Guillote no aburre

En tiempos de contenidos previsibles, donde muchas veces cambiamos de plataforma para seguir viendo más de lo mismo, Coppola, el representante se permite una pirueta que merece aplausos. Bravo por Juan Minujín, por Ariel Winograd y por los guionistas y productores que entendieron que el entretenimiento también puede ser un espacio para la osadía.

Presidente de FilmAndes

Hay que destacar cuando una serie se anima a hacer algo que no estaba en el manual de instrucciones. Y da gusto maratonear una segunda temporada de seis capítulos un sábado a la noche y encontrarse, al final del recorrido, con una sorpresa que justifica el viaje.

En tiempos de contenidos previsibles, donde muchas veces cambiamos de plataforma para seguir viendo más de lo mismo, Coppola, el representante se permite una pirueta que merece aplausos.

Bravo por Juan Minujín, por Ariel Winograd y por los guionistas y productores que entendieron que el entretenimiento también puede ser un espacio para la osadía.

Toda la temporada, pero fundamentalmente el último capítulo se atreve a jugar con su propia condición de serie.

Hay una palabra un poco aparatosa para definirlo: metasemiológica. El código habla del código. El cine habla del cine, la literatura se ríe de la literatura y la ficción pone en cuestión sus propios mecanismos de fabricación. La representación se representa a sí misma.

No es una novedad que el arte lleva años explorando ese territorio, pero una cosa es conocer el recurso y otra es animarse a utilizarlo sin convertirlo en un ejercicio pretensioso. En Coppola, la operación funciona porque hay humor, sorpresa y una saludable falta de respeto por las convenciones.

Si alguien sabe de representación, es Guillermo Esteban Coppola, el real, durante años administró la imagen de Diego, convirtió anécdotas en relatos y entendió que la fama también consiste en saber contar una historia. Ahora la ficción se mete en su propia maquinaria como un espejo que no siempre devuelve una imagen demasiado fiel.

Lo bueno es que el capítulo juega con la manera en que esa historia se construye, se vende y se convierte en espectáculo. Hay inteligencia narrativa, pero también humor. Ese ingrediente que a veces parece haber desaparecido de buena parte de los contenidos audiovisuales, reemplazado por fórmulas que indican dónde emocionarse, cuándo sorprenderse y cuánto debe durar cada escena.

El algoritmo, por supuesto, no tiene la culpa de todo. Pero tampoco parece especialmente interesado en la aventura. Prefiere recomendar aquello que ya funcionó, repetir lo que tuvo éxito y evitar cualquier desvío que pueda alterar las estadísticas. La creatividad, en cambio, empieza cuando alguien decide salirse del camino.

Por eso el final de Coppola resulta más que atractivo. Hace que el espectador disfrute cuando lo sorprenden, cuando un contenido se ríe de sí mismo y cuando los creadores confían en que no hace falta explicar cada chiste ni explicar cada emoción.

Basta con que se animen a jugar, a correr riesgos y no confundir entretenimiento con repetición. En ese sentido, este cierre tiene algo celebratorio. Una pequeña rebelión contra la idea de que ya está todo inventado y solo queda volver a empaquetarlo.

Y hablando de paquetes, nombres y expectativas, viene a cuento la reciente película de Ricardo Darín y Diego Peretti, Lo dejamos acá. Dos actorazos, con talento y trayectoria de sobra, que sin embargo no alcanzan para que una película termine de encontrar su rumbo. Personajes previsibles, lugares comunes y una sucesión de situaciones que parecen confiar demasiado en el prestigio de sus protagonistas. La suma de dos grandes actores no siempre produce una gran película, lo mismo que mezclar ingredientes caros no garantizan una buena comida.

Quizás el título termine siendo una recomendación involuntaria: lo dejamos acá, punto. Porque a veces la ficción no encuentra su película, por más que la busque entre clichés y fórmulas conocidas.

En cambio, cuando una serie se permite jugar con sus propias reglas, el resultado puede ser más que interesante. No necesitamos que todo sea genial, original o revolucionario. Apenas que, de vez en cuando, alguien nos saque del piloto automático.

Este sábado, al menos, Guillote lo consiguió. Y eso, en estas épocas, ya es bastante.

* El autor es presidente de FilmAndes.

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