Somos apasionados por el fútbol y es un deporte en el que somos exitosos. Aportamos técnicos y jugadores al mundo. No damos importancia a la política y sufrimos las consecuencias de nuestra desidia.
Somos apasionados por el fútbol y es un deporte en el que somos exitosos. Aportamos técnicos y jugadores al mundo. No damos importancia a la política y sufrimos las consecuencias de nuestra desidia.
En un mundial de políticos estaríamos cercanos al papelón. Todos los finales de los gobiernos son vividos como agonías por la mayoría de la sociedad.
Claro que además solemos caer en la tentación de imaginar que el mal se va arrastrado por el gobierno que se retira, como si al llevarse al enemigo nos dejara libres para ocupar el espacio de la virtud.
Así lo vivimos en el ochenta y tres, y después cuando se iba el radicalismo; también cuando se iba el menemismo y lo reiteramos cuando se iba De la Rúa. Ahora soñamos la bonanza con el solo milagro del final de kirchnerismo.
Y sin dudas, cada fracaso únicamente es exitoso al ser más fracaso que el anterior, porque nos vamos dando cuenta de que vivimos en un círculo vicioso y porque, sin duda, los defectos y la agresividad de los gobiernos fueron los únicos datos que se desarrollaron.
Si el Perón del cincuenta y cinco era el de “cinco por uno”, el que retorna busca el acercamiento en el camino hacia la unidad. Pero ganan los violentos, los extremos se imponen al conjunto.
Ahora nuevamente vivimos un tiempo de fracaso, una nueva frustración. Para los que tenemos años, con sólo recorrer las calles sentimos el dolor del retroceso.
Podemos diferenciarnos en determinar al culpable, pero la mayoría coincidimos en la evidente decadencia. Demasiados son los que se jactan de sentirse apolíticos, los que hacen de su egoísmo una reivindicación virtuosa.
Los lugares comunes son la contracara de las consignas, entre los que se lavan las manos y se hacen los distraídos y los otros, los que se creen militantes por repetir algunas frases como mantras de la revolución.
Fuimos un país mucho mejor del que somos. El peronismo y el anti peronismo eran dos vertientes del pasado, ambas más sólidas que el aburrido pragmatismo de hoy.
Primero nos invadieron los economistas y luego nos enamoramos de los encuestadores. Pero ese desafío de elegir un rumbo y llevarlo como idea de futuro, de eso casi nadie se ocupa.
Hay muchas fundaciones armadas para acercar negocios que además se imaginan dueñas de grandes ideas. No hay partidos políticos ni siquiera una fundación donde podamos compartir inquietudes los que soñamos un mañana mejor. El proyecto común no tiene enamorados ni gestores.
Sin duda, la última dictadura dejó a las Fuerzas Armadas sin sentido ni vigencia. Fueron tan duros en su accionar que revivieron a quien intentaban destruir- al menos como pensamiento- y se destruyeron para siempre a sí mismos.
Podemos decir que en eso fue un logro para la sociedad: la democracia se consolidó como sistema. Fue un logro universal. La caída del comunismo dejó sin sentido a sus perseguidores como si fueran cazadores de una especie extinguida.
Quizá los excesos que algunos supuestos vestigios de izquierda cometieron con el oficialismo actual nos deje como logro que el sectarismo de los fanáticos se reduzca a un partido minoritario y sin peso.
Estoy convencido de que la segunda vuelta va a estar integrada por dos de las tres fuerzas no oficialistas, o sea UNEN, Renovadores o el PRO. O sea, Macri, Massa y Binner u otro por ese frente, van a competir para que queden dos.
El oficialismo no tiene en mi opinión posibilidad de sobrevivir, ni con su visión edulcorada en manos de Scioli. Y cuando el oportunismo siempre mayoritario se separe del sectarismo kirchnerista, el oficialismo entrará en la lista de los que tienen menos del diez por ciento de votantes.
Estaremos en condiciones de vivir una democracia normal. Los partidos oficialistas no suelen resistir la dureza de ser oposición. Nacen con las prebendas y suelen agonizar sin ellas.
Un aprendizaje necesario es que asumamos que sólo los gobiernos débiles permiten que los pueblos sean fuertes. Los gobiernos fuertes tienen principios que nos alivian y finales que nos aterran. Una primera minoría obligada a negociar es un paso importante para una democracia estable.
La enfermedad kirchnerista de creerse dueños de alguna verdad siempre termina en burocracias corruptas porque ése es el destino de un poder excesivo sin control ciudadano.
Cuando el kirchnerismo pierda su poder y sus defensas, encontraremos una corrupción que ni siquiera imaginamos.
Otro síntoma de nuestra debilidad institucional es que olvidamos la volatilidad de los partidos de gobierno. Ni los duros de la dictadura tuvieron demasiado tiempo de duración, ni hablemos de las huestes menemistas.
La mayor parte son los kirchneristas de hoy, seguros oficialistas de mañana. El partido de gobierno en una sociedad donde las instituciones son débiles pero el Estado es muy fuerte, es muy poderoso hasta que se le acaban los libretos.
Menem y Cavallo se creían capaces de disolver el Estado. Lo terminaron multiplicando. El kirchnerismo gastó fortunas en derrotar a Clarín y todos los medios libres. Compraron algunos, pero terminaron fortaleciendo a los sobrevivientes. Para odiar también se necesita lucidez.
Entonces será la hora de construir fuerzas estables, de centro, centro izquierda y centro derecha, pero todas respetando a las instituciones y sin sentirse salvadoras de nadie.
Ésa puede ser la etapa que viene, aquélla en la que los errores nos eviten la soberbia y nos convoquen a la humildad. Donde superemos la debilidad psicológica de enamorarnos de cualquier supuesto jefe que nos convoque a una epopeya sin destino.
Necesitamos una democracia donde finalmente las instituciones sean más fuertes que los hombres que las integran. Son valores imprescindibles para la democracia y no estamos tan lejanos de lograrlos.