12 de julio de 2026 - 00:10

El gobierno de Milei, entre la pureza de ideas y necesidades de la gestión

A medida que se desarrollaba la gestión, hemos visto que cada vez más se recurre a la “vieja” política, incluso cayendo en actitudes y vicios propios de la casta.

Profesor universitario de Historia de las Ideas Políticas

Con la salida de Manuel Adorni se fue uno de los escasos mileístas puros del elenco gubernamental. Su lugar lo viene a ocupar, con atribuciones ampliadas, Diego Santilli, un personaje proveniente de la política, acostumbrado a moverse en ese terreno, hábil en el difícil pero necesario arte de la mutación ideológica y partidaria. ¿Pragmatismo por necesidad, jugada estratégica o rendición incondicional a la casta? Difícil encontrar una respuesta exacta.

Desde que Milei decidió incursionar en el terreno político, lo hizo con la explícita intención de romper con los vicios y mañas de la política tradicional, la vieja política, a la que él sintetiza en el amplio y esquivo concepto de “casta”. Su propósito no se limitaba a competir con los partidos tradicionales desde una estructura nueva y original, la que todavía está en proceso de construcción. Milei iba más allá: quería destruir la política desde adentro, desde la cabeza misma del poder político, lo que sólo podía llevar a cabo desde la presidencia de la Nación.

Este plan se sustenta en la convicción de que la política es irracional e imprevisible; por eso debe dejar su lugar a la economía, racional, clara, desapasionada y previsible. La política es terreno apto para las pasiones y los vicios, de allí la corrupción; la economía es sólo eficiente o ineficiente.

Pero, a medida que se desarrollaba su gestión, hemos visto que cada vez más recurre a la “vieja” política, incluso cayendo en actitudes y vicios propios de la casta. Por ejemplo, la polarización –disfrazada de batalla cultural, a fin de darle legitimidad-, o rasgos que muchos consideran autoritarios como el enfrentamiento con los otros poderes, sobre todo el legislativo. También su actitud crítica y hasta despreciativa hacia ciertas corporaciones, particularmente el periodismo, al que acusa de ensobrado y destituyente. Estas actitudes “anti políticas”, que obligan a tomar partido a propios, neutrales y opositores, lo que buscan, elípticamente, además de desprestigiar al enemigo, es fortalecer políticamente a Milei y el gobierno, a la tropa propia.

Pero lo más “político” de Milei, en lo que se nota más su obligada cercanía a la casta, es la necesidad de recurrir a figuras provenientes directamente del ámbito mismo de la política, tanto para ser aliados como para ser funcionarios. Salvo unos pocos ministros y secretarios, el elenco gobernante está conformado mayormente por figuras con antecedentes políticos, la mayoría en PRO (lo que no es obstáculo para las críticas a Macri, jefe de esa fuerza política). La incorporación de Santilli al gabinete aparece en este contexto como una más de estas “traiciones” a los ideales de pureza antipolítica.

El presidente sabe que necesita volumen político para negociar y lograr sus propósitos, lo que sólo puede conseguir con dirigentes curtidos.

¿Cómo explicar esta aparente contradicción entre los ideales y las prácticas? El término más recurrido es pragmatismo. Milei, desde este punto de vista, no es tan tonto como muchos piensan. Sabe que necesita de volumen político para negociar y lograr sus propósitos, cosa que sólo puede conseguir con alfiles curtidos en las lides de la negociación y el compromiso. No hay contradicción ni traición; es una maniobra táctica para resguardar la realización de las metas reformistas que, esas sí, están lejos de contaminarse con las aguas podridas de la política.

La salida de Adorni era, en este sentido, necesaria y le facilitó a Milei el bochorno de tener que echarlo. El renunciado jefe de Gabinete no tenía la capacidad política mínima para la función, en la que estaba exclusivamente por su pureza ideológica, lealtad y, seguramente, obsecuencia. Con él era imposible encarar las reformas necesarias para sustentar las pretensiones reeleccionistas.

Es interesante ver que este pragmatismo no es percibido por Milei como una contradicción entre las ideas y las prácticas. Son dos caras de un mismo proyecto político que son tomadas como instrumentos diferenciados que no se entrecruzan, no se contaminan entre sí. Disociación puede ser, contradicción no. Milei ha dicho varias veces que él diseña y muestra a su equipo las grandes líneas maestras del rumbo del gobierno; después sus funcionarios se encargan de llevarlas a cabo. Él es el dueño del proyecto, los demás ejecutan. Por eso su pasatiempo preferido es recorrer foros nacionales e internacionales dando cátedra de economía -ahora en clave político-ideológica-, mientras la gestión sigue su camino de manera independiente. No hay desacuerdo, ni menos mezcla. Por lo menos eso es lo que desde el gobierno se expresa hacia la sociedad.

Tal vez por eso es que la marcha del gobierno suele parecerse a un electrocardiograma, o un serrucho. Los momentos políticos, o de pragmatismo como el que empieza ahora, o en ocasión de las negociaciones para sacar leyes claves, se alternan con momentos de purismo libertario que pueden tanto ir por el camino de la teoría -las charlas y las conferencias presidenciales- como por el aferrarse a funcionarios cuyo único mérito puede haber sido la pureza de origen y la lealtad. Hay alternancia entre ambos, y al mismo tiempo son, como dijimos, dos momentos que conviven en el seno de Milei y su equipo.

Lo seguro es que, pensando en el año electoral en que se juega la continuidad del proyecto, la necesidad de relanzar la gestión, sacar leyes y subir en las encuestas aseguran que por bastante tiempo estaremos frente a un momento político del gobierno de Milei.

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