Terremoto político en Chile

En la Región de la Araucania, territorio donde se radica la mayor densidad de población indígena, el rechazo fue todavía más pronunciado, 75%.

Terremoto político en Chile
El candidato presidencial Gabriel Boric, de la coalición Apruebo la Dignidad, habla durante el mitin de clausura de su campaña antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Santiago, Chile, el jueves 16 de diciembre de 2021. (AP Foto/Matias Delacroix)

Chile todavía no sale de la sorpresa. Porque nadie lo vio venir. El pueblo soberano salió masivamente a la calle para repudiar el proyecto de Constitución Nacional, propuesto por la Convención Constituyente dominada por grupos radicalizados, avalados por los milennials del Frente Amplio y el Partido Comunista.

La victoria del Rechazo por 62% a 38% representa un hito histórico. Significa una frustración para los que esperaban un cambio constitucional que contribuyera a una mayor integración y cohesión social. A la vez, significa un alivio para los que sentían que muchos artículos de la constitución representaban un peligro para el funcionamiento institucional, económico, jurídico y cultural del país.

En realidad, la frustración de las promesas de mayor cohesión social comenzó con la redacción misma de la Carta Magna: en lugar de focalizarse en fortalecer educación pública, salud pública, pensiones e integración social, el texto incluyó reivindicaciones sectoriales que despertaron sospechas en el pueblo de Chile.

Los partidarios de la Constitución nueva, de carácter plurinacional, se inspiraron en la de Evo Morales en Bolivia, cuyo país cuenta con 70% de población indígena. En cambio, en Chile, predomina la población mestiza, que representa el 90% del total. Se produjo entonces una inconsistencia, como tratar de poner la piel de un hombre en los huesos de otro.

La constitución plurinacional fue repudiada por casi dos tercios del pueblo de Chile. Es una derrota monumental, por la cantidad de votantes: esta fue la primera elección de voto universal y obligatorio en 200 años. Hasta ahora, el voto era voluntario, y solo votaba el 35% del padrón. Ahora votó el 85%, con la participación de 13 millones de electores, en un país con 19 millones de habitantes.

La cifra alcanzada muestra un impacto sin precedentes. En el plebiscito de 1988, el pueblo de Chile repudió al dictador Pinochet por el 55%. Ahora, el mismo pueblo repudió al proyecto de Constitución con el 62%. El golpe es durísimo para los grupos radicalizados, porque fueron más repudiados que un dictador genocida.

En la Región de la Araucanía, territorio donde se radica la mayor densidad de población indígena, el rechazo fue todavía más pronunciado: 75%.

En esos territorios, el repudio no fue solo al carácter plurinacional de la nueva constitución, sino también al ambiente de violencia generado por los supuestos líderes indigenistas, que causaron 45 muertos, numerosos heridos y la destrucción sistemática de escuelas, museos, casas, cabañas, maquinaria agrícola y forestal, patrimonio cultural y recursos económicos

La violencia fue otro tema crítico porque muchos líderes intelectuales de la Convención manifestaron cierta simpatía y tendencia a la impunidad para los responsables de los hechos de violencia durante el estallido social de 2019, junto con actitudes para facilitar la impunidad de los atentados en la Araucanía. Entre otras iniciativas, la nueva Carta Magna suprimía el “Estado de excepción”, herramienta jurídica que el propio gobierno de Boric ha tenido que poner en vigencia para tratar de controlar la violencia en la Araucanía.

En el plebiscito, el pueblo de Chile ratificó su compromiso con la paz y la unidad nacional. Este fue otro tema crítico, porque los sectores vinculados a la nueva constitución hicieron constantes alardes de desprecio por los símbolos nacionales, tanto a la bandera como al himno nacional. Estos emblemas fueron chiflados en la convención y gravemente humillados en favor del apruebo. Todo ello fue repudiado en masa por el pueblo de Chile, que optó por desagraviar así a sus símbolos nacionales.

La situación se complica para el presidente Boric porque apoyó a la nueva constitución; por lo tanto, se trata de un fracaso político para él y todo su gobierno; pero solo relativo.

Lo que en realidad ocurrió fue que los sectarios dirigentes del FA y el PC que dominaban la Convención Constituyente cerraron a Boric toda posibilidad de influencia en la redacción de la Constitución. La redactaron entre ellos y sus aliados, con exclusión absoluta del presidente y su equipo de confianza. Y luego, presionaron al presidente para que la apoyara.

A pesar de no estar convencido de la calidad del texto, Boric estimó que debía apoyarla para no quedar en soledad y perder el apoyo de sus aliados. Se la jugó moderadamente por respaldar el “Apruebo”, y perdió, pero desde un papel secundario.

Ahora, el presidente tiene que abrir una nueva etapa. Está obligado a renovar su gabinete y promover una nueva ley de necesidad de la reforma, pero diferente de la anterior, para no caer en los mismos errores.

Lo que no está claro es cómo se va a reestructurar el sistema político chileno. La izquierda sectaria está derrotada y confundida. La derecha sabe que la victoria no es propia, sino que se debió al voto de centro izquierda. Y allí está el gran vacío de representatividad política. Porque los partidos de centro-izquierda que gobernaron durante 30 años bajo el liderazgo de Ricardo Lagos, se encuentran hundidos en una crisis sin precedentes. Oficialmente, todos los partidos (Socialistas, Radicales, Democristianos), apoyaron el apruebo. Algunos disidentes se manifestaron por el Rechazo, y fueron denostados y perseguidos por las autoridades partidarias. Y resulta que esos dirigentes repudiados y sancionados por las cúpulas, demostraron sintonizar mejor con las demandas del pueblo, expresadas en el plebiscito. ¿Qué pasará ahora con ellos? ¿Cómo se reestructurará la centro izquierda? ¿Con qué liderazgos?

Todo vuelve a empezar. Y tiene que ser rápido, porque se viene la nueva convención es decir, nuevas elecciones.

* Pablo Lacoste es historiador

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