Es parajódico que una palabra como alegría tenga casi una similitud con otra: “alergía”. Tiene las mismas letras, salvo que la “r” se cambió de lugar. Una provoca malestar y la otra, satisfacción. Es parajódico. Pero vamos a ponerle todas las fichas a la alegría.
Es indispensable en estos tiempos magnos donde nos manda el virus. Ustedes me dirán: “¿Alegría por qué?” Y me va a ser difícil refutarlo, aunque trataré.
Alegría, primero, porque en los momentos difíciles es la que nos saca del temor, del tedio, de la abulia. Uno se pasa la mayor parte del tiempo encerrado, serio como perro que tumbó las ollas; a veces casi sin emitir palabras. Es la institución de la seriedad la que ahora nos puebla las horas, por lo tanto una acción de alegría viene a romper con eso que nos tiene atrapados y, al menos, es un alivio.
Alegría porque con ella le encontramos el sentido a la vida. Poder sonreír libremente y que se nos vayan los labios para el costado, buscar nuevos horizontes de vida.
Alegría porque saca lo mejor de nosotros. Uno está muy cercano con la alegría al otro concepto útil: la esperanza. Son parientas, se llevan bien y cuando aparece una también aparece la otra.
Podemos encontrarlas en cosas mayúsculas como sacarse el Quini Seis, por ejemplo, pero generalmente no tiene que ver con cosas materiales sino con cosas que impactan en el espíritu: un encuentro, una salida jocosa en una conversación, la placidez de intercambiar recuerdos, hasta un mínimo cafecito tomado entre dos que se quieren pueden llevarnos a este estado de ánimo que nos vuelve buenos tipos. Quien ríe a corazón abierto es un buen tipo, por lo menos en el momento en el que se ríe.
Los humoristas son los encargados, sobre un escenario, de dejarnos estas cuotitas de buen ánimo encima de nosotros. Ahora los escenarios están vacíos (qué enorme cantidad de escenarios están vacíos), pero hay acciones que uno puede ver con vehemencia en la tele o en las redes sociales, que seguramente procurarán una aproximación a la carcajada, la expresión excelsa de la alegría.
Hay personas mufosas en el seno de la sociedad (más precisamente en el izquierdo). Son tipos que hacen de la mufa una norma de vida y la experimentan con quien tengan al lado. Contagian los guachos; dan ganas de ponerse a llorar apenas uno los ve.
Pero hay otros que están impregnados de alegría. La llevan a todas partes y su sola presencia hace que se difunda el buen agrado y todos salgan imbuídos de su presencia sanadora.
Porque la alegría cura, aún a las enfermedades. Hay algo emparentado que se llama optimismo. El optimismo es esa sensación de que uno va a poder superar los inconvenientes que le ha traído la vida y aquellos que seguramente les traerá.
Son personas muy valiosas las que desparraman alegría. Le dan a la vida otro sentido, un sentido que nos impulsa a seguir adelante aunque el pasado pretenda aferrarse de nuestros talones.
Dame una persona alegre, que con ella estoy seguro de que voy a ganar el tiempo. Estoy seguro de que me voy a olvidar, aunque sea por un instante, de los problemas que me agobian. Dame una persona alegre y seguramente entrará la luz por la ventana.