4 de noviembre de 2026 - 00:30

La mayor mentira de la historia es hacernos creer que existe la paz

De todas las porquerías que hemos inventado, la guerra es la peor. Vivimos desde hace cuatro años y medio un conflicto bélico, el de Ucrania, con implicancias globales tan graves que algunos analistas afirman que ya estamos viviendo la Tercera Guerra Mundial, el Infierno tan temido.

La Iglesia Católica enseña que el mayor engaño del Demonio es hacernos creer que no existe. Tal vez, razonando con parecido criterio, podríamos acordar que la mayor mentira de la historia es hacernos creer que existe la paz.

Hace años que convivo con la insalubre sensación de que la guerra es permanente. En ciertos momentos toma estado bélico y se produce aquello que Perón definió como una locura generalizada en la que los pueblos se destruyen mutuamente y destruyen su entorno.

Pero que no estemos obligando a nuestros jóvenes a matarse entre ellos no significa que no estamos en guerra ni que las matanzas están suspendidas.

Estamos de todos modos haciendo la guerra, disputándonos rutas comerciales, recursos naturales, poder financiero o estratégico, etc. Y en esas disputas, muchas veces las consecuencias son hambrunas, proliferación de enfermedades y calamidades varias con su saldo de mortandades enormes.

Además, los periodos que muy erróneamente llamamos de paz entre dos grandes enfrentamientos se hallan jalonados de conflictos bélicos menores, todos con igual saldo: muerte, destrucción, miseria.

Sólo dos cosas hace el ser humano, hace el amor y hace la guerra. A veces, sin saberlo, los hace al mismo tiempo.

Cada acto humano, cada uno de ellos, tiene una de estas motivaciones, o ambas.

Y no es exclusividad de los poderosos del Mundo, como podría creerse (otro engaño, no menos grave), sino que ese estado de tensión, de desconfianzas y agresiones, buscando ventajas, es permanente y nos comprende a todos, a los poderosos y a los de a pie.

Vivimos haciendo la guerra. Desde la tierna infancia competimos por espacio, por atención, por preferencia y así toda la vida. Motivos (excusas) nunca nos faltan, siempre queremos obtener algo más y el modo que hallamos es competir por ello, hacer la guerra.

Ese contexto es el que crea los monstruos que a veces conducen los destinos de las naciones, y empleo la itálica en el verbo porque convencido estoy de que no hay tal conducción, se me hace más bien que los gobernantes buscan apenas mantenerse en el barco, mandan los vientos y las corrientes.

Ellos tienen entre manos un timón de acción muy limitada.

Leopoldo Lugones, a quien Borges llamaba el Señor de todas las palabras, afirma que gobierno viene del francés y significa precisamente eso, operar el timón.

Un timonel que insista en gobernar en contra de las corrientes perderá muy pronto su puesto.

Me aterra ver que la gente llana del pueblo festeja las guerras según su preferencia por uno u otro político.

Nadie gana, todos perdemos. De todas las porquerías que hemos inventado, la guerra es la peor.

Vivimos desde hace cuatro años y medio un conflicto bélico que empezó a gestarse al menos diez años antes.

Hay varios más, pero éste, el de Ucrania, con implicancias globales tan graves que algunos analistas afirman que ya estamos viviendo la Tercera Guerra Mundial, el Infierno tan temido.

Otro que ha escalado en Medio Oriente, hermosa porción del planeta que tiene el nada recomendable privilegio de una belicosidad permanente.

Para colmo, la crisis de estadistas es total precisamente en este momento tan delicado de la política internacional.

Las grandes potencias parecen gobernadas por desquiciados y no vemos otros líderes capaces de llamarlos a razón.

Conservo la esperanza, muy en el fondo de mi corazón, de que algún día la especie comprenda las ventajas de la colaboración por sobre la competencia.

Ha habido maravillosos ejemplos en el pasado de posesión comunitaria de la tierra, sociedades solidarias, decisiones políticas tomadas por consenso, etc.

Las antiguas tribus bereberes de la Kabylia, muchas de las Primeras Naciones de América y muchos otros. Algunos notables porque no eran pequeñas comunidades sino verdaderas naciones, grandes, ricas y poderosas.

Pero son casos aislados y todos fueron efímeros, de no muy larga vida.

Sin embargo, vale la pena citarlos como reafirmación realista de lo que parece un sueño inalcanzable. No, pues, ahí están esos ejemplos.

Tomás Moro fue Santo y mártir, pero es más conocido como filósofo. Era muy erudito y extremadamente inteligente.

Plasmó él también ese sueño en un tratado filosófico, pero le puso un título claramente pesimista. Lo llamó Utopía.

Justificó este vocablo griego diciendo que el lugar no existe pero podría existir, me parece sin embargo que él mismo no lo creía posible, que fue su idealización de la vida.

Y, tristemente, dedicó muchas páginas a describir cómo los habitantes de ese sitio idealizado hacen la guerra.

Se permitió soñar con una sociedad justa y libre pero no fue capaz de imaginarla emancipada del tormento de la guerra, de ese gesto atávico que, al decir de Alberdi, es necesario abolir para recién empezar a construir una civilización.

Es propio de primates incapaces de zanjar sus conflictos por la razón y el sentido de justicia. Es la frustración que nos hace violentos y nos lleva a la fantasía de creer que por la fuerza los resolveremos.

Por eso, porque llevamos el sino de la guerra enclavado en nuestro corazón, es que intentamos satisfacer nuestros deseos por apropiación o por imposición.

Colaborar, compartir, nos parecen ingenuidades, bobadas impropias de adultos.

Ese sentimiento crece desde el pie, al decir de un oriental. Entonces, cuando un poderoso decide recurrir a las armas, antes de creer que se trata de su exclusiva decisión debiéramos analizar nuestras actitudes diarias, nuestro belicismo intrínseco, el mensaje que sin saberlo vamos forjando entre todos y termina siendo casi un mandato ineludible para los timoneles de la sociedad quienes simplemente ponen la firma.

Conservo esperanzas, no me parece imposible que algún día empecemos a construir desde abajo, desde donde se construye todo, el mandato contrario, el que nos conviene, el que nos lleve al bien más preciado sobre la Tierra, la paz.

Muchos grandes pensadores lo dijeron antes, no pretendo originalidad: El mal está en cada uno de nosotros.

Erradicarlo es tarea de cada uno y aunque me temo que demandará siglos de amargas experiencias, creo que no es imposible ¡Claro que no!

* El autor es un ingeniero mendocino radicado en Canadá.

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