El modelo crece para pocos y ajusta para todos. El economista Scaletta describió acertadamente esta realidad como una "economía a dos velocidades". Mientras sectores como el agro, la minería y las finanzas avanzan concentrando ganancias, la construcción, la industria y el comercio —los motores que explican el 44% del empleo— se encuentran en caída libre. No hay derrame de bienestar hacia abajo; lo que experimentamos es un derrame inverso de la crisis, donde el costo del ajuste desciende de manera directa sobre las mayorías trabajadoras.
En Mendoza, esta realidad se palpa en la calle con total nitidez: el petróleo convencional pierde puestos de trabajo, los supermercados venden un 16,5% menos que el año pasado, el patentamiento de autos 0km acumuló una baja de casi el 10% en lo que va del año y la inversión real lleva cinco meses seguidos en rojo. La promesa de que la recesión y el freno de la inflación iban a reactivar el bolsillo fracasó: los precios se desaceleran sobre un cementerio de consumo.
Ante este escenario, la dirigencia mendocina insiste en sostener el relato del "modelo ordenado". Sin embargo, las cuentas de Alfredo Cornejo no cierran ni en los números ni en las instituciones: la provincia presenta un déficit consolidado real de $457.000 millones según su propia ejecución presupuestaria, y la ASAP la ubicó en el peor nivel de transparencia fiscal del país. Con una coparticipación que cayó un 8,4% real, salarios privados estancados desde 2013 y advertencias del propio IERAL de que ningún cambio de matriz resolverá la crisis estructural a corto plazo, el maquillaje se cae. Incluso la Sociedad Rural lo reconoce sin anestesia: Mendoza cuenta con 9 millones de hectáreas ganaderas pero ni un solo frigorífico habilitado para exportar.
Cornejo no es una víctima de la motosierra de Javier Milei: es su coautor. El ajuste al gasto público provincial, el congelamiento salarial del sector estatal y el endeudamiento en dólares y caro no empezaron con Milei — empezaron antes, y tienen firma provincial. La trampa de fondo radica en las prioridades estratégicas: por ejemplo el gobierno provincial eligió volcar los fondos del resarcimiento por la promoción industrial en infraestructura vial. Si bien son obras que alivian el colapso del tránsito inmediato, esos más de mil millones de dólares debieron ser el resarcimiento destinado a potenciar la industria y desarrollar la matriz productiva. Al elegir el cemento sobre el desarrollo, la provincia gasta sus ahorros estratégicos y queda condenada al mismo cuello de botella. Y cuando el modelo cruje de verdad —como en el paro petrolero por los despidos en YPF— el Gobierno se lava las manos diciendo que "es un problema entre privados", omitiendo que fue el propio Cornejo quien firmó la cesión de esas áreas. El ajuste tiene autor, firma y un enorme costo de oportunidad.
Ante este escenario desolador, la angustia crece. Y con ella, una pregunta que el peronismo todavía no supo responder: ¿cuál es la alternativa?
No la alternativa en abstracto. La alternativa concreta. La que le explica a un trabajador mendocino qué va a pasar con su salario. La que le dice al jubilado que se retira en diez años con una mínima que no le alcanzará para pagar el alquiler qué va a hacer el Estado por él. La que define qué modelo productivo reemplaza al que hoy destruye empleo en la construcción y el comercio.
Nadie está respondiendo esas preguntas. Desear llegar no es lo mismo que querer transformar. Y querer no alcanza si no viene acompañado de propuesta. Criticar la motosierra, denunciar el ajuste, señalar el desastre — todo correcto. Todo insuficiente.
El peronismo activó el modo avión. No es que no puede hablar — es que eligió no hablar. Esta semana en Mendoza aumentó el boleto un 20%, hubo un paro petrolero por despidos en YPF, la inversión lleva cinco meses en rojo. Silencio. Ninguna propuesta. Ninguna opinión. Un partido provincial que no dice nada. Cómo si nada pasara.
Su principal referencia política, Cristina Fernández de Kirchner, está proscripta. Condenada y sacada de la cancha por vía judicial en lo que constituye una persecución que busca, fundamentalmente, disciplinar a las futuras gestiones y a los dirigentes del mañana: un mensaje claro de que cualquiera que se anime a enfrentar a los poderes económicos concentrados tendrá el mismo destino. Ante ese vacío, los intentos de emergencia de nuevos liderazgos parecen atrapados en el laberinto de la reacción. Se instaló una dinámica cómoda donde la política se reduce a señalar el desastre ajeno. La queja no genera doctrina ni construye futuro. El peronismo corre el riesgo de transformarse en una fuerza meramente reactiva, olvidando que su contrato histórico con el pueblo argentino es, por definición, propositivo y creador.
Para romper esta inercia, el movimiento tiene que dejar de mirarse el ombligo y abandonar la lógica de resistir mirando exclusivamente lo que pasa en la provincia de Buenos Aires. El verdadero liderazgo no brota por decantación ni esperando que el rival caiga por su propio peso.
Para entender la salida hay que volver a 2003. Cuando Kirchner asumió en una Argentina en ruinas, se negó a cambiar convicción por pragmatismo. No construyó su proyecto llorando sobre la herencia; lo construyó tomando decisiones audaces. Hay dirigentes que eligen el camino cómodo del doble tránsito. Y hay dirigentes que eligen meterse en la selva para abrirse camino. El peronismo necesita los segundos.
El mandato del peronismo ante la orfandad no es complicado. Pero requiere lo que hoy parece más escaso: voluntad.
Lo primero que tiene que hacer el peronista que quiere transformar es querer. No simular que quiere, no posicionarse por si acaso, no esperar que el rival se caiga. Querer de verdad. Y cuando uno quiere, tiene que decir: hablar de economía, hablar de los problemas reales que vive la gente, tener una opinión sobre el trabajo y la producción.
Y después — y esto es lo más importante — tiene que salir a recorrer.
Los liderazgos que construyeron poder real en este país no lo construyeron desde el silencio. Desde el miedo. Desde la comodidad o desde la especulación. Lo construyeron con coraje. Hablándole a veinte personas en pueblos que nadie visitaba.
El liderazgo del futuro deberá surgir de ideas, no de quejas. De riesgos, no de dudas. De temas, no de esquemas.
¿La propuesta para la inflación? ¿Para el capitalismo de plataformas? ¿La protección de datos o el rediseño de economías regionales en terapia intensiva? ¿La seguridad en tiempos de tecnología y robots? ¿El crecimiento de una provincia que hace diez años no crece y sigue poniendo gobernadores de cuneta y banquina, no de diseños estratégicos?
De ahí va a salir el peronismo que viene. De ningún otro lugar.