29 de julio de 2018 - 00:00

Parar a tiempo - Por Jorge Sosa

A veces la verdad se oculta entre las bambalinas del disgusto o del odio, y entonces no medimos la verdadera razón.

A veces, lo vertiginoso de la vida nos lleva a enfrentar cualquier asunto con toda energía pero con los ojos cerrados. Encaramos, como se dice en el campo, sin medir las consecuencias y el golpe puede ser doloroso.

Ocurre en muchas situaciones, por ejemplo en el decir: venimos con una bronca mayúscula porque alguno de los cercanos ha metido la pata y desenvolvemos de golpe las palabras y las palabrotas sin saber bien si lo ocurrido es cierto.

Nos llevamos por delante todo como camión que ha perdido sus frenos. Nos enfrentamos con furia contra aquel o aquello que creemos nos ha perjudicado y lo hacemos blanco de nuestros improperios.

Hay que saber parar a tiempo, para el análisis, para la averiguación, para la meditación. Antes de dar el golpe saber si el que lo va a recibir realmente lo merece o es una víctima de una situación comprometida como nosotros.

Saber parar a tiempo. Lo necesita el futbolista, el artista, el jefe, el empleado, el amigo, el marido o la marida. Hay un término que ilustra bien lo que estoy tratando de decir: “sopesar”. Sopesar tiene dos acepciones que mucho tienen que ver. La primera: “Levantar una cosa para calcular, aproximadamente, qué peso tiene”. Pero la segunda es la que más nos importa: “Examinar con atención o considerar con prudencia las ventajas y los inconvenientes de algo, o su importancia y trascendencia”.

Es decir tratar de explicarnos el hecho acaecido para entenderlo lo más justamente posible y desde ahí deslindar responsabilidades. ¡Cuántas veces nos hemos equivocado en nuestra acción por no saber realmente lo que pasa! ¡Cuántas veces hemos cometido injusticias al catalogar o sentenciar a una persona!

Cuando esto ocurre la metida de pata es inevitable y después cuesta reparar la pared cuando le hemos hecho un tremendo agujero. Por suerte somos una especie animal que puede pensar (la única) y es en el pensamiento donde podemos encontrar los caminos para no equivocarnos. Sería mejor decir en el “razonamiento”, que viene de “razón”: acierto, verdad o justicia en lo que una persona dice o hace.

Encontrar la razón para saber si es cierto lo que aparentemente lo es. Pero, a veces la verdad se oculta entre las bambalinas del disgusto o del odio, y entonces no medimos a ciencia cierta la verdadera razón.

Podemos, de esta manera, poner en juego, peligrosamente, la permanencia de una amistad, de una relación, de un trabajo. Pensar a tiempo, parar la pelota para ver quién está mejor ubicado para hacerle el pase, no encarar con los ojos cerrados ante una barrera inexpugnable.

Parar a tiempo, antes de actuar o decir, frente a un hecho conflictivo nos puede salvar de muchos disgustos en el futuro y tiene una finalidad de justicia que bien tendríamos que tener en cuenta cuando se nos vuelan los pajaritos.

Muchos hechos de la historia mundial, quiero decir la historia que nos duele, hubieran podido evitarse si los protagonistas de los hechos hubieran pensado un poco en las consecuencias. Muchas guerras podrían haberse evitado.

Por lo menos inclinemos para el lado de la justicia a las luchas cotidianas y tratemos de no meter la pata porque después se nos puede ir la vida tratando de sacarla.

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