre el bosque nativo
Los investigadores encontraron plántulas, juveniles y ejemplares adultos de coníferas exóticas fuera de las plantaciones. Entre las especies con comportamiento invasor en la región aparece Pseudotsuga menziesii, conocida como pino Oregón o abeto de Douglas, capaz de establecerse en sectores de bosque nativo cuando las condiciones favorecen la germinación y el crecimiento.
El proceso no depende solamente de que haya semillas disponibles. Los estudios en Isla Victoria analizaron factores que pueden acelerar o frenar la invasión. Los ciervos introducidos pueden favorecerla al consumir con mayor intensidad algunas plantas nativas, mientras que la depredación de semillas y una baja presencia de ciertos hongos micorrícicos pueden retrasar la expansión de las coníferas.
La experiencia cambió también la forma de pensar la conservación
Lo que en la primera mitad del siglo XX era considerado una política de mejoramiento y experimentación forestal terminó convirtiéndose en un caso de estudio sobre invasiones biológicas. Hoy la prioridad de manejo es evitar nuevas introducciones y reducir la expansión de especies capaces de desplazar a la vegetación nativa.
Isla Victoria conserva todavía ese doble legado. Por un lado, el antiguo vivero y el arboretum forman parte de su historia cultural y forestal. Por otro, los árboles que escaparon de las plantaciones muestran que una decisión tomada hace un siglo puede seguir modificando un ecosistema décadas después. El experimento de 1925 terminó ofreciendo una lección que sus impulsores no habían previsto.