Un tema que da para un texto más largo pero intento sintetizar. Perón fue, tanto para la derecha como para la izquierda, un seguidor del fascismo. La verdad es que tal definición nunca expresó nada que valga la pena entender pero les servía para ubicarlo en el espacio del mal.
Además, ambas visiones eran hijas de Europa, no tenían palabras para los fenómenos nacionales en los que ni siquiera creían. El peronismo se expresa y se define como “ni yanqui ni marxista” y esto marca una manera de pararse en el mundo donde no había que seguir modelos ajenos sino tan sólo generar el propio.
Y se ubica como Tercera Posición cuando el marxismo parecía que se comía el mundo, cuando el resto se sentía obligado a elegir entre los dos imperios. Después vendría Cuba, como el avance sobre el Continente y se dedicaría a exportar la violencia de la guerrilla a nuestros países, llevando a miles de jóvenes a la muerte sin que ningún logro político justificara semejante suicidio colectivo. Se salvó México porque al no romper relaciones no le mandaron guerrilleros.
Para los marxistas, el peronismo les frustró el proceso revolucionario tan soñado; para los liberales les impidió construir el gran país desarrollado; claro que los marxistas nunca ganaron una elección ni los liberales llegaron siquiera a aceptar la revolución industrial.
El peronismo es sin duda la expresión del ingreso a la modernidad, la industrialización y los sindicatos, el voto femenino y la justicia social. Una sociedad que integraba inmigrantes y cabecitas negras, una sociedad con muy pocos caídos. Una concepción del desarrollo que luego van a continuar Frondizi y Frigerio, cuyos enemigos fueron los Martínez de Hoz y los Domingo Cavallo, los mediocres que compraron la idea de la factoría próspera. Una manera de ser Nación contra una visión colonial.
El peronismo expresa la identidad cultural de un pueblo que no tiene cultura dominante, un crisol de razas que mezcla a los “cabecitas negra” herederos de nuestra sangre original con los hijos de los inmigrantes de todas las sangres. A eso se refiere Daniel Baremboin cuando nos marca la razón de su intento de unir en la música aquello que se enfrenta en la guerra y se siente acompañado por el papa Francisco. Como si aquella mezcla y convivencia de razas fuera una experiencia única que enseñara a superar conflictos.
Baremboin convoca a israelíes y palestinos; el papa Francisco acerca a diferentes troncos religiosos y en nuestra propia tierra, los cultores de odios menores se imponen al resto de la sociedad. Eso no es culpa del peronismo, ni los restos de la guerrilla ni los sobrevivientes del comunismo son una enfermedad que nos pertenezca. Tuvimos otros virus, pero no esos. El resentimiento no tiene que ver con los trabajadores ni con los humildes, es parte de la frustración de cierta clase media cuyos mayores deberían haber seguido viaje hacia el país del norte, ese que dicen odiar y sólo es expresión de sus envidias.
Recordar Plaza Once o Plaza Constitución, lugares donde uno visitaba bares y restaurantes, zonas normales de clase media, sectores de una sociedad integrada; así lo fueron hasta el último golpe. Con Martínez de Hoz se inicia la decadencia y la fractura, una clase decidida a masacrar disidentes en nombre de un supuesto liberalismo. Eso sí era nazismo.
En la universidad después de la caída de Perón casi no había agrupaciones peronistas. Todo se dividía entre reformistas de origen marxista y humanistas de raigambre católica. Hasta que Onganía destruye la universidad y los obliga a salir del debate por el precio del bar y los apuntes.
Y al definir a la dictadura como eterna dejan a la violencia como la única salida. La politización de la universidad primero condujo al debate de la violencia y recién después de la aparición masiva de la guerrilla se inicia el desarrollo del peronismo. El marxismo invade a la guerrilla, Cuba educa en violencia y en comunismo, dos vertientes del peor fracaso.
No fuimos marxistas cuando eran poder, cuando parecía que ocupaban el mundo. Enamorarse ahora -cuando Cuba agoniza y el resto dejó las veleidades del socialismo- resulta absurdo. Ahora, cuando en Rusia se está más cerca de los poderes oscuros que de la misma democracia. Perón nunca quiso defender la experiencia cubana, nombró un solo heredero- John William Cooke- y lo terminó desautorizando porque se enamoró de Fidel Castro.
Para el viejo general, la experiencia del Che Guevara no tenía ni sentido ni seriedad. Les va a decir demasiadas veces que la guerrilla no puede enfrentarse con un ejército regular. Los va a expulsar de la plaza. Aquella guerrilla que ingresa al campo popular asesinando a Aramburu será expulsada por asesinar a Rucci.
El marxismo nos despreciaba por carecer nosotros, según ellos, de un sostén teórico. La caída del Muro los dejó sin soberbia ni destino. Los intelectuales nunca lograron seducir a los obreros y las revoluciones en serio se hacen con la clase trabajadora.
Hoy el kirchnerismo termina y define sus principios en los supuestos intelectuales de Carta Abierta y los supuestos militantes de La Cámpora.
El marxismo con sus sueños de vanguardia revolucionaria, minoría iluminada y demás veleidades burguesas, ocupa un espacio sin obreros ni sindicatos en serio. Sólo logra la compañía de algunos sectores necesitados que transitan el borde de la marginalidad. Y un discurso presidencial que para imaginar como guía revolucionaria exige más ensoñación que para la toma del Palacio de Invierno.
El peronismo era la expresión de una cultura, no era clasista; implicaba una forma de vida que nunca cultivó el resentimiento. Este kirchnerismo que hoy se extingue expresa tan sólo su negación. El peronismo tuvo virtudes y defectos, nada de eso es parecido a lo de hoy.
Por eso el peronismo marcó tantas décadas y el kirchnerismo será solo una enfermedad pasajera. Porque el peronismo tiene mucho que aportar al futuro, lo mismo que el radicalismo y el socialismo, y que el mismo liberalismo en su versión política. Y el marxismo y la violencia solo merecen un esfuerzo conjunto para superarlos y eliminarlos para siempre.