La fe que se sienta en la mesa del poder: el avance evangélico en la vida política del Este mendocino
El crecimiento de las iglesias evangélicas en el país dejó de ser solo un fenómeno religioso para convertirse en un factor político de peso y San Martín no está fuera de esto: eventos masivos con aval institucional, actos oficiales, presencia en el Estado y líderes pastorales que ya ocupan espacios de poder muestran una alianza cada vez más visible entre fe, gestión pública y construcción de influencia.
La fe que se sienta en la mesa del poder: el avance evangélico en la vida política de San Martín y el Este mendocino. (Foto: Prensa Municipalidad de San Martín)
En los últimos años, algo comenzó a hacerse evidente en el Este mendocino: las iglesias evangélicas ya no solo ocupan espacios de culto, acción social o contención espiritual; también han ido ganando presencia, visibilidad y legitimidad dentro de los ámbitos institucionales del poder político. San Martín aparece hoy como un caso paradigmático de esa sintonía cada vez más marcada entre fe, Estado y liderazgo público.
La postal reciente del XII Festival para la Familia en el Museo Las Bóvedas resume mucho más que un evento religioso multitudinario: muestra una trama donde el intendente Raúl Rufeil, funcionarios, la Banda de la Policía de Mendoza, reinas vendimiales y cultos evangélicos comparten escenario, liturgia simbólica y mensajes. No se trata únicamente de acompañamiento institucional: es una señal política, una validación pública, un guiño de legitimación mutua.
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La fe que se sienta en la mesa del poder: el avance evangélico en la vida política de San Martín y el Este mendocino. (Foto: Prensa Municipalidad de San Martín)
En el discurso delpastor Gustavo Funes se percibe el sentido profundo del fenómeno. La idea de “bendecir la ciudad”, de intervenir espiritualmente sobre el territorio, no es solo una expresión de fe: es una declaración de influencia. Y esa influencia crece. No es casual que el festival se haya mudado del Paseo de la Patria a Las Bóvedas para recibir a más asistentes. Tampoco lo es que cada año el acto gane respaldo oficial y despliegue cultural. Lo que antes podía verse como una actividad religiosa más, hoy empieza a tener escala social, simbólica y política. El pastor Funes no pudo contestar las consultas de este medio, debido a que está de viaje.
La escena no es aislada. El acto por el Día de la Fe Evangélica el 31 de octubre pasado, con izamiento de bandera en el balcón municipal, discursos oficiales reivindicando su rol y funcionarios reconociendo su tarea social, consolida una relación estable y cada vez más institucionalizada. Desde 2018, la fecha tiene rango de ley provincial y ese marco legal también da soporte político a la presencia pública del culto. Se estima que más del 20% de la población mendocina pertenece a comunidades evangélicas: un porcentaje imposible de ignorar para cualquier dirigente.
Pero hay algo más profundo aún: ya no se trata solo de iglesias cerca del poder; se trata de pastores ocupando espacios de poder. El ejemplo del pastor Horacio Rodríguez es elocuente: electo concejal en 2017, luego intendente interino por unos días y figura política que construyó capital electoral y territorial a partir de su liderazgo religioso. Lejos de ser una anécdota, su trayectoria marca una nueva lógica: la fe como plataforma política.
Rodríguez logró algo que pocos dirigentes tradicionales consiguen: conexión directa con sectores populares, presencia cotidiana, escucha permanente y una red comunitaria. Desde ese lugar, no solo se integró al esquema institucional, sino que terminó alineado con la gestión Rufeil, fortaleciendo la articulación entre el municipio y las iglesias. El vínculo ya no es ocasional: es estructural.
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La fe que se sienta en la mesa del poder: el avance evangélico en la vida política de San Martín y el Este mendocino. (Foto: Prensa Municipalidad de San Martín)
Esta dinámica local dialoga con un fenómeno más amplio que atraviesa Argentina y la región. El auge de líderes evangélicos como Dante Gebel –con poder comunicacional, llegada masiva, influencia cultural y creciente interés político– muestra un escenario donde carisma, creencia y conducción pública comienzan a mezclarse. No hace falta que los pastores declaren explícitamente aspiraciones partidarias: su peso simbólico y social ya los convierte en actores clave.
El avance tiene varias explicaciones. Por un lado, la crisis de representación política tradicional abre espacios para liderazgos con respaldo emocional y comunitario. Por otro, el Estado encuentra en las iglesias un aliado eficaz en tiempos de crisis social: contención, solidaridad, presencia territorial donde no llegan las políticas públicas. Y además, existe una estrategia consciente dentro de algunos sectores evangélicos de ocupar espacios de decisión y no quedar solo en la periferia social.
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La fe que se sienta en la mesa del poder: el avance evangélico en la vida política de San Martín y el Este mendocino. (Foto: Prensa Municipalidad de San Martín)
La pregunta inevitable es qué implica esto para la democracia, la pluralidad y la relación histórica entre Iglesia y Estado en Argentina. Algunos ven una amenaza: temen que se diluyan límites, que el poder espiritual condicione decisiones públicas, que la fe se transforme en herramienta electoral. Otros lo interpretan como natural: una expresión más de participación ciudadana, tan legítima como cualquier otra fuerza social organizada.
Lo cierto es que en San Martín y el Este mendocino la tendencia ya no es intuición ni sospecha; es un dato político. Las iglesias evangélicas tienen presencia, representación, estructura, capacidad de movilización y diálogo directo con el poder municipal. No son espectadores: son actores.
Y mientras en la escena nacional figuras como Gebel muestran que el fenómeno puede escalar, en los territorios como San Martín se escribe el capítulo más concreto: el de la construcción cotidiana de una relación donde la fe deja de limitarse al plano privado y ocupa espacio en la esfera pública.
La discusión recién empieza. Pero el mapa político ya está cambiando. Y en ese nuevo mapa, la fe evangélica no es un borde: es un centro de influencia creciente.