13 de julio de 2026 - 00:15

Por más abrazos reales y menos virtuales

La autora del artículo señala que la frase “más abrazos reales y menos virtuales” puede pensarse como una invitación a revisar prácticas cotidianas, como también a detenerse a mirar al otro, a estar.

Conicet-Incihusa

En un estudio cualitativo que realizamos durante el aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) recogimos las experiencias emocionales de niñas y niños durante la pandemia. A la distancia, la experiencia que dio origen a este estudio adquiere nuevos sentidos. Los niños y niñas expresaban con claridad a través de sus dibujos y relatos cuánto extrañaban la escuela como espacio de encuentro, de juego compartido y de vínculo con otros.

En este contexto, las producciones infantiles, en particular los dibujos y relatos, adquieren un lugar privilegiado como vías de simbolización. A través de estas expresiones, los niños y niñas logran tramitar aspectos de la experiencia que no pueden ser elaborados únicamente a nivel discursivo, poniendo en juego recursos imaginarios que permiten darle forma a lo vivido.

La no presencialidad del contexto educativo implicó una pérdida significativa en términos de organización psíquica y vincular, en tanto la escuela como espacio de socialización y sostén subjetivo. La presencialidad aparecía investida de un valor afectivo central: no era solo la escuela el lugar de aprendizaje, sino el territorio de lo común, del compartir, de las miradas y los abrazos.

Al respecto al preguntarles a los niños y las niñas cómo se imaginaban el regreso a la escuela, una niña de 11 años de edad refirió: “este momento desde el principio de la cuarentena me lo imaginaba corriendo a abrazarte, pero no puedo, espero poder hacerlo pronto”. Este relato y dibujo fue impactante ya que aun volviendo a la presencialidad no podría abrazar a su amiga debido a la medida de protección relacionada con una distancia mínima interpersonal de dos metros.

Sin embargo, en el presente, donde la presencialidad ha sido recuperada, emerge una paradoja: aquello que fue tan añorado parece, en ocasiones, ceder terreno frente a las pantallas y los modos de vinculación mediados por lo digital. Esta tensión invita a una reflexión necesaria.

¿Tuvo que ocurrir una pandemia global, el aislamiento, la interrupción de la vida cotidiana para que pudiéramos dimensionar la importancia de los vínculos cara a cara?, ¿Y por qué, a veces, ahora que podemos, lo dejamos en segundo plano?

Es importante, y si de memoria se trata, no olvidar lo que sentimos cuando no podíamos encontrarnos. Desde una perspectiva psicoanalítica, estas experiencias pueden pensarse como momentos de irrupción que desorganizan las formas habituales de vínculo, confrontando a los sujetos con la ausencia del otro y con la imposibilidad del contacto corporal.

En términos de Donald Winnicott, la suspensión de los encuentros presenciales implicó, en muchos casos, la pérdida de espacios transicionales fundamentales, aquellos ámbitos intermedios donde se articulan el mundo interno y la realidad compartida a través del juego, la creatividad y el vínculo.

Tal vez el desafío actual no sea solo volver a la presencialidad, sino habitarla plenamente. Porque hay experiencias que no se reemplazan. Porque hay algo que solo pasa cuando estamos cerca.

En la vida cotidiana, estas tensiones se vuelven visibles en escenas simples: niños y niñas que, aun compartiendo un mismo espacio, permanecen absorbidos por sus pantallas; recreos donde el juego compartido compite con lo virtual; vínculos que, aunque presentes, no siempre logran desplegarse plenamente. No se trata de oponer lo digital a lo presencial, sino de recuperar el valor insustituible de aquello que ocurre en el encuentro cara a cara.

Tal vez la experiencia atravesada deje, además de sus marcas, una oportunidad: la de volver a elegir. Elegir propiciar espacios de juego compartido, habilitar tiempos sin pantallas, sostener la presencia como condición de encuentro. Porque el vínculo no se reduce a la comunicación: implica cuerpo, mirada, tiempo y disponibilidad.

En este sentido, más que una consigna, la frase “más abrazos reales y menos virtuales” puede pensarse como una invitación a revisar nuestras prácticas cotidianas. A detenernos, a mirar al otro, a estar. A no olvidar que hay algo del orden de lo humano que solo acontece cuando estamos, verdaderamente, presentes.

Hay un mensaje para las infancias: hubo un tiempo en que tuvimos que estar lejos y aprendimos cuánto dolía no poder abrazar. Ustedes lo dijeron con dibujos, con palabras, con ganas de volver a encontrarse. Hoy, que podemos estar cerca, que las risas vuelven a sonar en el mismo lugar, no dejemos que eso se pierda. Porque hay abrazos que no entran en una pantalla, hay juegos que necesitan miradas, tiempo compartido. Que no haga falta estar lejos otra vez para recordar lo importante: que lo más lindo pasa cuando estamos juntos.

(*) Esta nota propone una reflexión a partir del artículo “Imaginarios infantiles: regreso escolar post ASPO y vivencias emocionales durante el confinamiento”.

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