2 de julio de 2013 - 22:47

Playas Serranas fue, para la juventud, el gran centro bailable del siglo XX

Más recuerdos de la Mendoza antigua, escrita por uno de sus protagonistas.

La afición al baile en pareja al compás de la música como diversión, actividad social y oportunidad para entablar una relación entre una mujer y un hombre, les permitía iniciar una amistad que a veces incluía a las familias y muchas eran el origen de un noviazgo o matrimonio.

Así, con constancia y respeto, se practicaba la danza popular, básicamente con tangos, vals, rancheras y boleros a mediados del siglo XX en nuestra querida Mendoza.

En aquellos tiempos los bailes de fin de semana eran el principal tema de los días previos, porque se consideraba la "fiestita" que premiaba la labor cumplida durante seis días. Algo muy esperado por las chicas y muchachos aficionados al baile que, a su vez, cumplía la función de una cita social a parejas que disfrutaban del baile en sí y otros que ya se habían empezado a comprender y comenzaban la etapa del "filito", que eran los encuentros y largas charlas que generalmente previos al noviazgo, con posterior "pedido de mano" a los padres de la chica y si el candidato era aprobado, iniciaba sus visitas semanales del novio a la novia.

Los bailes más exitosos y populares se realizaban en sus comienzos en casas de familia y posteriormente, por la numerosa concurrencia, en clubes, o en las escuelas cuando eran organizados por la Comisión Cooperadora. Años después se construyeron pistas especiales, ya como comercio. Los más populares fueron las "milongas" del distrito Ingeniero Giagnoni y del Club Bodega Giol, entre otros.

Eran muy importantes los bailes que se realizaban después de la cena de casamientos, donde con el vals de Mendelssohn, Marcha Nupcial, los novios y padrinos iniciaban el baile y después llenaban la pista los muchachos y chicas que participaban del casamiento.

Las mujeres que participaban de los bailes, todas llevaban cartera porque era parte importante de su atuendo, pero en cada salida a bailar la cartera y otras prendas eran dejadas en sus asientos con toda confianza. También recuerdo que las señoras que participaban de reuniones, cenas, conferencias o iban a la Iglesia, colgaban la cartera en la silla o era dejada en el banco sin sospechar que podía ser sustraída.

Nada que ver con la época de inseguridad que hoy vivimos. Era tal la confianza que en esos años no se disponía de guardarropa y los abrigos en invierno como las carteras o cualquier otro objeto personal, se mantenían en el asiento. A veces por un olvido quedaba en el lugar un objeto personal, pero jamás se perdía y era guardado para entregarlo a su dueño cuando lo reclamaba.

En la Capital de Mendoza el baile para la juventud era la diversión preferida. Llegaban muchas parejas formadas pero los muchachos que concurrían solos, cuando empezaba a ejecutar la orquesta (que era costumbre fuera típica con un tango de moda), ya habían observado las chicas que también estaban solas - aunque, por supuesto acompañadas por la madre o hermana mayor- y con un movimiento de cabeza respondían para encontrarse en la pista.

Los fines de semana se bailaba en la Confitería Colón, de San Martín y Necochea donde actuaba una orquesta todas las tardes. Recuerdo haber participado en la pista denominada "Los Diablos Rojos" en la esquina de Boulogne Sur Mer y Emilio Civit o en "El Danubio Azul" en la esquina de Gutiérrez y España. En Emilio Civit al 600 funcionaba otra pista de baile. En 1937 se inauguró el edificio de Playas Serranas en el Parque Gral. San Martín, donde desde hoy funciona el Museo de Ciencias Naturales Juan Cornelio Moyano.

Playas Serranas se constituyó en el mejor centro de baile de Mendoza, con mucho público todas las noches. Los sábados y domingos había que esperar que se retiraran algunos clientes para ingresar otros, porque además de la pista de baile funcionaba una buena confitería, tan moderna que disponía de un teléfono para el uso gratuito de los clientes, en épocas cuando contar con teléfono era casi un lujo.

Aquí injerto algo anecdótico que he vivido personalmente: resulta que como el teléfono era una atracción, algunos muchachos pícaros que contaban con el servicio telefónico en su casa, se hacían llamar al número de Playas Serranas y el cajero por un parlante informaba del llamado con nombre y apellido a la persona buscada, mensaje que, al tomar estado público, por su repetición, era comentado jocosamente, por todos sus conocidos.

Eran las inocentes ocurrencias de una juventud respetuosa que no hacía "despelotes" en las fiestas, que no peleaban, no usaban armas y jamás hubo un herido o muerto en los bailes.

Es importante destacar que hace cincuenta o sesenta años la juventud no hacía ningún tipo de "previa" antes de participar de la milonga, o sea alcoholizarse antes del baile. Eran tiempos de alegría y diversión, no se conocían drogas ni vicios ocultos.

Entre los muchachos y chicas había respeto y cariño; no se organizaban patotas ni luchas sectoriales, ya que al finalizar el baile salían los diferentes grupos comentando la noche que habían compartido y siempre se acompañaban hasta los diferentes domicilios especialmente de las chicas, aunque la mayoría eran llevadas por sus madres. Tampoco provocaban desórdenes o destrozos a comercios o vehículos. Solamente bebían los que podían comprar gaseosas de las cuales las más conocidas eran las "Bolitas", "Bidú", "Bilz", "Naranja Crush" y alguna local elaborada por los soderos, que vendían en los puestos callejeros en los alrededores de la fiesta.

Los bailes eran amenizados por orquestas típicas y jazz mendocinas. Los más populares eran los Hnos. Manganelli, los Mancifesta y numerosos cuartetos locales.

En síntesis, deseo destacar como ejemplo que era una juventud que diariamente trabajaba, estudiaba o concurría a talleres a aprender un oficio. Muy pocos varones fumaban y a las chicas jamás se les ocurriría llevarse un "pucho" a los labios. No eran tiempos de amanecerse en el baile ya que la vuelta a sus hogares no pasaba de la una de la mañana como máximo, porque al otro día y durante la semana todo su tiempo estaba ocupado en hacer cosas útiles con muy pocas salidas, salvo los encuentros de los más amigos o vecinos al final de la tarde para charlar.

Llegada la hora de la cena, cada uno a su hogar, donde no había televisión pero la radio los entretenía con programas de los cuales los más atractivos y entretenidos eran los radioteatros que apasionaban especialmente a las señoras ya que eran el gran tema de la mañana siguiente en los encuentros en las compras por el barrio. No había urgencias, las charlas eran amenas y sin límites de tiempo porque después las absorbían las tareas de la casa y no había más salidas.

A los padres les preocupaba mucho que sus hijos cumplieran rigurosamente con la escuela primaria hasta lograr el certificado de sexto grado que para esos años era elemental título para optar por un buen empleo. Un mínimo porcentaje continuaba el secundario para luego inscribirse en una facultad, pero la mayoría aprendía un oficio con salida laboral inmediata. Mientras, la mayoría de las hijas mujeres elegían ayudar a la madre en los trabajos domésticos.

Lo positivo era que todos estaban ocupados, que no había una juventud desorientada que no estudiara, no trabajara y no hiciera nada porque la desocupación era mínima. No había mano de obra desocupada que se dedicara a pedir limosna o robar o vivir de un plan de gobierno porque eran tiempos de paz, confianza, optimismo y producción.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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