He sido docente en todos los niveles, en todas las modalidades, en diferentes contextos. Soy docente porque siento y pienso que necesito una intencionalidad existencial que me vincule con los otros para que, en un acto de creatividad, demos a luz el conocimiento (algo así como la mayéutica socrática). Esta profunda tarea me ha enriquecido a través de los años, con sus altibajos de alegría y tristezas pero nunca de renunciamiento.
Es cierto que la historia de la educación argentina ha tenido y tiene páginas brillantes: Ley 1420, con un debate memorable; la Reforma Universitaria; el Estatuto del docente; el premio internacional de alfabetización (1986), etc. Otras, páginas dramáticas de persecuciones, estados de sitio, desapariciones, dolor y temor. Del “Nunca más”.
Cuando se conculcaron las libertades, sentí la necesidad de participar en política, trabajar, paralelamente, en dos ámbitos que son pilares de cualquier construcción democrática: política y educación.
Con la llegada de la democracia pensé y actué para que todas mis esperanzas se concretaran en hechos importantes, entre ellos, el Congreso Pedagógico Nacional que, con la participación de todos los docentes, nos brindaría las pautas para una nueva Ley Nacional de Educación. Muchos intereses actuaron con rapidez y, de alguna manera, frenaron esta oportunidad, especialmente para la escuela pública.
El filósofo español Aranguren sostenía que la relación entre política y ética podía darse en tres instancias: ingenua, dramática y trágica. Entonces, antes de ubicarme en la última, decidí dedicarme exclusivamente al ámbito educativo.
Sin embargo, en este presente en el que se habla de “tragedia educativa”, del “derrumbe de la escuela pública”, y constatando en investigaciones de campo y evaluaciones recientes, debo admitir, con indignación y profundo dolor, que la improvisación, la mediocridad de las cúpulas dirigentes (baste recordar la promulgación y aplicación de la Ley Federal de Educación) son las causas principales de esta situación.
En nuestra provincia se avecina la promulgación de la nueva Ley Provincial de Educación. Una Ley de Educación no es un trofeo de tal o cual partido sino una pauta constitucional que regirá los destinos de todos los ciudadanos. Entonces considero necesario y urgente que nuevamente convoquemos a un Congreso Provincial, en el que escuchemos las voces de toda la comunidad educativa y consensuemos una ley pertinente.
Por otra parte, el contexto mundial es complejo. Estamos en una época de rápidos cambios de paradigmas, en los cuales el poder se basa, principalmente, en la ratio del dinero. Violencia e inseguridad.
Avance y utilización desmesurada de tecnología; esto afecta a niños y jóvenes que ya no pueden despegarse de sus celulares. Cambios profundos en el lenguaje y de las comunicaciones interpersonales.
Los medios nos invaden con imágenes de guerras fratricidas; de guerras que se escudan en fundamentalismos religiosos; ejecuciones, niños/as explotados y masacrados; catástrofes climáticas que dejan saldos desoladores; pandemias, exaltación de lo erótico en esta sociedad del espectáculo.
En nuestro país, el Estado de Excepción está invadiendo las instituciones democráticas. La inflación, la corrupción, la violencia, la inseguridad, han convertido a los ciudadanos en objetos, vigilados y controlados.
Existe un relato, una compra de voluntades, un pensamiento único que me hace recordar las situaciones descriptas en un texto de Carlos Fuentes (La Voluntad y la Fortuna): “Así construyeron el país”. Diciéndose: si es bueno para mí, es bueno para México. Dime, ¿qué conciencia se salva si repite este credo hasta creerse su propia mentira? ¿No es ésta la gran mentira mexicana: robo, mato, amaso una fortuna y lo hago en el nombre de la patria, mi beneficio es el de la nación y en consecuencia la nación debe agradecerme mi rapiña? (Pág. 592).
“No tengamos miedo a una insurrección pandillera. Tenle miedo al tirano que llega al poder por el voto y se convierte en dictador electo. Témele a eso” (Pág. 578).
Necesitamos un gobierno que se preocupe por la educación y el trabajo.
Lamentablemente, nos estamos acostumbrando a vivir en un contexto de una población dominada por los subsidios, otorgados a la obsecuencia política y a la ley del menor esfuerzo. Pan y circo.
Yo acuso a los que manipulan a los jóvenes; están transformando a gran parte de la juventud en sujetos que se venden por un subsidio, llámense becas o planes. Son los “ni” con la ilusión de poder inmediato, pero también efímero. Es natural que los jóvenes quieran gobernar y cambiar el mundo, pero ¿están preparados o sólo obedecen al “canto de las sirenas” instalado en el relato del actual gobierno?
Con estas vivencias ciudadanas vuelvo hoy al campo político. Lo vivo como un deber para poder mirar a mis hijos, nietos y alumnos y decirles: “Yo participo, me hago cargo de esta demanda de la hora, quiero seguir participando en la defensa de las instituciones, en el resurgimiento de la educación pública, en la honestidad, en los valores en las libertades individuales y colectivas”. Vuelvo a militar en mi viejo partido, desconcertada y perpleja. También han cambiado las coordenadas partidarias, pero voto y trabajo por un cambio en paz.
Con estas reflexiones, que surgen del testimonio de una historia vivida, deseo invitar a ejercer una ciudadanía responsable. El desencanto, la indiferencia, el miedo son, sin lugar a dudas, el caldo de cultivo para los poderes hegemónicos. Participar no es sólo criticar sino actuar.
Devenir en sujetos activos en la comunidad: en la escuela, en la universidad, en las uniones vecinales, en las organizaciones no gubernamentales, en los partidos políticos, en las municipalidades, en todos aquellos espacios en los que convivimos, trabajamos, aprendemos y tenemos libertad para expresar nuestro pensamiento y elaborar estrategias de acción social.
Dice el filósofo de la Modernidad Líquida Zygmunt Bauman: “Aunque hay muchos motivos para la preocupación, no hay motivos para la desesperación. No olvidemos nunca que cada mayoría comenzó por ser minúscula minoría, invisible e imperceptible. Incluso los robles centenarios han crecido partiendo de unas bellotas absurdamente diminutas...”.