Ocurrió. Este asunto de los encuentros familiares ocurrió. Ayer, un día tan especial para todos los argentinos, muchos se juntaron en una casa con sus familiares más cercanos para verse y también celebrar en conjunto.
Ocurrió. Este asunto de los encuentros familiares ocurrió. Ayer, un día tan especial para todos los argentinos, muchos se juntaron en una casa con sus familiares más cercanos para verse y también celebrar en conjunto.
Mientras iban llegando había muchos que se desconocía: “¡Pedro! ¿Sos vos? No lo puedo creer”. Y, claro, Pedro, en esta ausencia forzada, se había dejado crecer la barba y el pelo, y tenía algunos kilos demás.
Les pasó a varios, les costó reconocer a todos aquellos que acudían al llamado familiar. Es que dos meses largos sin verse después de verse casi todos los días, creaba confusiones. La apariencia era lo primero en el encuentro: “Estás más flaco”, “te noto un poco más rellenito”, “¿estás más alto?” fueron comentarios frecuentes de los que por fin lograban encontrarse.
Y nada de distancia social. A los abrazos limpios, puros, abarcativos; a los besos que decían más que miles de palabras, a las caricias que recuperaban el calor que se les había ido de las manos por un tiempo largo.
Después vinieron las charlas, y los chistes, y las anécdotas y las comilonas, porque un reencuentro de tal naturaleza merecía ser homenajeado a puro mordisco. Muchos optaron por el locro. Sabido es que el locro es la comida del 25 de Mayo. Otros apostaron al asado, que también tiene sabor argentino. Las empanadas tuvieron su lugar, tal vez reviviendo a aquellos niños que son pintados con carbón para los actos escolares rememorando a los negros que vendían “empanadas calientes para las viejas sin dientes” por las calles embarradas de aquel Buenos Aires del nacimiento
Contentos de estar cerca otra vez se olvidaron por un tiempo del coronavirus, aunque el bicho estuvo presente en muchas de las conversaciones. Pero las cuestiones familiares pasaron a primer plano y sobre ellas danzó la conversación.
Fueron unas horas de revancha, de sacarle la lengua al confinamiento, de ser otra vez un grupo, una reunión, una juntada como aquellas que hacíamos sin virus, cuando algún cumpleaños involucraba a toda la familia.
Ustedes me dirán: “dos meses no es tanto, hay algunos que se toman dos meses de vacaciones y no se hace una juntada porque regresan de ellas”. Sin embargo el distanciamiento había sido ordenado y no elegido, y entonces sí la cosa se hacía especialmente especial.
Los niños fueron los más favorecidos porque el día permitió, por ejemplo, usar el patio para comer afuera y ellos encontraron un espacio adecuado para sus juegos.
Tal vez, de no haber existido el confinamiento no se hubieran juntado como ocurrió, pero el levantamiento de la barrera pareció que los impulsaba a todos contra todos.
Se juntaron el 25 de mayo sin nadie que se acordara de Saavedra, Belgrano, Paso o Moreno, sin banderas alegóricas, ni la estrofa del Himno entonada con cierto aire emotivo. Sin escarapelas en el pecho llevadas con orgullo. Se juntaron el 25 de mayo porque en aquel día de 1810 sucedió la Primera Junta y esta era la primera juntada. Fueron argentinos de todos modos. Ocurrió.