Con esas medidas, en un par de años logró que el desintegrado país fuera suyo, le logró poner orden. Y en general lo hizo con buenas decisiones. Tenía por delante la posibilidad de convertir a la Argentina en una república con continuidad institucional y económica. Esa nación previsible y normal que siempre todos quisimos y nunca pudo ser. Decía soñar con hacer lo que el PSOE hizo vía Felipe González con la España post-franquista. Lo quería hacer desde un progresismo peronista racional, o al menos eso proponía.
Sin embargo, nada ocurrió así. Su proyecto no era institucional, era puramente ideológico. Se insinuó en 2005 cuando en plena Cumbre de las Américas, como allí asistía el presidente norteamericano George Bush (h), le armó una contracumbre conducida por Hugo Chávez, Evo Morales y Diego Maradona. Luego se dedicó a socavarle el piso a Eduardo Duhalde para matar políticamente al que le dejó un país funcionando, porque aún conservaba ascendiente dentro del peronismo y Néstor quería ser dueño de todo el poder desde ese entonces a la eternidad. Cuando finalizó su mandato, el cual fue heredado por su esposa, su primera salida fuera del país fue a Venezuela para junto con Chávez intentar una ridícula negociación con la guerrilla de las FARC que si bien resultó un estrepitoso fracaso, consolidó una unión ideológica fundamental a partir de la cual tanto el ex presidente argentino como el presidente venezolano trataron de transformar a América Latina en el continente gestor del socialismo del siglo XXI, una especie de corporativismo de izquierda, escaso y a veces hasta nulamente republicano, tendiente al autoritarismo. Un regreso anacrónico a viejos pasados estatizantes superados, disfrazados de posmodernos. Que, además, prendió como enfermedad contagiosa en la mayor parte de los países de América latina. Y fue difundido por el mundo como una nueva revolución por los intelectuales de la progresía europea.
Su primera decisión importante de política interna en ese sentido la hizo a inicios de la presidencia de su esposa. Específicamente, se trató de la Resolución 125/2008 del Ministerio de Economía y Producción de la Nación, dictada el 10 de marzo de 2008 bajo la firma del entonces ministro Martín Lousteau. Frente al enorme y creciente aumento internacional del valor de nuestras materias primas, esa resolución buscaba quedarse con todo el excedente posible del campo para subsidiar una industria ineficiente. No para crear una estructura económica que la incorporara valor agregado a los commodities agrícolas, sino para expropiar impositivamente la productiva renta agraria a fin entregarla a empresas prebendarias destinadas a morir al día siguiente que se les quite el subsidio. A partir de allí todo fue ideología: la guerra con el campo, luego la guerra contra la prensa y la transformación de lo que hasta entonces parecía una izquierda socialdemócrata moderada en un extremismo que ya fallecido Néstor, llevaría a Cristina a terminar su segunda gestión expropiando -con la ayuda inestimable de su ministro Kicillof- empresas por las que debió pagar el doble o el triple de lo que hubiera pagado si las compraba mediante la negociación (claro que expropiar al capitalismo es revolucionario y negociar con él, no) y como broche de oro, intentando un ignominioso pacto con Irán, con esa convicción idiota que tiene el izquierdismo “wokista” de que el enemigo del imperio yanqui, por más reaccionario que sea, es su amigo.
En suma, por querer convertirse los Kirchner en los líderes latinoamericanos junto a Chávez y sus aliados, del utópico, imposible e inútil socialismo del siglo XXI, dejaron pasar una oportunidad histórica extraordinaria de transformar a la Argentina en un país exitoso y normal y previsible. Y eso que en esta nota no hablamos de la escandaloso corrupción que aceitó de principio a fin todo el intento hegemónico kirchnerista.
Javier y su amigo norteamericano
Javier Milei asumió también en condiciones catastróficas, pero en poco tiempo recuperó el superávit fiscal perdido, acabó en gran medida con la emisión monetaria y comenzó una baja importante de la tremenda inflación heredada de los últimos meses del gobierno anterior. También, como los Kirchner, o incluso aún mejor, se encontró con un nuevo boom internacional de los recursos naturales argentinos: a los del campo se les agregó todo lo que las nuevas tecnologías mundiales requieren, como el petróleo, la energía y la minería, que nosotros poseemos en abundancia.
Otra vez la posibilidad de convertirnos en un país normal estuvo en nuestras manos. Pero también otra vez la ideología empezó a tallar sin escrúpulos en las ambiciones de nuestros gobernantes. En las antípodas de los Kirchner, los Milei (hermano y hermana) se dedicaron a apoyar la nueva moda, que ahora corría por derecha, o más bien por ultraderecha, lo que se confirmó poco después con el retorno a la presidencia de EEUU de Donald Trump, quien construyó con Milei una alianza tan sólida como Kirchner construyó con Chávez. Hasta hace tres semanas todo parecía ir de maravillas, al menos en América Latina donde casi la totalidad de los países del continente estaban presididos por simpatizantes de Trump y Milei (como años antes lo estuvieron por simpatizantes de Chávez y Kirchner). Pero todo empezó a problematizarse con la impensada y estrepitosa derrota de Flavio Bolsonaro frente a Lula da Silva en Brasil, a la que inmediatamente le sucedió una impresionante derrota legislativa de Donald Trump. Con la frutilla del postre de la caída tipo “corralito argentino” del presidente paraguayo que era afín a la misma troupe. En fin, que la ultraderecha reaccionaria que soñó hegemonizar América entera con el emperador Trump y su profeta Milei, empieza a caer, como el progre wokismo socialistoide kirchnerista chavista, víctimas ambos de sus propios excesos, cuyo pecado capital básico consistió en diferir o minimizar o mal gestionar la modernización estructural de sus países en lo económico para embarcarse en delirantes proyectos ideológicos por izquierda o por derecha. Proyectos que cuando surgen, precisamente por sus desmesuras, parece que iniciarán una nueva y larga era, pero que, sin embargo, ante el menor de los tropiezos comienzan a desnudarse todas sus locuras y lo que debió ser un cambio de fondo se transforma en una mera ola fugaz que de inmediato pasa a ser reemplazada por otra ola, pero que marcha en dirección contraria.
Los ultras
La alianza de Kirchner con Chávez o la conformación de la América del Sur trumpista conducida por Milei no son más que subproductos berretas del realismo mágico latinoamericano, pero más mágico que realista. Políticas más parecidas a novelas surrealistas que a intentos serios de desarrollar nuestro continente en todos sus aspectos. Con conductores que lo tienen todo de personajes de historietas y casi nada de estadistas políticos sólidos.
La tarea política del momento por parte de los políticos moderados y sensatos debería ser alejarse de la ultraderecha fascistoide que considera que hasta la madre Teresa de Calcuta es comunista, sin por ello volver al wokismo izquierdoso que transforma, entre otros ejemplos, a la por demás positiva e imprescindible participación creciente de la mujer en la vida pública, en un feminismo ideologizado que llega hasta la cancelación social de quien no se ajusta a sus cánones extremos, mientras reivindica al Irán teocrático que pone velos a sus mujeres, las considera inferiores y por las dudas, cuelga a los homosexuales. En nombre del respeto por la identidad cultural y la lucha contra el imperio yanqui, la izquierda woke defiende los regímenes más represivos incluso sexualmente del mundo. Mientras que en nombre de la batalla cultural a favor del trumpismo, la ultraderecha convoca a la guerra santa contra el comunismo, considerando como tal a casi la totalidad del género humano.
Kirchner tuvo todas las posibilidades de modernizar el país desde una izquierda progresista y Milei aún tiene similar oportunidad desde la derecha liberal. Algo que solo se puede hacer dejando de sostener estupideces ideológicas extremistas que son más dogmas que otra cosa. Sistemas intolerantes que, felizmente, la historia está demostrando que no pasan de ser modas coyunturales, que son más el tiempo que nos hacen perder en progresar que otra cosa. Creer que la teocracia iraní o el terrorismo de Hamas son revolucionarios porque están contra los Estados Unidos, es tan degradante y cretino como suponer que el comunismo que se cayó con el fin de la URSS sigue vivo y coleando dominando el mundo entero, ahora disfrazado de Lula según Milei o infiltrado en el Partido Demócrata norteamericano según Trump. Va siendo hora de que esas oleadas extremas de insensatez manifiesta comiencen a dar paso a políticos que se atengan a gestionar políticas razonables y cuerdas.
Así como nos parecen positivas y respetables las izquierdas progresistas y las derechas liberales en sus versiones republicanas, nos parecen horribles, insensatos, ineficaces y peligrosos los dos extremos populistas de ambas corrientes ideológicas moderadas. El wokismo con sus excesos trajo por mera reacción a la ultraderecha y ahora vamos descubriendo la estupidez congénita de ambos. Pero, felizmente, reiteramos, parecen ser más modas coyunturales que cambios estructurales, que arriban al poder por la confusión que se genera en las mayorías sociales cuando expresan sus justificadas broncas frente a las dirigencias tradicionales ineficientes y/o corruptas, suplantándolas por marginales impresentables que no son en absoluto mejores.
En síntesis, aunque en muchos países sean votados especímenes de ambas categorías extremas, creer que la teocracia iraní o el terrorismo de Hamas son revolucionarios porque están contra los Estados Unidos, es tan degradante, cretino y ofensivo a la inteligencia, como suponer que el comunismo sigue vivo y coleando dominando el mundo entero.
No obstante, ambas olas de estupidez parecen estar perdiendo bastante del apoyo que tuvieron hasta ahora. Y aunque nunca se sabe lo que nos deparará el destino, claramente apostamos porque esta vez renazca una ola de racionalidad y moderación.
Epílogo moderado
Por la tanto, valen dos citas sensatas en medio de tanta insensatez, que queremos utilizar para cerrar esta nota.
La primera fueron las declaraciones de Issa Kort, embajador chileno del presidente Kast en Brasil, luego de la derrota de Bolsonaro: Dijo Kort: “Los gobiernos de Chile y Brasil entienden muy bien que la relación es importante y no tienen espacio para darse gustitos ideológicos… El presidente Kast, como presidente en ejercicio, se relaciona con presidentes, no se relaciona con candidatos».
Dos ideas esenciales, la primera que las relaciones internacionales no deben basarse en ideologías sino en intereses nacionales, y la segunda que las mismas deben ser entre naciones y no entre personas. Los dos grandes errores que cometió el presidente argentino en su relación con Brasil, y no sólo con Brasil. Y se lo está diciendo alguien que proviene de la tradición pinochetista, no del mefistofélico socialismo.
La segunda es local, y me la dijo en 2025 un dirigente político mendocino de proyección nacional a modo de esperanzada profecía. La reproduzco textualmente: “En 2027 en la Argentina no habrá votos extremos. Eso fue 2023 que venía de cambio. Habrá voto más moderado, más racional. Y va a ganar en Mendoza el que se pare más fuerte en el centro y extraiga las cosas más rescatables, más positivas, de ambos extremos”.
Es de desear que estas ideas sean las que comiencen a predominar en Argentina y en nuestro continente en vez de seguir con esa política de olas que vienen, olas que van. Olas que de tan extremas y furiosas no nos conducen a ninguna parte.
¿Será tan difícil tener un país normal conducido por gente normal?
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]