Esta época pretende contarnos la vida en formato vertical. Las historias, las imágenes, los políticos, los discursos, la música, el arte. Todo parece organizado para que miremos hacia arriba, aunque después nos pasemos el día mirando hacia abajo, a la pantalla del celu. Una paradoja digna de estos tiempos: levantamos la cabeza para esperar señales y la inclinamos para entretenernos.
Juan Campanella, que de contar historias sabe bastante, salió a cuestionar las ficciones filmadas en vertical. Las considera antinaturales, anti cinematográficas y no es para menos. Uno imagina la cara de espanto de los pioneros del cine descubriendo que, un siglo después íbamos a recortar el mundo para que entrara en la palma de la mano. Todo el paisaje, la multitud, el horizonte, el afuera, ¡queda afuera!… Perdón John Ford. Perdón Kurosawa. Perdón Favio, Fellini, Scorsese, Kubrick y tantos otros a quienes pedimos disculpas generacionales.
Cuando uno cuenta una historia y abre los brazos para explicar lo que pasó, necesita espacio.… Entra una vecina, aparece el perro, alguien interrumpe, miran a la montaña,… el contexto complejiza el relato y l historia se ensancha. Pero si tenemos que contarla con los brazos pegados al cuerpo, algo se pierde. Lo que no entra en pantalla deja de existir.
El formato vertical no es malo a priori. Una entrevista, un periodista, un locutor, una escena breve pueden encontrar ahí su lenguaje. La cosa esta cuando ese formato deja de ser una elección para ser una obligación. Cuando ya no se piensa cómo contar algo, sino cómo conseguir que algo entre en el rectángulo impuesto. Una serie de un minuto, tres conflictos, dos traiciones, un beso y un final que obliga a esperar el próximo episodio. Y además se pone como ejemplo de monetización y financiamiento barato. La épica humana reducida al tiempo que tardamos en perder el interés.
En la política también se viven tiempos verticales. Esperamos señales desde arriba. Una palabra del líder, un gesto, una foto, un mensaje en las redes que nos permita interpretar qué va a pasar. La política convertida en una serie con episodios cortos, suspenso permanente y una audiencia pendiente de la próxima declaración.
El verticalismo es esa forma de organizar el poder en la que las decisiones bajan desde arriba. Hay una conducción, una línea, una obediencia debida, una “fe en el mando”: El o la que está arriba habla; los de abajo esperan. Y si la señal no llega, siempre queda la posibilidad de interpretar el silencio.
La verticalidad puede ser necesaria para organizar una estructura. Alguien tiene que tomar decisiones, asumir responsabilidades y poner en marcha las cosas. Pero el verticalismo, cuando se convierte en una cultura, confunde conducir con tener razón y pensar distinto con traicionar. En lugar de construir una conversación entre iguales, nos acostumbramos a mirar hacia arriba, como si las respuestas estuvieran siempre en el balcón.
Hay una interesante semejanza entre ambas verticalidades. En la pantalla, el encuadre reduce el mundo para facilitar el consumo, en la política, la concentración de las decisiones reduce la conversación para facilitar el mando. En ambos casos se pierde perspectiva.
Lo horizontal tiene sus inconvenientes, lógicamente. Hay que escuchar al que está al lado, aceptar que no siempre tenés razón y tolerar que la realidad incorpore personajes que no estaban en los planes. Eso es más incómodo que esperar una orden o deslizar el dedo para pasar al siguiente video. Pero la horizontalidad permite que aparezcan otras voces, otras miradas y otros finales posibles.
El desafío de esta época no es abandonar los celulares ni prescindir de las conducciones. Se trata de recuperar la posibilidad de elegir el formato, discutir las decisiones y entender que no todo lo importante se resuelve en un minuto ni anunciarse desde la cúpula.
Cuando todo se vuelve vertical, algunos crecen para arriba y otros quedan abajo. Cuando todo cabe en una pantalla, terminamos confundiendo el mundo con lo poco que alcanzamos a ver.
La vida, por suerte, todavía sucede en horizontal y para contarla como se merece y construir una sociedad que no dependa eternamente de las señales superiores, a veces hay que abrir los brazos y disfrutar del horizonte.
* El autor es presidente de FilmAndes.