“La peculiaridad de Borges era esa capacidad casi indecente de reunir en una misma frase una letra de milonga y una cita de la Divina Comedia; recitar de memoria el Martín Fierro y detenerse en una aguda reflexión sobre el concepto de eternidad en la teología medieval; recordar su pasión por las frases fileteadas de los carros y apelar a Gibbon para afirmar que en el Corán nunca se menciona a los camellos.”*
Una forma de pensar
No era una pose: era su manera de pensar. Borges entendía que la cultura no se ordena por compartimentos estancos, que el pensamiento más fértil nace en la mezcla y no en la pureza, nace en la hibridez y no en el dogma. No le temía a la contradicción ni a la convivencia de tradiciones aparentemente irreconciliables. Al contrario: allí encontraba su potencia.
Leer y desleer
Ricardo Forster, en *”La biblioteca infinita” ( Emece Ed. 2024), vuelve sobre esa lección borgeana con una claridad necesaria para estos tiempos. Leer y desleer a Borges es una invitación a pensar en presente: la necesidad de una unidad que no anule la diversidad, de una mirada capaz de confluir sin disolverse, de tomar distancia sin perder del todo el miedo. Porque pensar —de verdad— siempre implica un riesgo.
El tiempo de las certezas cómodas
Vivimos una época dominada por los sesgos confirmatorios. Cada quien busca información que refuerce lo que ya cree. Nadie convence a nadie. El diálogo se ha vuelto una coreografía previsible donde cada parte repite su partitura. En ese contexto, el desafío no es gritar más fuerte ni encerrarse mejor, es ampliar la perspectiva: mirar en 360 grados, aceptar la incomodidad de lo que no encaja, habitar la pregunta sin apurarse a clausurarla.
La fertilidad de lo híbrido
Borges nunca pensó desde un único lugar. Fue argentino y universal, clásico y popular, erudito y orillero. No se ató a una tradición: las atravesó a todas. Esa hibridez —que hoy algunos miran con sospecha— es, en realidad, el lugar de la fertilidad. Donde las ideas se cruzan, se contaminan y producen algo nuevo.
Salieris agradecidos
Tal vez por eso nos sentimos, frente a Borges, un poco como Salieri. No por envidia, sino por conciencia de límite. Mientras se intentan construir voces, Jorge Luis construyó un sistema. Mientras el mundo exige definiciones rápidas y posiciones claras, él se permitía la ambigüedad, la paradoja, el rodeo. Y en esa duda decía más que muchos en páginas enteras de certezas.
Pensar como gesto incómodo
Hoy, cuando el debate público se parece más a un ring que a una conversación o cuando la identidad se usa como trinchera, la lección borgeana resulta casi subversiva. Pensar en perspectiva, aceptar la complejidad, negarse a reducir el mundo a un par de consignas, es un gesto contracultural. En tiempos de urgencias y slogans, detenerse a pensar es una creativa forma de desobediencia.
La duda como convicción
La política, la cultura y hasta la vida cotidiana parecen exigir definiciones inmediatas, adhesiones totales, pertenencias excluyentes. El autor del Aleph nos recuerda que la inteligencia no funciona por bandos y que la verdad pocas veces está en los extremos. Mirar desde más de un lugar no implica renunciar a las convicciones, sino someterlas al ejercicio saludable de la duda.
Es por ahí
Quizás hoy, más que nunca, haga falta recuperar esa ética de la mirada que no cancela, que no clausura, que no necesita vencer para existir. Por este territorio donde nadie convence a nadie, el desafío es más que imponer una verdad, es sostener la complejidad sin temores. En ese gesto invisible y persistente esta la sutil invitación de Borges: seguir por donde el pensamiento se anima.
* El autor es presidente de FilmAndes.