11 de abril de 2026 - 00:20

El motor que nos salva del piloto automático

La curiosidad es la herramienta que evita que nos estanquemos en el conformismo y la peligrosa medianía. Es, sin medias tintas, la pulsión básica para no vivir en piloto automático.

A la curiosidad le debemos, nobleza obliga, los mejores y también, por qué no, los peores descubrimientos de la humanidad. Aunque el refrán popular la culpe del estrepitoso final de no pocos felinos, vale ponerla en valor como ese motor vital que va de la mano de la autosuperación. Es la herramienta que evita que nos estanquemos en el conformismo y la peligrosa medianía. Es, sin medias tintas, la pulsión básica para no vivir en piloto automático.

Personalmente, le debo a este instinto desde el oficio con el que me gano el pan hasta ese imprescindible autoconocimiento que, por suerte, aún no revela su fecha de vencimiento. Buena parte de lo que soy se lo adjudico a esa chispa que transforma el pensamiento en acción.

Si vamos a la raíz, la curiosidad es una característica intrínseca de la infancia y esencial para el aprendizaje elemental. De ahí que Sócrates diera fe de que "la sabiduría comienza con la curiosidad" (en sintonía con la teoría aristotélica de que la filosofía nace del asombro) y que muchísimos años después, Albert Einstein, reconociera que es un milagro que esta cualidad sobreviva a la educación reglada. Domesticar al curioso ha sido tarea frecuente del sistema educativo y de los censores de turno, con la noble excepción de aquellos maestros y padres que alimentan el instinto de correr el velo y ver más allá.

Descreo de la inspiración per se o de las casualidades para sustentar los grandes avances tecnológicos. Detrás de plataformas como Google, Facebook o cualquier aplicación que soluciona problemas cotidianos, hay mucho trabajo y materia gris. Pero antes de la ejecución, estuvo la curiosidad: esa energía movilizadora que activó el proyecto madre. Responder a la pregunta "¿qué pasaría si...?" suele ser la piedra de toque para lo que vendrá; luego llega la sistematización para darle forma y coherencia a ese relámpago inicial.

Confirmando que la curiosidad carece de fronteras, sobre nosotros todavía flota la experiencia del Curiosity, el astromóvil de la NASA en Marte. Diseñado para operar un año marciano, su persistencia tecnológica superó toda previsión humana, demostrando que incluso nuestras creaciones reflejan ese afán de explorar lo desconocido. Ese vehículo bien podría haber sido el transporte ideal para la ficción de Ray Bradbury, un conductor que en el terreno del asombro daba la talla como ninguno.

Sin embargo, existe un "lado oscuro" (no el que está escudriñando la misión Artemis II): la curiosidad como materia prima del chisme y la murmuración. Es el oído tras la puerta o el deporte moderno de surfear redes sociales en busca del perverso runrún para alimentar noticias intrascendentes o, peor aún, las dañinas fake news.

Si por definición le debemos el deseo de saber, infiero que quien carece de curiosidad padece una limitación. Su aprendizaje queda sujeto al rigor de un jefe o a un pedido específico. Sin curiosidad, el saber es "a la carta" o, lo que es más triste, a la medida de los deseos de otro.

* El autor es secretario general de redacción del diario Los Andes.

LAS MAS LEIDAS