20 de enero de 2015 - 00:00

Originales

No hay nada menos original que lo que viven algunas personas en su intento de llamar la atención, de ser distinto, de tratar de ser original.

Lo natural es que esa necesidad abarque una etapa en la que se deja de ser niño para convertirse en joven, eso que nuestros mayores solían nombrar como “la edad del pavo”, excelente definición sin pretensiones intelectuales, pero certera como pocas. Y a muchos, a demasiados, ese intento de diferenciarse los acompaña largo tiempo, algunos lo viven como una manera de pararse frente a la vida, otros como una forma de intentar asustar a los demás. Parecido a la inmadurez.

Lo de París fue un tema central, dividió aguas como pocas veces entre nosotros. Muchos, demasiados, respondieron como si por ser parte de este gobierno no pudieran condenar los hechos. En primer lugar estaba la violencia para sectores que nunca asumieron la autocrítica de los setenta, y luego la libertad de prensa para un gobierno que la limita solo para impedir que se destapen los negociados y los robos que realizan sectores ligados a un poder que les da cobijo.

En rigor, durante la dictadura, Francia nos dio refugio a muchos, a demasiados, pero el Gobierno que agoniza tiene a la inteligencia dedicada a perseguir a los que se salen de la ortodoxia, y cada quien tiene un sueldito que defender. El Estado reparte los dineros de todos para defender los negocios de ellos, los que gobiernan.

En Francia se condenaba la violencia mientras se reivindicaba la libertad; por estos lados pareciera imponerse un gran cartel que decidía la manera de opinar, “oficialistas abstenerse”, dos temas tabú, la violencia del pasado -tan usada para inventarles heroísmos históricos a muchos que siempre estuvieron ausentes en las difíciles- y la libertad de prensa.

La violencia de ayer y la prensa de hoy, el Gobierno contra el resto del mundo, algunas corporaciones y demasiados seres libres. A las corporaciones las iban sustituyendo por las propias, a los seres libres, persiguiendo sin piedad, Francia era una molestia, quedaba claro que de eso no se podía hablar.

Y luego, las excusas, las mismas que ya ensayan para digerir una realidad que según ellos se les corre a la derecha, viendo cómo crecen los Scioli, los Berni, los Granados, o para sentirse identificados con las explicaciones de Samid. Lo bueno de tener un pasado estalinista, uno puede tragarse cualquier sapo, lo que importa es el poder.

En Francia, la derecha no participó de las expresiones condenatorias, aquí tampoco, salvo que los de allá son la derecha asumida y aquí se creen de izquierda. Les gusta Putin y la Rusia que ayer era comunista y hoy tan solo poco democrática, como Cuba, como China. No están contra el imperialismo, solo contra las libertades de Europa y Estados Unidos.

No están contra la corporación Clarín, solo contra la libertad que esos sectores expresan. DirecTV y Telefónica son corporaciones en serio y de las grandes, esas solo se llevan nuestro sudor, no les interesa opinar, podrían perder de ganar, esas son las que defiende el Gobierno.

Eligen enemigos tan solo para cuestionar sus virtudes, hacen silencio con los defectos que intentan compartir. Usan la violencia del pasado para justificar la persecución a la libertad del presente. Y nos salen con el cuento de que Europa es decadente, como si el capitalismo mafioso que heredan los intentos marxistas fracasados fuera parte del sueño de un futuro mejor.

Esta Europa que sufre la crisis es para muchos de nosotros la democracia más avanzada que tiene la humanidad, de la que tenemos mucho que aprender, y no vamos a poder hacerlo mientras no seamos capaces de ser objetivos al observar, de salir del oportunismo disfrazado de revolucionario que hoy oculta a tantos que nacieron para ser oficialistas no importando el rumbo del gobernante de turno.

Lo de Francia no permite demasiadas explicaciones, es una realidad que define, que impone solo dos posturas: o estamos con la libertad para enfrentar la violencia o fabricamos excusas para no enojar al poder de turno. Y si es en silencio o demasiado confuso, ya todos sabemos de qué se trata.

Como siempre, asombra que nadie en el oficialismo sea capaz de opinar en disidencia, están bien seleccionados, profesan la ideología de la obediencia. En eso y cómo lo justifican terminan pareciendo talentosos. Lo absurdo es que imaginen la decadencia en Europa. Dejan la imagen de que se les rompió el espejo, o la dignidad, amontonados aplaudiendo todo, solo dan pena.

Por Julio Bárbaro - Periodista. Ensayista.  Ex diputado nacional.  Especial para Los Andes

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