21 de diciembre de 2013 - 23:16

El Papa y la derecha

En esta nota, un periodista ideológicamente conservador contrasta sus pensamientos con los del papa Francisco, a los que ve políticamente más cerca de las ideas de izquierda. Pero en vez de poner frente a frente los criterios, propone una integración en n

Ahora es tu turno de ser parte de la oposición leal”, me dijo hace unos meses un periodista católico como yo, cuando estaba tomando forma la agenda del papa Francisco.

Este amigo es liberal en política y siempre ha sido demócrata, por lo que está acostumbrado a estar al otro lado de las enseñanzas de la Iglesia en cuestiones como el aborto, la bioética y el matrimonio homosexual.

Ahora, como sugirió alegremente, los católicos que se inclinan a la derecha como un servidor tendrían una probada de esa misma experiencia, con un papa que parece empeñado en sortear las guerras culturales y más bien subrayar la misión de la Iglesia con los pobres.

Después de la exhortación de Francisco, exaltada en los titulares de la prensa, que vaga por toda la vida de la Iglesia y contiene una aguda crítica al capitalismo consumista y al liberalismo financiero, los católicos políticamente conservadores han tratado de explicar por qué mi amigo está equivocado y por qué no son los “católicos de cafetería” de nuestro tiempo.

Para empezar, han señalado que aquí no hay nada novedoso, aparte de una narrativa facilona de los medios que opone al buen papa Francisco contra sus predecesores, malos y reaccionarios (muchos de los comentarios del Papa siguen la huella de lo que dijo Benedicto XVI en su encíclica sobre economía y con críticas de papas anteriores de los descontentos del capitalismo comercial).

En segundo lugar, han tratado de despolitizar los comentarios del Papa, presentándolos más bien como un informe general contra la avaricia y el consumismo más que como un exhorto a intervenciones específicas por parte del gobierno.

Y, por último, han insistido en la diferencia entre la enseñanza de la Iglesia en materia de fe y moral y los pronunciamientos del Papa en materia económica, señalando que no hay nada que obligue al católico a creer que el sumo pontífice es infalible en cuestiones de política pública.

Las tres respuestas tienen sus méritos, pero siguen pareciendo insuficientes para el desafío de la era de Francisco hacia los católicos de la derecha de gobierno limitado y libre mercado.

Es verdad que hay mucha más continuidad entre Benedicto XVI y Francisco de lo que hacen pensar los medios.

Pero el nuevo Papa claramente quiere poner en primer plano las enseñanzas sociales de la Iglesia y probablemente busque más o menos la cobertura mediática que ha estado teniendo.

Es también verdad que el marco de Francisco es pastoral más que político. Pero su lenguaje llano se inclina hacia la izquierda de una manera que ningún lector serio podría negar.

Por último, es verdad que no hay doctrina católica sobre, por ejemplo, la tasa de impuesto marginal más adecuada y que los católicos no están obligados a hacerle caso al Papa cuando éste dice que las desigualdades globales están en aumento siendo que las evidencias estadísticas apuntan en otra dirección.

Pero la enseñanza social de la Iglesia no es una enseñanza menos oficial por dar lugar al desacuerdo en sus implicaciones de política. Y los católicos que se enorgullecen en su fidelidad a Roma, tienen -tenemos- la responsabilidad de explicar por qué una cosmovisión que inspira una retórica izquierdista en el Papa también permite llegar a conclusiones de derecha.

Esa explicación se basa, creo yo, en tres ideas. La primera es que, cuando se trata de sacar gente de la pobreza, el capitalismo globalizado, pese a todas sus fallas, tiene un historial más exitoso con mucho que cualquier otro sistema o enfoque.

La segunda es que la enseñanza social de la Iglesia, entendida debidamente, hace énfasis tanto en la solidaridad como en la subsidiaridad; es decir, una preferencia modestamente conservadora por lo local en lugar de lo nacional, por el voluntariado en lugar de la burocracia.

La tercera es que según las evidencias recientes, los Estados asistenciales más expansivos pueden desplazar lo que el cristianismo considera los bienes humanos básicos, reduciendo el índice de fertilidad, desalentando la asistencia privada y restringiendo la libertad de la Iglesia para administrarla de manera sutil pero con mayores consecuencias cada vez.

El argumento católico en favor de un gobierno limitado, sin embargo, no es el argumento por la tentación tipo Ayn Rand inherente a una política benéfica para el capitalismo. No hay justificación católica para darle valor a los empresarios a costa de los trabajadores, ni para descartar toda regulación por innecesaria y toda redistribución de la riqueza por inmoral.

Y aquí es donde la visión de Francisco debe importarle a los católicos estadounidenses que por lo general emiten su voto por los políticos republicanos. Las palabras del Papa no deben inspirarlos a convertirse masivamente al liberalismo, ni deben despertarles la inquietud de que un anti-papa marxista se haya apoderado del Trono de San Pedro.

Pero deben de fomentar una integración entre ideas católicas y conservadoras mucho mayor de la que hemos visto desde que se derrumbó el “conservadurismo compasivo”. Y fomentar que los católicos le pidan más al Partido Republicano en una amplia gama de cuestiones de política.

Aquí, la línea de la “oposición leal” de mi amigo periodista simplificó al extremo las opciones del compromiso político de los católicos. Su liberalismo católico no se eclipsó porque no pudo dejar que el Vaticano dictara de pe a pa su agenda social. Más bien perdió influencia porque no pudo articular ninguna diferencia católica clara, dentro de la gran tienda liberal, en cuestiones como el aborto, el sexo y el matrimonio.

Para los católicos conservadores, ahora el reto es hacer algo mejor en su turno y pasar la era de Francisco no en la oposición sino en la búsqueda de la integración, lo que significa una visión económica que siga siendo conservadora pero cuyos detalles le recuerden al mundo que nuestra fe es primero.

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