8 de junio de 2013 - 21:27

El petrel de Galápagos, cerca de salir de la lista roja

La rara ave, que vive sólo en el archipiélago ecuatoriano, es amenazada por especies introducidas. Guardaparques la recuperan.

El petrel de Galápagos, un ave marina endémica de ese archipiélago ecuatoriano, tiene garantizada por ahora su conservación gracias al esfuerzo de un grupo de guardaparques que combaten a sus depredadores para que salga de la lista roja de especies en vías de extinción.

"Hay resultados positivos de los monitoreos", se enorgullece Rafael Díaz, guardaparques del Parque Nacional Galápagos (PNG), a quien no le importa adentrarse de noche en agrestes zonas boscosas para blindar los nidos contra ratas y gatos salvajes.

Durante un rastreo en un área de reproducción en Cerro Verde, en el noreste de la isla San Cristóbal, Díaz apunta que "es un trabajo difícil y complicado", pues "hay nidos en barrancos inmensos" y a menudo debe ir muy tarde, solo y en motocicleta, "porque hay pichones que pueden ser devorados por los ratones".

"El objetivo es que salga de la lista roja", agregó Díaz, que desde 2008 tiene la misión de conservar al petrel Pterodroma phaeopygia, desde 1994 en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como especie amenazada en peligro crítico.

Nada importa con tal de proteger al ave, antes conocida como pata pegada, y que tiene las alas largas y angostas y la frente blanca. El contraste de su parte superior negra e inferior blanca se aprecia mejor cuando está en vuelo y muestra su patrón característico al planear y rozar las olas.

El petrel de Galápagos, que alcanza su edad reproductora a los 5 años y se alimenta de peces y calamares, incuba en las tierras altas y húmedas de Santa Cruz, San Cristóbal, Santiago, Floreana e Isabela, las islas más grandes del archipiélago ubicado a 1.000 km frente a la costa de Ecuador y que desde 1978 es Patrimonio Natural de la Humanidad de la Unesco.

Estudios citados por la UICN aseguran que entre 1978 y 1980, la población del pretel en esas islas llegaba a unas 27.000 parejas y que para 1985 había caído a 3.500.

Allí, esta ave nocturna escoge sitios boscosos con suelo húmedo y despeñaderos para abrir profundas madrigueras, al estilo de un topo, y poner un huevo cada año. Incluso, regresa a anidar en la misma colonia donde sus padres lo incubaron durante 50 días para repetir el proceso con sus crías.

Díaz escala por los precipicios o se tiende sobre lodazales para husmear con paciencia los ponederos identificados y rastrear nuevas cavidades, además de intentar con cebos envenenados mantener a raya a ratas y gatos salvajes para proteger a los monógamos preteles y sus polluelos.

Pero los animales introducidos no son las únicas amenazas, también hay plantas invasoras, como la guayaba y la mora, que llegaron de la mano de colonos, y que forman una maraña impidiendo el vuelo de los pájaros y terminan por destruir el hábitat de anidación.

De 2008 a 2012, el número de nidos hallados en San Cristóbal osciló entre 635 y 670, mientras que el de nuevos especímenes en edad juvenil pasó de 396 a 440, según el PNG.

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