Juan Carlos de Borbón y Borbón acabó debilitando la corona que él había sabido legitimar al descifrar correctamente un momento histórico.
Juan Carlos de Borbón y Borbón acabó debilitando la corona que él había sabido legitimar al descifrar correctamente un momento histórico.
Que sea el hombre que la revivió quien ahora la debilita, podría implicar que España esté cerca de una encrucijada en la que, o sacrifica la monarquía para salvar la unidad territorial, o sacrifica territorios por salvar la monarquía.
Sucede que el rey Felipe no tiene ni tendrá la oportunidad de oro que se le presentó a su padre y que éste supo aprovechar.
Los borbones han expresado siempre, principalmente, al poder de Castilla sobre las demás regiones. La corona ha sido un instrumento de ese centralismo castellanizante que Franco llevó a su expresión más extrema y criminal.
Juan Carlos se prestó a ser instrumento del dictador para sacar de la línea sucesoria a su padre, Juan de Borbón y Battemberg, que era el heredero del destronado Alfonso XIII. Fue sumiso hasta la obsecuencia con Franco para heredar el mando. Juró lealtad a la ideología falangista y al movimiento del fascismo ultra-católico para asegurarse suceder en el poder al tirano. Y al asumir, tras la muerte del dictador, juró mantener el régimen.
Si luego de ratificar en la presidencia al híper-franquista Arias Navarro, el flamante rey que le había birlado el trono a su propio padre decidió llevar el país hacia la democracia, fue por darse cuenta que España vivía un anacronismo autoritario que la aislaba del mundo y justificaba el desprecio del viejo continente, que decía “Europa termina en los Pirineos”.
Entendió también que la legitimidad de su trono no podía basarse en la elección tomada por un dictador muerto. Pero supo que si convocaba a un referéndum, al instinto republicano que siempre habitó la Península Ibérica se sumaría la aversión de catalanes y vascos a Castilla y al castellanismo forzoso que les impuso a sangre y fuego Franco.
Por eso, en lugar de un referéndum, decidió reinventar la legitimidad del trono convirtiéndose en el padre de una democratización que tarde o temprano lo mismo llegaría.
Supo elegir al hombre adecuado, Adolfo Suárez, para que las Cortes franquistas aceptaran extinguirse. Haber posibilitado una democracia a la que reconfirmó desbaratando el “tejerazo” (asonada golpista del coronel Tejero) y que dio autonomía a las regiones, permitiendo que en el país vasco vuelva a flamear la Ikurriña y hablarse el esquera, y restituyendo también sus identidad cultural, sus símbolos y sus instituciones a los catalanes, gallegos y demás componentes de la diversidad española, le dio a la corona la legitimidad que no tenía y a Juan Carlos una popularidad gigantesca.
Su obra maestra fue renunciar al poder total que había heredado. Eso lo legitimó al él y a su trono. Sumó el trato inteligente a cada una de las comunidades autónomas. Por ejemplo, cuando en Barcelona dio un discurso en perfecto catalán.
Pero el hombre que supo renunciar al poder total para legitimar su trono, no supo renunciar a su codicia y a las truculentas frivolidades que marcaron su decadencia.
El safari en Botsuana, las suculentas comisiones pagadas por los sauditas y los millones ocultos en cuentas secretas de Suiza que reveló su amante Corinna Larsen, no sólo destrozaron el prestigio que con tanta habilidad había construido, sino que dejó a la corona española bajo cuestionamiento.
Felipe VI no tendrá, como su padre, una oportunidad histórica de “renunciamiento” para legitimar la corona. A lo único que puede renunciar, es a la corona misma. Si abdicara como sacrificio personal a cambio de que vascos y, sobre todo, catalanes renuncien al separatismo y continúen integrando una España republicana, quizá pueda conquistar la admiración que en su momento conquistó su padre. Pero habrá perdido el trono.
Juan Carlos había traicionado a su progenitor para ceñirse la corona. Ahora su hijo lo sacrifica a él para conservarla. Felipe lo había avergonzado renunciando a su herencia y quitándole la renta anual correspondiente. Ahora lo abochornó sacándolo de la Zarzuela y del país. Quizá también le quite el título de rey emérito y, ni aún con eso, alcance para evitar la caída de la monarquía en España.
El mundo presencia, como en la canción de Sui Generis, las “tribulaciones, lamentos y ocaso” de un rey que brilló pero ahora deambula, como en la novela del entrañable Soriano, como un personaje “triste, solitario y final”.