15 de marzo de 2014 - 22:48

De la pirámide a la plaza

El primer film egipcio nominado a un Oscar todavía no tiene el permiso para ser difundido en ese país, aunque ya ha sido visto por miles de personas que lo han descargado de internet o conseguido copias pirata.

El hombre fuerte de Egipto, el mariscal de campo Abdel Fattah el Sissi, recientemente estuvo en Moscú para visitar al hombre fuerte de Rusia, el presidente Vladimir Putin. Se dijo que Putin le ofreció a El Sissi dos mil millones de dólares en armas, precisamente lo que necesita un país como Egipto, donde la mitad de las mujeres no saben leer.

La reunión en sí me dio la impresión de ser muy sesentesca, muy tipo Nasser conoce a Jruschov, dos hombres fuertes apoyándose mutuamente en la era de gente fuerte e individuos con súper poderes. En lugar de hablar de ventas de armas, El Sissi y Putin debieron de haber visto juntos una película.

Específicamente, El Sissi debió de haber llevado consigo la película “La Plaza”, la primera cinta egipcia que ha sido nominada a un Oscar. El Sissi ha de tener una copia o, más precisamente, la oficina de la censura ha de tenerla. Desde hace varios meses, las autoridades egipcias han estado deliberando si permiten que se exhiba en Egipto el inspirador y conmovedor documental sobre seis activistas, desde los primeros días del movimiento de la plaza Tahrir en 2011 hasta que El Sissi destituyó al gobierno de la Fraternidad Musulmana.

Entre tanto, copias pirata de la cinta se han difundido como virus en todo Egipto y vistas por muchas personas en sus casas y en cafés y analizadas en los medios sociales. Lo que es más, recientemente la doblaron al ucraniano y esa versión ha sido descargada 300.000 veces por los manifestantes de Ucrania y exhibido en Maidán (que también significa plaza), en Kiev. Y ahora también se está difundiendo otra versión doblada en Rusia, aseguró el director de la película Jehane Noujaim, que también dirigió “Control Room”.

“Ésta es la globalización de la rebeldía”, me dijo Noujaim. “Con las cámaras de video baratas y accesibles y con la conexión a internet, ahora cualquiera puede cambiar la conversación” en cualquier parte. Es verdad.

La película resuena entre todos aquellos que se han reunido en plazas, desde El Cairo hasta Caracas y Kiev, agregó el productor, Karim Amer, pues capta un fenómeno cada vez más universalizado: gente común y corriente que se reúne y decide que “el faraón, el hombre fuerte no nos va a proteger” y que el jeque religioso “no nos va a purificar”. Podemos y debemos ser “los autores de nuestra propia historia”. Por mucho tiempo se ha dicho, agregó Amer, que “la historia la escriben los vencedores. Ya no es así”.

Ahora las versiones pueden venir de donde sea y de quien sea. El poder se está desplazando “de la pirámide a la plaza” -del hombre fuerte a un pueblo fuerte- “y ésa es una gran transformación”.

Y es por eso que Putin y El Sissi necesitan ver esa película. (Confesión: los realizadores son amigos míos y yo estuve analizando el proyecto con ellos durante dos años). Capta algunas de las transformaciones más importantes que están ocurriendo hoy en día, empezando con el hecho de que en el mundo hiperconectado de hoy, la riqueza se está concentrando en la cima pero, al mismo tiempo, el poder se está distribuyendo hacia abajo y por todas partes se está inyectando trasparencia. No habrá palacio que permanezca oculto tras altos muros, ni siquiera el gigantesco que se dice que Putin se está construyendo en el mar Negro.

Pero ahora la gente no sólo puede ver hacia adentro sino también de lejos: cómo están viviendo los demás. Y como lo demuestran las plazas de Tahrir en El Cairo y de la Independencia en Kiev, los jóvenes ya no van a tolerar líderes que los priven de las herramientas y del espacio para cumplir con todo su potencial.

La película “La Plaza” tiene una página en Facebook donde se invita a los egipcios a responder preguntas como “¿Con quién te gustaría mirar esta película?” La respuesta de Magda Elmaghrabi probablemente hable por muchos: “Yo la miraría con mi papá, que falleció hace nueve años. Él emigró a Estados Unidos no por falta de dinero sino por el miedo de lo que ocurriría en Egipto en el futuro y de que no hubiera oportunidades para mis dos hermanos mayores. Me hubiera encantado analizar con él lo que ocurrió y ver su reacción emocional cuando los egipcios se levantaron para defender aquello en lo que él creía.”

Otra razón de que Putin, El Sissi y todos sus opositores necesitan ver “La Plaza” es que ésta no tiene final feliz. Para nadie, no todavía. ¿Por qué?

Los manifestantes egipcios fueron hechos a un lado por el ejército, pues aunque todos querían destituir al faraón, no pudieron ponerse de acuerdo en una agenda amplia de reformas y traducir eso en una mayoría de gobierno. Pero Putin y El Sissi también van a perder si no cambian, pues no hay progreso estable sin una política y una economía incluyentes.

Yo entiendo la necesidad y el anhelo de quienes no están en la plaza de que haya “estabilidad” y “orden”. Tanto Putin como El Sissi llegaron al poder gracias al anhelo de estabilidad después de tanto fermento revolucionario. Pero habría que preguntarles a los dos: ¿Estabilidad para hacer qué? ¿Para ir adónde? ¿Para encarcelar no sólo a los terroristas auténticos sino también, en el caso de Putin y de El Sissi, a periodistas legítimos y líderes juveniles y de la oposición? Muchos autócratas de Asia impusieron el orden pero también construyeron escuelas, infraestructura y establecieron el imperio de la ley, lo que nutrió a la clase media y, con el tiempo, trajo la democracia.

Así pues, los protestantes abundan en idealismo pero carecen de un plan de acción política común. El Sissi y Putin abundan en estabilidad pero carecen de una política de inclusión ligada con un proyecto de modernidad (y no sólo para elevar el precio del petróleo). A menos que superen sus deficiencias, sus respectivos países no podrán alcanzar su pleno potencial y todas sus plazas serán el escenario de conflictos y no la plataforma de lanzamiento de la renovación.

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