Las causas
Pero ¿cómo es que hemos llegado hasta aquí? Han sostiene que la sociedad actual ya no es la sociedad disciplinaria del siglo XX, la cual estaba representada por hospitales, manicomios, cárceles, cuarteles y fábricas. La nuestra, en cambio, está formada por gimnasios, edificios de oficinas, bancos, aeropuertos, centros comerciales y laboratorios genéticos. Es la sociedad del rendimiento.
Sus habitantes ya no son principalmente sujetos obligados a obedecer, sino sujetos obligados a rendir; la prohibición, el mandato y la ley han sido reemplazados por el proyecto, la iniciativa y la motivación. En la sociedad disciplinaria imperaba el “no debes”. En la sociedad del rendimiento se impone el “tú puedes”. Sin embargo, este poder –que en principio debería liberarnos– termina convirtiéndose en una obligación todavía más exigente.
La persona que cree actuar libremente se fuerza a mejorar, crecer, emprender y superarse de manera permanente. Para el sistema, este individuo resulta mucho más productivo que aquel que solo cumple una orden exterior. Entre el deber y el poder, por lo tanto, no existe una ruptura completa, sino una continuidad. Lo que sucede es que la orden no ha desaparecido, sino que se ha trasladado al interior de la persona (se ha vuelto hábito, diría Aristóteles).
De ahí surge lo que Han denomina una “libertad paradójica”, esto es, la libertad coercitiva o la “libre obligación de maximizar el rendimiento”: ya no necesitamos un capataz que nos vigile porque llevamos al capataz dentro de nosotros. El individuo de la sociedad del rendimiento se explota voluntariamente y se convierte, según una de las formulaciones más logradas del libro, en “víctima y verdugo al mismo tiempo”.
El resultado ya no es solamente la sobreexigencia, sino la depresión y el sentimiento de fracaso porque la persona se deprime cuando descubre que “ya no puede poder más”. Se ha educado bajo la creencia de que nada es imposible; por eso entiende que cada límite, cada inactividad y cada fracaso es una deficiencia personal. Nunca está a la altura de lo que debería llegar a ser. Está fatigado por el esfuerzo de tener que ser él mismo.
El burnout aparece entonces como algo más grave que un yo momentánea o circunstancialmente cansado: es un alma extenuada y quemada. Lo que enferma no es un supuesto exceso de libertad o iniciativa, sino el imperativo (ahora internalizado) de rendir, convertido en el nuevo mandamiento de la sociedad laboral.
Uno de los dispositivos por excelencia de este imperativo es el multitasking. Es que, al aumentar las tareas y la carga laboral, debemos acudir a técnicas para administrar el tiempo y elevar la productividad. Por ello la multitarea suele presentarse como una capacidad avanzada; pero nuestro filósofo sostiene exactamente lo contrario al afirmar que no representa ningún progreso civilizatorio.
En la naturaleza salvaje, un animal debe distribuir su atención entre distintas actividades. Mientras come, tiene que vigilar a sus crías, observar a sus competidores y estar atento a un posible depredador. No puede sumirse contemplativamente en aquello que tiene delante porque también debe controlar lo que sucede detrás. La atención fragmentada es, en ese sentido, una técnica de supervivencia animal.
Los grandes logros culturales de la humanidad, entre ellos la filosofía, requirieron algo muy distinto, necesitaron de una atención intensa, paciente y contemplativa. Nuestra “hiperatención”, en cambio, muta rápidamente de foco entre ocupaciones, informaciones y procesos. Como resultado, nos aburrimos apenas dejamos de interactuar con un estímulo; y así, poco a poco, perdemos la capacidad de concentrarnos y de permanecer ante una cosa.
Vivimos, además, en un mundo cada vez más pobre en interrupciones, intervalos y tiempos intermedios valiosos. La aceleración elimina las pausas. Han nos recuerda a este respecto una aguda observación de Nietzsche: “a los hombres activos suele faltarles una actividad superior. Ruedan como una piedra, siguiendo la necesidad del mecanismo. Hay, por lo tanto, distintas formas de actividad. La que obedece ciegamente al mecanismo es pobre en interrupciones: una máquina no sabe detenerse”.
Incluso la antigua separación entre trabajo y ocio ha desaparecido. Nuestro autor recuerda que cuando existían el reloj para fichar y la fábrica como lugar concreto, todavía era posible saber cuándo comenzaba y terminaba la jornada. Hoy los lugares se unen confusamente, y en el mismo edificio laboral tenemos la oficina, la cocina, la sala de estar y un espacio para juegos. Incluso la computadora portátil y el smartphone crean un puesto de trabajo móvil. Podemos trabajar en todas partes y en cualquier momento (¡allí está el home office!); por eso, en el fondo, nunca dejamos completamente de trabajar.
El tema es que tal confusión y sobreexigencia no es gratis, pues la consecuencia extrema de todo esto, asevera Han, es la “sociedad del dopaje”. Para sostener el rendimiento se recurre cada vez más a estimulantes y potenciadores cognitivos. La vitalidad misma queda reducida a funciones medibles (concentración, productividad, resistencia y velocidad). El ser humano se transforma en una máquina cuyo objetivo consiste en funcionar sin interrupciones.
La terapia
A esta altura del análisis ya es tiempo de hacer la pregunta que el lector viene barruntando: ¿se puede salir de esta maquinaria? ¿Cómo? Ciertamente, Han no ofrece un programa ni un manual de autoayuda, tampoco una colección de recetas de bienestar destinadas a gestionar el estrés y devolvernos renovados al circuito productivo. Mucho menos propone abandonar toda actividad. En La sociedad del cansancio Han apenas esboza algunas salidas –que desarrollará con mayor detalle en otras obras–; son tres experiencias terapéuticas de honda tradición filosófica y dotadas de una fuerza curativa, capaces de interrumpir la lógica del rendimiento: la contemplación y el no-hacer, el cansancio fundamental y la fiesta en clave celebratoria.
Comencemos por la más radical –y quizá por eso mismo la más difícil–, la de aprender a no hacer. Para explicar esta actitud, Han recuerda, siguiendo a Hannah Arendt, una antigua sentencia romana: “Nunca se es más activo que cuando no se hace nada; nunca se está menos solo que cuando se está consigo mismo”. Ese “no hacer” no expresa un vacío estéril. Y el “estar consigo mismo” nos remite al “conócete a ti mismo” socrático, donde la soledad no es aislamiento cuando en ella se abre el diálogo interior. Ambas experiencias responden a una necesidad plenamente humana que la filosofía intenta enseñar desde sus orígenes.
Ahora bien, parece contradictorio sostener que cuanto menos se hace, más activo se es. Lo que sucede es que “activo” no significa acá ejecutar acciones externas, útiles o productivas. Alude a quien, en cuanto ser racional y abierto al asombro, ejercita algunas de sus capacidades más propiamente humanas: pensar, contemplar y dejarse interpelar por las cosas. La vida contemplativa implica una “peculiar pedagogía de la mirada” que supone prepararnos para una atención intensa, prolongada y reposada. Por eso Han, citando a Nietzsche, escribe que aprender a mirar significa “hacer que el ojo se acostumbre a la calma, a la paciencia de esperar hasta que las cosas le lleguen”.
La segunda actitud que Han rescata es la del “cansancio fundamental”, inspirada en Peter Handke, Premio Nobel de Literatura 2019. Frente al cansancio agotador, “solitario, que individualiza y aísla”, se encuentra este otro cansancio, que da confianza en el mundo, permite demorarse y hace posible la estancia. No es una extenuación que nos incapacita, sino una disposición peculiar y serena que abre la atención y deja que las cosas aparezcan. Es un cansancio clarividente, una “sana lasitud”, serena y reconciliadora.
En este cansancio, el hombre se vuelve permeable al mundo y recupera su capacidad de dejarse afectar por cuanto lo rodea. “El cansancio era mi amigo. Yo volvía a estar ahí, en el mundo”, dice Handke. En definitiva, es un cansancio que permite que la realidad vuelva a asombrarnos y que nos inspira para el “no-hacer” del que hablábamos hace un momento.
La tercera actitud que el filósofo surcoreano reivindica es la fiesta en su sentido clásico, como antídoto frente a la sociedad del rendimiento. La fiesta no es otro objetivo anotado en la agenda, ni un mero evento o espectáculo, sino una “celebración”. En ella se suspende el tiempo entendido como sucesión de instantes fugaces. No se llega a una fiesta como quien alcanza una meta productiva, sino que se la habita como un espacio en el que ya se está.
“Time is Money”, proclama la conocida máxima moderna. En la fiesta, sin embargo, el tiempo significa otra cosa: ya no se calcula, ni se administra, ni se convierte en utilidad. En este sentido, podría decirse que allí “se pierde el tiempo”, pues el tiempo deja de ser una carrera y adquiere una resonancia religiosa porque se abre a una dimensión de eternidad. Por eso Han afirma que la fiesta es el lugar donde “uno está entre dioses, e incluso donde uno mismo se vuelve divino”. No es mero entretenimiento, sino una celebración compartida que interrumpe el tiempo del trabajo y de la utilidad. Nos asemeja a los dioses, que no producen ni trabajan. La fiesta es un tiempo sublime.
Hasta aquí lo que plantea Han.
Hegel escribió que cada uno es hijo de su tiempo. Nosotros también estamos atravesados por esta sociedad del rendimiento y probablemente continuaremos viviendo dentro de su maquinaria. Sin embargo, reconocer nuestra pertenencia a una época no significa resignarnos a todas sus exigencias. No debemos pensarnos como esclavos perpetuos, sino como futuros libertos.
En la antigua Roma, los esclavos podían llegar, por distintos motivos, a obtener legalmente su libertad o manumisión. Tal vez nuestra tarea consista en no perder esa conciencia ni esa esperanza, pero tampoco postergar indefinidamente la libertad. Se trata de saber que estamos dentro del engranaje y, al mismo tiempo, comenzar a abrir en él espacios en los que deje de gobernarnos por completo.
Corremos la carrera para dejar de correrla (esta no es un fin en sí mismo), pero también es necesario comprender que ese “dejar de correr” no puede quedar siempre relegado para mañana. Hay que aprender a detenerse. Recuperar la quietud, la contemplación, el asombro, el auténtico diálogo, el trabajo con propósito, el cansancio clarividente y la fiesta en su faz celebratoria es ya comenzar a ser libres.
* El autor es profesor de Filosofía de la UNCuyo e Investigador del CONICET.