Votar también es hacerse cargo

Votar no es un acto inocente. Es decidir si se convalida un esquema que ha llevado a la UNCuyo a una situación de fragilidad creciente o si se asume —con los riesgos y costos que todo cambio implica— la responsabilidad de modificar el rumbo.

En la Universidad Nacional de Cuyo, elegir autoridades no es un trámite administrativo. Es una toma de posición frente al presente y al futuro de la institución.

Quien observe con honestidad intelectual la situación actual de esta universidad —históricamente prestigiosa y referente de excelencia académica— difícilmente pueda sostener que el rumbo transitado en los últimos años haya sido el adecuado. Persistir en él no representa continuidad: significa profundizar un deterioro ya evidente.

Elegir candidatos que, desde el oficialismo y en una funcionalidad política partidaria plena, fueron parte del proceso que condujo a la actual crisis de la UNCuyo, equivale a insistir en los mismos errores esperando resultados distintos. Es, en términos simples, volver a pegarse un tiro en el pie.

Más aún cuando, para garantizar su continuidad, utilizan todas las ventajas que otorga el ejercicio del poder institucional. El peso de la autoridad, los mecanismos de influencia y la construcción de alineamientos internos han generado un clima de temor y disciplinamiento pocas veces visto en la vida universitaria. En ese contexto, algunos decanos han optado por alinearse con quienes representan la continuidad de un modelo que ha dejado profundas consecuencias.

Las evidencias del deterioro son visibles. El poder adquisitivo de docentes y no docentes se ha erosionado de manera alarmante. El DAMSU, orgullo histórico de la comunidad universitaria, atraviesa una crisis que golpea directamente a quienes dependen de él. Y quizás lo más preocupante sea el progresivo debilitamiento de la calidad académica que durante décadas distinguió a esta casa de estudios. No sería extraño que el resultado de la evaluación institucional que ya está en marcha deje expuesto a la luz, un déficit que ya resulta inocultable.

La pérdida de capital humano de excelencia ya no es una hipótesis: es una realidad. El prestigioso Instituto Balseiro —uno de los principales emblemas científicos del país y de la UNCuyo— ha visto partir a decenas de doctores e investigadores de altísimo nivel académico. Allí se forman profesionales capaces de sostener el desarrollo nacional en áreas estratégicas: energía nuclear, tecnologías satelitales, física avanzada y nuevas fronteras del conocimiento. Cuando se pierde ese talento, no sólo se debilita una institución; se compromete el futuro de un país.

La funcionalidad política no puede quedar al margen de esta elección. Porque si quienes hoy aspiran a conducir la universidad son los mismos que acompañaron silenciosamente —o justificaron— decisiones que llevaron a este deterioro, entonces las marchas universitarias, los reclamos salariales y la lucha por sostener la universidad pública habrán sido, en gran medida, estériles. No alcanza con marchar junto a la comunidad universitaria ni compartir consignas con gran disimulo. También importa qué se hizo —o qué se dejó hacer— cuando hubo responsabilidades institucionales concretas.

Frente a este escenario, votar no es un acto inocente. Es decidir si se convalida un esquema que ha llevado a la UNCuyo a una situación de fragilidad creciente o si se asume —con los riesgos y costos que todo cambio implica— la responsabilidad de modificar el rumbo.

Porque insistir en lo mismo no es estabilidad.

Es, sencillamente, elegir equivocarse otra vez.

* El autor es ingeniero en industrias de la alimentación. Ex- Decano de la Facultad de Ciencias Aplicadas a la Industria (FCAI) de la UNCuyo, ubicada en San Rafael.

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