En su octavo viaje para pelear con los rebeldes en Siria, en agosto, Abu Jattab vio algo que lo inquietó: dos niños muertos, sus cuerpos cubiertos de sangre, despatarrados en la calle de una comunidad rural cerca de la costa del Mediterráneo. Él sabía que sus compañeros rebeldes los habían matado.
Abu Jattab, saudita de 43 años, administrador hospitalario, seguía la Yihad en sus descansos de días feriados, prosiguió a exigir respuestas de su comandante local, hombre notoriamente brutal de nombre Abu Ayman al-Iraqi. El comandante lo desdeñó, diciendo que sus hombres habían matado a los niños “porque ellos no eran musulmanes”, recordó Abu Jattab en fecha reciente, durante una entrevista aquí.
Fue sólo en ese momento que Abu Jattab empezó a creer que la Yihad en Siria no estaba en conformidad con la voluntad de Dios. Pero, para su regreso a Riad, donde trabaja como voluntario en un programa para desalentar a otros de que vayan, su gobierno había superado sus propios escrúpulos para convertirse en el principal apoyo de los rebeldes sirios, incluidos muchos islamistas de línea dura que a menudo pelean al lado de militantes leales a Al Qaeda.
El desencanto de Abu Jattab -quien pidió que no se publicara su nombre completo porque sigue temiendo represalias- contribuye a ilustrar el desafío que enfrentan los gobernantes de Arabia Saudita: cómo se combate una guerra por representación cada vez más sangrienta en Siria usando combatientes fanáticos de milicias, sobre los cuales ellos casi no tienen control alguno.
Los sauditas temen el ascenso de afiliados de Al Qaeda en Siria y no han olvidado lo que ocurrió cuando militantes sauditas que habían peleado en Afganistán regresaron a casa para librar una insurgencia interna hace una década. Oficialmente prohibieron que sus ciudadanos fueran a Siria para la Yihad, pero la prohibición no se hace valer; cuando menos mil personas han ido, con base en información de funcionarios del ministerio del Interior, incluidos algunos de prominentes familias.
Sin embargo, los sauditas también están determinados a expulsar al presidente sirio Bashar Assad y su patrocinador, Irán, al cual ven como un enemigo mortal. Sus únicos medios de combatirlos son a través del apoyo militar y financiero a los rebeldes sirios. Además, los más efectivos de esos rebeldes son islamistas cuyo credo -arraigado en la vertiente puritana del Islam practicada en Arabia Saudita- a menudo es escasamente distinguible del de Al Qaeda.
Abu Jattab, hombre de figura esbelta con ojos prominentes y la rala barba de un salafista musulmán de tendencia ultraortodoxa, encarna algunas de estas paradojas. Trabaja como voluntario aquí una vez por semana para advertir a hombres jóvenes sobre el falso glamour de la Yihad siria en el centro gubernamental de rehabilitación para los yihadistas.
“Prevalece una escasez de condiciones religiosas para la Yihad en Siria”, dijo. Muchos de los combatientes matan a civiles sirios, lo cual es una violación del Islam, agregó. Pero, mientras Abu Jattab hablaba sobre Siria, sus propias convicciones parecían no diferir de la yihadista que él había denunciado cuidadosamente (dos oficiales del ministerio del Interior estuvieron presentes durante la entrevista). Él dejó en claro que consideraba a los musulmanes chiítas y a la secta alauita de Assad como infieles y un terrible peligro para su propio pueblo. “Si los chiítas tuvieran éxito para controlar Siria, sería una amenaza para mi país”, dijo Abu Jattab. “Fui a Siria para proteger a mi país”.
A veces, sus sentimientos sectarios parecían brillar más que su inquietud con respecto a los excesos de algunos de sus camaradas más extremos. No negó que a menudo peleó al lado de miembros del Estado Islámico de Irak y el Levante, o ISIL, el brutal grupo yihadista afiliado con Al Qaeda. También mencionó con orgullo que no era ajeno a la Yihad. Peleó en su adolescencia en Afganistán (“¡Con permiso del gobierno!”) y, pocos años más tarde, en Bosnia.
Optó por no combatir a los estadounidenses en Irak “porque hay demasiados chiítas allá”, dijo, con mirada de desagrado en el rostro.
Sin embargo, este es un hombre que sermonea a presos en el centro de rehabilitación cada semana con respecto a la ética y a la guerra. El centro, como muchas instituciones sauditas, ha estado un tanto avergonzado por las contradicciones de la política saudita con respecto a Siria. Si bien el centro encarcela a algunos hombres que han sido arrestados por intentar viajar a Siria, el sobrino de Abderramán al-Hadlaq, su director, fue muerto mientras peleaba allá. Su madre publicó declaraciones en Twitter diciendo que estaba orgullosa de él.
En fechas más recientes, el centro sufrió una decepción incluso más punzante que involucró a uno de sus mejores graduados, un combatiente reformado de nombre Ahmed al-Shayea. Se volvió famoso en Arabia Saudita después de sobrevivir a su propio ataque suicida con bomba en Irak, en 2004, bombazo organizado por militantes pertenecientes a una rama iraquí de Al Qaeda.
Shayea se quemó y terminó desfigurado, pero después de varios meses en el hospital salió y se proclamó curado de la mentalidad yihadista. Lo conocían como el “suicidio viviente”, y en 2009 el escritor estadounidense Ken Ballen le dedicó un capítulo en su libro “Terroristas enamorados”.
En noviembre, Shayea se deslizó fuera de Arabia Saudita para ir a Siria, donde ahora pelea con el ISIL. Anuncia orgullosamente su regreso a la Yihad por Twitter, que presenta una imagen de él aferrando un rifle con sus manos destrozadas.
El camino de Abu Jattab a Siria fue similar al de muchos otros aquí y a lo largo del mundo árabe. Leyó sobre las insurrecciones en 2011, pero fue Siria el país que tocó su corazón. No sólo fue debido al derramamiento de sangre, dijo, sino debido a que sus hermanos sunitas estaban siendo muertos por alauitas y chiítas.
Cuando fue por primera vez, en el verano de 2012, tomó un vuelo de Riad a la ciudad turca de Antioquia, cerca de la frontera siria, dijo. Hubo otros hombres sauditas que se dirigían al campo de batalla en el vuelo con él, destacó, y ni una sola señal de un esfuerzo del gobierno saudita por vigilarlos o controlarlos.
En Turquía, encontró a muchos otros combatientes y rebeldes sirios que estaban impacientes por llevarlos al campo de batalla. “A ellos les agradan los sauditas en particular, porque los sauditas están más dispuestos a hacer operaciones suicidas”, dijo.
A final de cuentas, fue la matanza de inocentes lo que hizo que él decidiera renunciar, dijo, y un sentimiento más general de que los rebeldes a su lado no lo estaban haciendo por las razones correctas. “Si la lucha no es puramente por Dios, no es una Yihad real”, dijo. “Estas personas están peleando por sus banderas”.
Sin embargo, hubo otra razón por la cual renunció a la pelea. “Bashar ya empezó a poner a sunitas en la línea del frente“, dijo sobre el líder de Siria. “Esto es un gran problema. Los rebeldes no quieren pelear contra ellos. La guerra real no es en contra del mismo Bashar, es en contra de Irán. Todo lo demás es tan solo una falsa imagen”.