Hugo Moyano es, sin dudas, el dirigente sindical con mayor poder en la Argentina, pero también uno de los que cuenta con menor caudal político. Luis Barrionuevo conforma un mix llamativo, en razón de que su poder gremial es muy inferior al de Moyano, aunque políticamente logró más espacios políticos en el peronismo, ya que fue diputado y senador nacional por Catamarca y su esposa, Graciela Caamaño, es actualmente diputada nacional. Los dos se juntaron días pasados en la intención de liderar un espacio opositor y los resultados fueron disímiles, ya que desde el plano sindical fue interesante, pero desde el político, el rechazo a la invitación de asistir, de parte de Sergio Massa, Daniel Scioli y José Manuel De la Sota les debilitó la importancia de la reunión.
No deja de llamar la atención la insistencia del dirigente camionero en incursionar en el plano político. Juan Domingo Perón, que de política sabía -y mucho- fue quien dividió las aguas en los planos político y sindical en la Argentina.
En 1958, con Perón en el exilio, el entonces interventor en la CGT, el marino Patrón Laplacette, convocó a un plenario "normalizador" de la central obrera, en la creencia de que el triunfo recaería en un dirigente no peronista. Fueron 95 los gremios que concurrieron a la convocatoria y el triunfo fue aplastante a favor del justicialismo: 62 sindicatos votaron por un peronista y 33 lo hicieron por otro candidato. Fue allí donde se produjo el "nacimiento" de las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas.
Sin embargo Perón, que había fundamentado su ascenso político y sus gobiernos basados en la "clase trabajadora", a la que denominó la columna vertebral del movimiento, decidió actuar de inmediato. Estableció que "las 62" debían ocuparse del espacio político y que la CGT se dedicara a la actuación estrictamente sindical, "porque no todos los trabajadores ni todos los dirigentes son peronistas", les expresó. Y, para asegurar que la central obrera quedara siempre en manos de un peronista, estableció que fueran las 62 las que "propongan" al nuevo titular cegetista.
Esa decisión de Perón fue respetada durante décadas. Es más, aún con la CGT en manos de una misma entidad gremial, la Unión Obrera Metalúrgica, con (José) Rucci en la central obrera y (Lorenzo) Miguel en las 62, el respeto a la división se mantuvo. Nunca, a excepción de Saúl Ubaldini, que llegó a diputado nacional en los finales de su liderazgo, un dirigente de la CGT incursionó en el plano político.
Y Lorenzo Miguel prefirió mantener el poder, sin gastar su figura en una candidatura. Llegó a ser consultado hasta para la designación de los jefes de las Fuerzas Armadas, como le confió el propio Miguel a quien esto escribe. Sin embargo, Miguel debió cargar con gran parte de la derrota del peronismo en 1983.
Hugo Moyano pretende, desde hace años, incursionar en la política desde su cargo en la CGT. Sólo cabría recordar que, cuando la relación con Néstor Kirchner era amigable, en un acto kirchnerista dijo en un discurso que llegará el día en que un dirigente sindical ocupe el cargo de Presidente de la Nación. La respuesta llegó de inmediato de parte de Cristina Fernández, quien le indicó que tanto ella como su esposo habían sido trabajadores.
El camionero quiere alcanzar en la Argentina lo que Lula da Silva logró en Brasil, pero hasta el momento no ha tenido resultados positivos. Intentó conformar un Partido de los Trabajadores y lo anunció inclusive en Mendoza, en un plenario que sorprendió a la gran mayoría de los dirigentes locales, pero no pudo alcanzar el objetivo. Se sumó a la lista de De Narváez y tampoco le fue bien aunque, también vale aclararlo, tiene buena relación con Sergio Massa a través de su hijo Facundo, que está enrolado en la agrupación que lidera el ex intendente de Tigre.
A Moyano le va mucho mejor en el plano estrictamente sindical. Con la incorporación a su grupo de los ex "oficialistas", el dirigente de la Unión Tranviarios Automotor Roberto Fernández y del ferroviario Omar Maturano (La Fraternidad), logró cerrar el círculo y, a excepción del taxista Omar Viviani, puede asegurarse que todo lo que se mueva sobre ruedas en el país, está bajo su jurisdicción. Lo que le otorga un poder inmenso en caso de decidir la realización de una medida de fuerza, como un paro general, por ejemplo.
La unidad, en la acción, de las dos centrales obreras que dirigen Moyano, por un lado y Barrionuevo, por el otro, es importante y con toda seguridad ha profundizado la preocupación en el Gobierno, más aún en momentos en que comenzará en el corto plazo la discusión paritaria en las distintas organizaciones sindicales.
Un "acuerdo" en determinado porcentaje sólo con la CGT oficialista que conduce el metalúrgico Antonio Caló o con la CTA, también oficialista, que lidera el docente Hugo Yaski no será suficiente, en razón de que ninguno de los dos cuenta con la fuerza y el respaldo suficiente, inclusive dentro de sus propias organizaciones. Será el tiempo, entonces, el que permita conocer cómo se moverán las piezas, tanto desde el oficialismo como desde los ahora sindicalistas "opositores", tal como ellos mismos se han autocalificado.
El párrafo final para lo ocurrido en Mendoza con el cambio producido en la subsecretaría de Trabajo, con el desplazamiento del judicial federal Ariel Pringles y la designación en su lugar de Rubén Boris, hijo del ex dirigente sindical de Sanidad, Edgardo Boris.
A la CGT que conduce el colectivero Rodolfo Calcagni la situación le molestó y decidió declarar el estado de alerta y movilización, en razón de que no fue consultada en la decisión. Pero cabría señalar también que no es el único hecho que demuestra la flaqueza del sindicalismo mendocino en el plano político.
En la última elección no hubo lugares para hombres provenientes del sindicalismo y ello surge por la atomización en que ha caído el movimiento obrero local en los últimos tiempos. No hay dudas de que el sector de Calcagni es el más fuerte, pero después aparecen varios sub grupos que se han ido ubicando políticamente detrás de distintos dirigentes de extracción política.
Veteranos ex sindicalistas consultados coincidieron en señalar que se debe trabajar al revés: primero unir al movimiento obrero y después reclamar, con la fuerza que dan los números, los espacios políticos que pretenden ocupar.