¿De verdad se escribe así? ¿No lleva una letra de más, o quizás una de menos? Si alguna vez se quedaron mirando fijo una palabra común en la pantalla, "casa", por ejemplo, hasta sentir que se transformaba en un garabato de un idioma inventado, no se preocupen: no es el comienzo de la demencia digital. Es que sufrieron un cortocircuito muy específico que la psicología define como saciación o fatiga semántica.
A diferencia del apagón cognitivo global que sufrimos tras un día de burocracia o de pantallas, esto es un desgaste local: la palabra se vacía de su concepto y nos queda el esqueleto, el puro sonido abstracto. La cáscara. La explicación neurológica, explican los que saben, es fascinante: cuando vemos o decimos una palabra, se activa un patrón específico de neuronas en la corteza cerebral (el nodo semántico). Si repetimos esa palabra una y otra vez en un lapso muy corto, esas neuronas se fatigan y empiezan a inhibirse de forma refleja.
"La neurona se cansa de disparar y bloquea temporalmente el acceso a la red de conceptos asociados a ese sonido", explicó didáctico Leon Jakobovits James, quien acuñó el término allá por 1962. En otras palabras, el cerebro sigue procesando el estímulo físico, pero desconecta el acceso al significado.
Le pasa a cualquier editor que corrige un texto propio en un bucle cuasi infinito, al programador que digita la misma variable mil veces hasta que la pantalla parece un jeroglífico, o a cualquiera que juegue a repetir "perro, perro, perro" durante treinta segundos hasta que el animal de cuatro patas se le desaparece de la mente y apenas queda un sonido gutural.
Hay una dimensión de este fenómeno que excede el laboratorio y se mete en la calle: la semántica social. Ocurre cuando una palabra de moda es "secuestrada" por la publicidad, la política o los medios, y se usa hasta el hartazgo en cualquier contexto.
De tanto ir y venir, estas palabras terminan significando todo y nada a la vez, se vuelven pura decoración discursiva. Más por intuición que búsqueda personal, los grandes escritores detectaron este desgaste. El mismísimo William Shakespeare lo utilizó como recurso en El rey Lear, cuando el personaje de Edmund repite la palabra "legítimo" cinco veces en un parlamento muy breve. Al ametrallar al espectador con el término, consigue que experimentemos lo mismo que el personaje: que la palabra pierda su poder regulador y su peso social.
Las palabras, como las cubiertas del auto, se desgastan si se las hace rodar sobre el asfalto una y otra vez. Por eso cuidar el significado no es nada del otro mundo: puede lograrse con el simple y gratuito ejercicio de hacer silencio cuando no hay nada nuevo que decir.
* El autor es secretario general de redacción de diario Los Andes. [email protected]