Prohibido olvidar

El 24 de marzo es un día de miradas, de silencios y emociones, pero también para estar juntos a la par y ser generosos en la calle que debe ser lo más ancha posible porque de otra forma sólo lo transformamos en senderos que cada día pierden su geografía.

¿Es necesario recordar la barbarie, las desapariciones, las torturas, los robos de niños y de la niñez y el exilio?

Parecen palabras que no guardan relación con la actualidad, huele viejo, allá, como papel de diario que envuelve aquellas tazas que no se usan.

Pero de repente aparece la fecha, 24 de marzo, y los más grandes generalmente en silencio sí recordamos, porque sabemos lo que pasó.

¿Cómo pasárselo a esta generación de teclados, inalámbrica y sobre informada, que sólo mira lo que sale en las pantallas de sus celulares?

El horror le es ajeno y el dolor no existe.

¿De qué sirven los museos, las baldosas en las veredas, las velas encendidas de una noche?

¿Se puede olvidar un genocidio? El armenio, el soviético, el chino, el del Pol Pot o el de Yakarta y por supuesto el Holocausto, o lo que han padecido los civiles de Gaza. En fin, la historia no perdona con sus crónicas y mártires, pero claramente ninguno de ellos puede y debe ser olvidado.

¿Se los puede perdonar? Golda Meier dijo una vez “perdona, pero nunca olvides”.

En Argentina no ha habido arrepentimiento en los procesos judiciales, lo de Martin Balza no alcanzó, no hay información sobre los desaparecidos y su destino final, no hay reconocimiento de los centros de torturas, sólo un enorme silencio y ahora una red de negacionistas queriendo instalar su propio relato.

Mientras ese perdón que debe nacer sólo en la verdad, el olvido es un crimen irreparable.

Mantendremos ilusas discusiones de números, lugares y destinos, pero lo cierto es que el 24 de marzo es más que un día más, es el día del nunca más aunque cueste cada día más que los nuevos habitantes inserten en su información que un día como ese, y por muchos años, sus abuelos e hijos, de muchas casas, de muchas profesiones, con o sin militancia, mujeres y hombres, fueron sacados de sus casas, echados de sus trabajos, detenidos, desaparecidos, torturados y exiliados y que por ello se siguen haciendo juicios de lesa humanidad.

Son todas palabras fuertes, duras, dolorosas como la memoria que recuerda.

Cuando Jorge Luis Borges describe a Irineo Funes (el memorioso), en un momento del cuento escribe: “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.”

Una sociedad a la manera de Funes tampoco sirve porque la memoria así abordada haría imposible cualquier presente.

Nosotros necesitamos el pasado, es un inventario esencial, para saber qué hicimos y quiénes somos.

Pero también es necesario por nuestros aciertos y errores, sin ellos no somos nada, sólo una lista de acciones sin valor.

El 24 de marzo es un día de miradas, de silencios y emociones, pero también para estar juntos a la par y ser generosos en la calle que debe ser lo más ancha posible porque de otra forma sólo lo transformamos en senderos que cada día pierden su geografía.

Vale la pena la memoria si sabemos por qué recordamos y qué buscamos. Si vas a vivir debes saber quién eres.

* Abogado penalista.

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