Pocos, muy pocos dudaban que Donald Trump perdería las elecciones legislativas. Había hecho suficientes macanas como para merecerlo. No obstante, sus simpatizantes se consolaban con el hecho de que casi todos los presidentes norteamericanos pierden los comicios intermedios. Pero esta vez el mal de muchos ni siquiera sirvió de consuelo de tontos, porque lo importante no fue haber perdido, sino el tamaño de la derrota, que en términos coloquiales podríamos caracterizar de colosal paliza.
Los vientos de la historia empujaron a Donald Trump a su primera presidencia porque le prometió a su pueblo volver a la grandeza de la vieja América revigorizando la industria y el empleo nacionales haciendo volver a las empresas que se fugaban a China, a la vez que prometía retirar Estados Unidos de su intromisión en guerras extranjeras y limitar la inmigración de los países vecinos incluyendo hasta la construcción de grandes murallas para repeler al invasor. Prometió, en suma, nacionalismo, aislacionismo y segregacionismo, apelando a lo peorcito del "ser nacional" de los yanquis para, supuestamente, revertir la decadencia del imperio americano. Pero hizo poco y nada, por lo que a los cuatro años perdió y no pudo ser reelegido.
Sin embargo, como la vida te da revanchas volvió, más o menos con las mismas ideas, pero esta vez decidido a concretarlas. Agregando incluso un nuevo elemento a los anteriores: el expansionismo. Se quería quedar con Groenlandia y hasta con Canadá en busca de reconstruir el espacio vital del imperio. Ganó bien, incluso mejor que la primera vez y se puso manos a la obra. Pero no hizo nada de todo lo malo que prometió, sino que hizo todo lo malo que no prometió. Y así le acaba de ir, a juzgar por los resultados de este domingo.
Juró en su campaña que apenas asumiera, en unos pocos días, o como mucho en un par de meses, ponía un punto final a la guerra entre israelíes y palestinos y a la guerra entre rusos y ucranios. Como anticipo pidió, casi exigió (y se enojó porque no se lo dieron) el premio Nobel de la Paz. Y menos mal que no se lo otorgaron, porque en vez de acabar con las dos guerras señaladas, lo único que logró fue iniciar otra guerra, esta vez con Irán. Continuando el más puro y siempre fallido intervencionismo histórico de su país posterior a la segunda guerra mundial. El mismo que llevó a EEUU al fracaso a medias en Corea, al fracaso total en Cuba y Vietnam y a la retirada con la cola entre las patas en Afganistán e Irak. Desde ayer no hay nadie (ni siquiera el vicepresidente Vance) que no acuse de la derrota electoral a esa guerra en la que se metió Trump y que ahora no puede ganar ni salir. Y en particular, los norteamericanos de a pie que arden de odio e indignación al ver el aumento del precio de los combustibles y el deterioro de la calidad de vida a los que los está conduciendo una guerra que no le importa a nadie. Además de sumarle, la incompetencia y el desinterés manifiesto de Donald Trump en ocuparse de la política interna de su país, excepto propiciando una represión anti inmigratoria tan brutal que hasta muchos de los que están a favor de la misma, se van dando vuelta.
Balbuceando estupideces, la única respuesta que tuvo Trump al ser vapuleado en las urnas fue la de decir que no perdió él, sino todos los incompetentes que fueron en las boletas republicanas, porque si él hubiera sido el candidato habría ganado por escándalo. Cuando cualquier intuición o incluso evidencia, indica exactamente lo contrario: si él hubiera estado en las boletas habría perdido por inmensamente más, porque en esta elección a lo único que se votó fue a Trump y a nadie más que a Trump. Pero el hombre está enajenado completamente de la realidad. Los iraníes se le están riendo en la cara. Jugó al borde de la ruptura en la histórica alianza con Europa. Apoya descaradamente al déspota de Putin contra el pueblo invadido conducido por Zelensky (al quien, entre otras alevosías, le pidió la renuncia). El único logro internacional que podría adjudicarse es el de haber detenido a Maduro convirtiendo a la dictadura venezolana en un protectorado suyo (no de EEUU, sino exclusivamente suyo) donde la oligarquía criminal del régimen chavista cambió a Maduro por Trump a cambio de mantenerse en sus puestos. O sea, ni siquiera pudo democratizar la única dictadura que, en apariencia, logró derrotar. Todo eso se votó el domingo. Y pasó lo que pasó. Casi podría decirse, voto cantado.
Aunque, nobleza obliga, si hay algo que reconocerle a Trump más allá de sus impresionantes torpezas. es que con Argentina actuó bien. Para ser precisos, tendríamos que decir que con quien actuó bien fue con su presidente, porque tanto para Trump como para Milei no existen relaciones entre Estados sino relaciones meramente personales. Ambos son defensores a ultranza de la vieja consigna de que "el Estado soy yo", y nadie más que yo. Pero lo cierto es que, no podríamos decir en qué proporción, pero es evidente que una parte importante del triunfo legislativo de medio término de Milei el año pasado, se debió al compromiso simbólico y material de Trump para que ello ocurriera. Además, lo apoyó en todo lo que el libertario le pidió. Del mismo modo que hizo el libertario con él emperador del norte hoy devenido a menos.
Lamentablemente, la convicción de estar cobijado con la armadura y el escudo de aceros con que Trump supuestamente lo protegió, hizo que Javier Milei se dedicara a desarrollar una delirante política exterior, tanto al servicio de sí mismo como de su superior norteamericano, con la que no está dando pie con bola. Se inmiscuyó innecesariamente en una prepotente defensa de Bolsonaro en Brasil que no consistió tanto en defender a su protegido sino en atacar grosera y vulgarmente a su enemigo Lula, con el que deberá convivir de aquí en más porque fue reelecto de manera inesperada. Y aunque no sea verdad, es casi imposible que se vaya a sacar Milei su cuota parte de culpabilidad en la derrota brasileña. Avanzó más allá de sus posibilidades en el sitio de Malvinas creyendo que contaba con un apoyo de Trump con el que no contaba y que éste, además, nunca explícitamente prometió, sino que fue Milei quien interpretó mal. Ya agrandado hasta la más absurda desmesura, sin comerla ni beberla, se va a hacer campaña en España contra el socialista Suárez en nombre de candidatos de derecha que no tienen en menor interés en que el argentino los apoye, como bien se lo hicieron saber.
O sea, si en algo coinciden Trump y Milei es en la pésima política exterior de ambos. Error que se magnifica hasta el infinito porque los vientos de la historia no están corriendo necesariamente en contra de las ideas que profesan ambos. En consecuencia, los que les ganan no es porque sean mejores ni siquiera más populares (como Irán), sino porque ellos dos son malísimos ejecutores de sus propias acciones.
La única diferencia es que Trump cometió los errores por iniciativa propia, mientras que Milei los cometió por seguirlo o por querer quedar bien con Trump. Por lo que, de aquí en más, a nuestro presidente lo que mejor lo vendría es irse distanciando sutilmente con prudencia, no digamos de su amigo Donald Trump, sino de la decadencia del imperio trumpiano, que todo indica este domingo inició su inevitable derrotero.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]